martes, 20 de noviembre de 2007

Inédito en el mundo
Es ley: se podrá volver de la muerte

No sabe aún cuándo comenzará a regir la normativa. Repercusiones dispares entre la población.

Tras una sesión extraordinaria que se extendió hasta la madrugada, la Cámara de Diputados aprobó finalmente ayer la polémica ley que permite volver de la muerte, con tres votos a favor, ninguno en contra y una abstención. La Argentina se convierte así en el primer país del mundo que avala esta normativa.

La ley fue impulsada por el diputado por Mendoza Ángel O’Demon quien anoche dijo sentirse “emocionado y profundamente satisfecho” por la sanción, la cual según él “representa un avance que el mundo imitará”. Agregó a además que esto es “lo mínimo que merecían nuestros muertos, quienes después de tanto votarnos han sido por fin escuchados”.

Por su parte, el presidente de la Cámara reconoció que el histórico hecho se trata de “un pequeño curro para un diputado, pero un gigantesco salto para la humanidad”.

No obstante, aún no se conoce con certeza el marco legal en el cual se hará efectiva la ley, ya que su plena aplicación requiere una serie de medidas que deberán ser coordinadas por todos los gobernadores. Para tal fin, la ley prevé una cumbre extraordinaria que será realizada en Mar del Plata el próximo mes, en una fecha aún por determinarse.

La sanción de la ley ha despertado diversas reacciones en los principales sectores del país. Para José Camposanto, titular del Gremio de funebreros, enterradores y serenos de cementerios la ley es “una locura”, que le quitará el pan de la mesa a “miles de familias que, aunque suene paradójico, viven de la muerte”. Laura Rigormortis, representante de la cámara de Funerarias y Cementerios Privados expresó también su disconformidad al afirmar que “esta ley no fue consensuada con el sector y le hace muy mal al negocio: si la gente ahora puede volver a ver a sus seres queridos, ya nadie va a querer juntarse a hacer un funeral”.

Algunos de sus colegas tienen una visión menos pesimista, como por ejemplo Ezequiel Eto; propietario de una funeraria desde hace veinte años, ya dijo que convertirá su negocio en una recepción para bienvenidas y fiestas de resurrecciones.

En el arco opuesto de la opinión pública se situaron distintos sectores de la sociedad civil, muchos de los cuales manifestaron espontáneamente su algarabía en las calles. Adriana Siempreviva, titular de la Asociación de Familiares de Gente Muerta, no podía disimular su alegría: “Todos tenemos derecho a la vida, y era injusto que algunos tuvieran que estar muertos. Ahora mucha gente va a poder conocer a sus bisabuelos que solo veían en fotos blanco y negro, y eso no tiene precio. Para todo lo demás existe Mastercard”.

Entre tanto, personas públicas como Charly García y Matilde Menéndez se apresuraron anoche a desmentir los rumores que los consideraban los primeros venidos del más allá. “Yo no vengo del más allá”, gritó Charly desde su jacuzzi, “De donde sí vengo es de Saturno. Qué planeta jodido”.

El Episcopado, que desde siempre se mantuvo contrario a la sanción de la ley, emitió un comunicado donde establece que “No se puede jugar con la volutad de Dios. Lo que está enterrado, debe seguir enterrado por los siglos de los siglos, amén”. El grupo Quebracho no tardó en responder: “Dicen eso porque no quieren que los muertos revelen la posta: que el cielo, Dios y todo eso no existen”. Desde el Vaticano el Papa Benedicto XVI manifestó también su preocupación. Según sus allegados cercanos, el Sumo Pontífice teme que se desate una ola de ateismo ya que, sin miedo a la muerte, la gente ya no va a necesitar creer en nada. Una fuente confesó a este medio que Ratzinger, al enterarse, habría exclamado: “Y qué hacemos nosotros, ¿dónde nos metemos todas las biblias y rosarios y campanarios?”.

Los sectores universitarios y académicos también se pronunciaron al respecto. El filósofo y escritor Paulo Cohelo, de visita en nuestro país, afirmó que “La vida sin la muerte no tiene valor, pierde especificidad, pierde historia; vivir para siempre es una trampa, y sobre eso va tratar el nuevo libro en el que estoy trabajando: ‘Los tiradores rojos de Rebecca’”. Por el contrario, su colega Jorge Bucay, opinó que “es una buena noticia” y auguró que tendrá más lectores “ya que todos los que me leen son unos muertos”.

La esfera del arte y el espectáculo tomó muy bien la noticia. Desde Estados Unidos Haley Joel Osment aplaudió la medida y declaró: “veo gente muerta”. Susana Gimenez y Mirta Legrand emitieron un comunicado conjunto en donde aclaran estar conformes con la nueva ley, aunque expresaron en varios programas de televisión que “las únicas divas somos nosotras”. El periodista y escritor Víctor Sueiro, conocido por haber vuelto de la muerte varias veces, se declaró aliviado: “Ahora que una ley me avala, ya me siento parte de la sociedad”.

Las únicas disidencias se registraron en el gremio de guionistas, para quienes ya no tendrá ninguna gracia resucitar muertos en las telenovelas y por lo tanto sus carreras están totalmente arruinadas.

Entre los detalles de la ley que aún deben ajustarse figuran cuestiones como los años de muerto mínimos y máximos que hay tener para poder volver, la eventual proscripción de ciertas resurrecciones (Ya hubo voces en contra de Juan Manuel de Rosas, Juan Perón, Pedro Aramburu y Rodrigo Bueno) y los procesos de adaptación que deberían sufrir los resurrectos al reinsertarse en la sociedad. Con respecto a esto último, la Socióloga Eva Autopsia aseguró que “No será fácil”, ya que los muertos “no están bien vistos en una sociedad de vivos”. Su colega Edmundo Formol coincide: “Fíjese la connotación que tiene la palabra ‘muerto’, es muy negativa. Esto va a traer problemas de discriminación”.

Sin embargo, la cuestión más complicada a resolver sería la forma en la cual los muertos volverían a la vida. Al respecto, el diputado O’Demon reconoció: “Sabemos que muchos cuerpos originales están en mal estado, medio comidos por los microbios, o incluso hechos cenizas”. Una comisión de expertos comenzará a trabajar a la brevedad para resolver este problema de infraestructura. Entre las varias alternativas que se manejan, la más ventajosa sería la donación de cuerpos por parte de aquellos vivos que ya no quieran vivir. Para O’Demon esta es “la mejor posibilidad”, ya que generaría “un intercambio fluido entre el más acá y el más allá que daría vigor a las relaciones bilaterales”.

La ley había sido aprobada el año pasado por el Senado, pero su debate por parte de Diputados quedó pendiente durante meses debido a la resistencia de las nuevas generaciones, para las cuales esta medida es “totalmente regresiva” y solo ayuda a “resucitar a los fantasmas del pasado”.

NOTICIAS RELACIONADAS:
Los diarios del mundo reflejan la histórica noticia.
Carlos S. Menem “Voy a ser el primero en volver”.
Opinión: nadie les preguntó si quieren vivir otra vez.
Muertos: mano de obra barata para generar competitividad
Participe y vote: ¿A quién resucitaría primero?

lunes, 12 de noviembre de 2007

Invención

Con que es aquí donde vienen a morir los buscadores de oro cuando, en medio de las depresiones tropicales, pierden el rumbo.

Mi rival, ahora cabizbajo, se quedó escribiendo "cuando pierden el rumbo" unas dos o tres veces, y enseguida volvió al silencio. Yo sabía qué responderle, pero tampoco dije nada. Solo atiné a quedarme callado frente al tablero (mientras imaginaba una tormenta terrible, de esas que nos regocijan aunque mucha gente muere). Debo admitir que el juego estaba casi perdido: sus piezas maquinalmente erguidas parecían un perfecto ardid industrial, no dejaban brecha alguna, y acaso yo ya estaba aburrido de jugar.

Pero seguía pensando en ganarle. Juego al ajedrez como a los dados: apostando. Muevo el caballo a este o a aquel casillero porque intuyo que puede funcionar, que puede servir en algún momento. ¿Por qué no? Muchos adversarios me han sorprendido con uno de esos caballos, olvidados en las propias trincheras por pura ingenuidad; su movimiento es enigmático, invisible (además de que siempre se las ingenian para escapar, vuelan). Las consecuencias, lógicamente, siempre han sido devastadoras para mí; nadie se recupera a tiempo del trauma de una horquilla (que es cuando el caballo enemigo amenaza al mismo tiempo a dos piezas, y uno tiene que optar cuál sigue y cuál se va, salvo que una de ellas sea el rey). Ah! Caballos malditos. Por eso adelanto los míos, sin mayor plan que ese, con la esperanza de replicar este tipo de proezas espectaculares cuando el otro se distraiga. A veces funciona.

Un rato después, ya anochecía, mi rival me dio jaque mate. No digo que fuese inesperado, porque a esas alturas estaba claro que mi rey tenía que morir sí o sí. Simplemente las blancas (yo era negras) tenían todo un repertorio de mates posibles para elegir, y yo no podía preverlos todos. Moviendo la torre del fondo (que siempre molestan aunque estén ahí lejos, casi fuera del tablero), la dama en diagonal, la dama de frente, hasta un peón adelantado. Cuando un peón mete miedo es porque algo no salió como debía. Pues bien, el mate escogido por mi rival, y a esto iba, fue uno de una belleza tan extraordinaria que ninguno de los dos dijo nada durante un par de minutos. Como cuando vas al cine y la película te deja mudo un rato, necesitando un lapso de tiempo para volver gradualmente al mundo real. Casi fue así.

Rival, oponente, contrincante, adversario, antagonista, contendiente. Suelo ser calmo en la derrota porque me derrotan seguido. La próxima vez deberé volver a la apertura del peón de rey, que es aquella en la que me muevo con mayor naturalidad. Claro que jugar con negras me condiciona muchísimo en tanto se me veda la primera jugada de la partida. Con las demás (aperturas) me confundo bastante. Siempre pensé, igual, que saber la teoría de las aperturas le quitaba gracia al juego, que sería como tener un libreto, un guión sobre qué mover, cuando, a dónde. No. Qué es eso. Cuál es la gracia de jugar un juego escrito de antemano. Por qué simplemente no colmarse con la primeridad descalza de lo que no tiene proyecto, con los espacios infinitos entre los renglones, con las diagonales de los carriles, las quebradas sobre las laderas o las napas en cuencas subterráneas. Qué diversión hay en dejarse arrestar por las recetas conocidas, las máximas que ya todo el mundo sabe que funcionan, los moldes de los que siempre salen esos muñequitos horneados. Por qué los catecismos, las constituciones, los códigos, los mapas, las deontologías, los pasos a seguir, la conciencia que regula el mundo (esa abuela). ¿No es mejor inventar algo distinto en cada movida, aunque el precio sea casi siempre la derrota? Cualquier victoria supone la derrota de pensar que ya está. Pero encontrar la verdad, nadie la encuentra. No tendría gracia; todo es invención.

Mi rival se había ido sin dirigirme la palabra. Se había ido por el camino de siempre, a su morada de siempre, y probablemente me volverá a ganar como me gana siempre. Seguí pensando dónde moví mal, donde se produjo el recodo detrás del cual mi rival vió la victoria clarísima. Pero luego me aburrí y dejé flotar la noche a través de sus susurros y sus ululares y sus clicks. Afuera alguien se movió entre las sombras; yo solo me senté en un escalón, esperando que se acercara.

Con que es aquí donde vienen a morir los buscadores de oro cuando, en medio de las depresiones tropicales, pierden el rumbo.
Con que es así como te ves parada a lo lejos, buscándome con la mirada.

Y con que era esto lo que narraban los atardeceres silenciosos, cuando al volver a casa pensando demasiado en todo, me hallaba solo y con la mente llena de cuerpos extraños.
Prefiero vivir en el misterio, la indefinición, el desatino. Y te querré ahí cuando pierda el rumbo yo también.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Paradoja

Che, cuando estaba al pedo se me ocurrió una pregunta:

¿Qué es exactamente lo que va a ocurrir el día en que se ponga de moda eludir las modas?

martes, 6 de noviembre de 2007

Adivinanza

Nunca supo cómo fue que aprendió a bajar siempre la cabeza. Hace poco se quedó despierto esperando el amanecer, y se dio cuenta de que estaba nublado. Nadie sabe que sigue rezando antes de dormirse. Nunca creyó en Dios. Detesta que los pies le asomen por debajo de la sábana. Cuando era chico se sabía de memoria cincuenta decimales del número pi. Rara vez termina algo de lo que empieza (se aburre rápido de todo, aunque siempre come lo mismo). Supone que aún tiene la mente de un niño, pero no está seguro. No cree que sea imprescindible pedir perdón. Piensa bastante en dinero, cosa que jamás le interesó. Hace décadas que no dibuja, y no sabe exactamente porqué dejó de hacerlo. Tal vez se haya aburrido. Dibujó él mismo todas las tarjetas de su primera comunión. Antes de ayer copió la cara de alguien en una caja vacía de cigarrillos y le salió perfecta. Últimamente fuma mucho. Dice que un fumador nunca realmente deja (a lo sumo espera más de la cuenta para encender el próximo). Se graduó con honores de una carrera que nunca le gustó. Cuando sale de su casa a trabajar tiene la impresión de que ese día va a ser diferente. Le dura un rato. Vive solo. Le molesta la gente que en el tren se abalanza sobre los asientos. Le molestan otras cosas también, pero nunca dice nada. Cuando tenía nueve años se cayó de una hamaca y se dio contra un borde, casi se desmaya. A los pocos días su familia se mudó y nunca más volvió a esa plaza. Sin darse cuenta se acuerda de ella todos los días. Se acuerda de muchas cosas. Le gusta salir a la ruta. Una noche no se podía dormir. Daba vueltas en la cama y hablaba para adentro. En vez de tomarse un té agarró el auto y se fue a Rosario. Ya van a ser quince años o más. Todavía no estaba completa la autopista, pero tardó menos de tres horas. En una estación de servicio se compró unos sandwiches de miga envasados al vacío. Se acuerda de eso también. Llegó cuando ya no estaba oscuro. No sabía realmente qué hacer pero estaba feliz, o algo por el estilo. Ese día tenía que ir a trabajar. Estacionó y se quedó sentado al volante mirando a unos chicos que iban para el colegio. Encendió la radio pero solo escuchó zumbidos. Después de un rato se aburrió otra vez. Nunca había estado en Rosario. Nunca había estado en ninguna parte. Llovía. En el viaje de vuelta casi se mata. Vendió el auto poco tiempo después. Una vez conoció a una mujer. Fue en la noche de año nuevo y se quedaron haciendo el amor bajo una escalera de incendios. Le pidió por teléfono que se vaya a vivir con él; ella le dijo que sí pero después cambió de planes. La vio hace poco en un shopping y miró para otro lado para no tener que saludarla. Iba sola. Desde entonces piensa que nadie se enamora de nadie. Le gustan los subtes. Cuando el subte está llegando se imagina que algún loco lo va a empujar a las vías. Dice que locos hay en todos lados. Mucho antes de lo de Rosario hablaron con un amigo, compraron unas máquinas en la zona sur y se pusieron a falsificar australes. No eran perfectos, pero salían bien. Los tiene guardados o los quemó. Nunca los descubrieron. El amigo murió pero no fue al entierro. Cree que tal vez lo cremaron. Quiere que a él también lo cremen. Es lo mejor, ya está viejo. Hace poco ganó dos mil pesos en la lotería provincial y puso unos juegos en el jardín de su casa para cuando su nieto lo fuera a visitar. Nunca tuvo hijos. Suele contar un sueño que tuvo hace cinco o cincuenta años: él corría por una ciudad y desde el aire lo perseguía un dirigible, con un motor ruidoso que le taladraba las orejas. A veces estaba lejos, a veces ahí nomás. Lo buscaba a él. No cree que haya podido escapar. Se acuerda de muchas cosas. Aunque ahora empieza a olvidarlas.

domingo, 28 de octubre de 2007

Presidenta!

Ante tanto furor mediático busqué el término presidenta en el diccionario online de la RAE y, para mi total desagrado, me apareció como válido. Y yo que pensaba que era un invento marketinero de la Cristina (que es Fernández, como yo) para subrayar su condición de mujer y de no-hombre, como si eso hiciera alguna diferencia crucial en la elección (o como si alguien se la fuera a confundir con un travesti con tanta operación que tiene). No obstante, aunque a mí me siga sonando para el tuje, la palabra existe y lo cierto es que, más allá del aval de la RAE, todo el mundo la usa y la seguirá usando. Así, con el uso, es que se transfiguran las lenguas, y en este caso no hay bótox que valga: nada se puede hacer para evitarlo. Mientras tanto sospecho que para el feminismo la consolidación del término se trata de una importantísima conquista de profundas implicancias político-sociales (aunque no al nivel de recibir besos, tarjetas y flores en el Día de la Mujer, eso es groso). Pues bien compañeras; no hay que dormirse en los laureles, la lucha debe continuar; como nunca urge imponer otros cambios de sexo en la lengua tales como residenta, pacienta, videnta, recienta, urgenta, evidenta, inteligenta, calienta, excelenta, sobresalienta, dolienta, consistenta, agonizanta, aspiranta, insurgenta, significanta, exasperanta, farsanta, fascinanta, faltanta, rumianta, secanta, toleranta, extenuanta, incipienta, asfixianta, terminanta, obsecuenta, latenta, clementa, representanta, consecuenta, coagulanta, paralizanta, amenazanta, inmanenta, renuenta, reticenta, sufrienta, potenta, lactanta, ingenta, entranta, salienta, presenta, ausenta, anticongelanta, antideslizanta, trashumanta y enta.

Todas bah, salvo una que, todo lo contrario, hay que eliminar, y rápido: sirvienta, por supuesto.

martes, 23 de octubre de 2007

Una buena canción (volvió Soda, etc.)

some day one day (fragmento) - juego de seducción - tele-ka - imágenes retro - texturas - hombre al agua - en camino - en la ciudad de la furia - picnic en el 4ºb - zoom - cuando pase el temblor - corazón delator - signos - sobredosis de tv - danza rota - persiana americana - fue - en remolinos - primavera cero - no existes - sueles dejarme solo - (en) el séptimo día - un millón de años luz - de música ligera - [BIS] disco eterno - cae el sol - prófugos - [BIS] zona de promesas - nada personal.


No hay un modo, no hay un punto exacto.

Las palabras están sobrevaloradas. Esta afirmación no implica que tengamos que dejar de escribir, o de leer, pero sí que ellas (las palabras, no lo olviden), cuando las articulamos solo para llenar huecos, tienden a crear nébulas de significados pomposos que, una vez contrastadas con el mundo concreto (o sea, a la hora de los bifes), terminan desvaneciéndose en el aire o en el ridículo. Esta vez no me refiero a declaraciones de amor, o a promesas de políticos; todo eso que se habló, todo eso que se escribió sobre el regreso de Soda Stereo en no sé cuántos meses, antes de que la banda siquiera tocara un acorde, también se hizo trizas. Y se hizo trizas, no tras las dos horas y media del concierto del viernes pasado (el primero de todos), sino ya en los segundos iniciales de Juego de Seducción, cuando ese acorde único, eléctrico, suspendido, rasgó las vestiduras de la noche en una Buenos Aires ventosa. Las palabras, gente, son frágiles; hasta un guitarrazo las destierra al olvido.

Que vuelven por la plata, que no hacen nuevo disco, que es todo una careteada, que es todo marketing, que los tipos se siguen odiando, que es pura nostalgia, que está todo forzado, que las entradas son muy caras, que no van a sonar ajustados, patatín, que patatán. Todo ese blablablá enfermizo que nos gusta practicar. Todo por una banda de músicos que deciden volver a tocar juntos después de un tiempo, para ofrecer un puñado de canciones a su público. Algo tan normal, tan legítimo, y sin embargo no: chantas, ladris, mentirosos, marketineros sin alma y qué se yo qué más. Pero cuando las canciones empiezan a sonar, simplemente no hay con qué darles.

Hablando de las canciones, son viejas dirán algunos. ¿Y qué? Se habla demasiado del tiempo, del pasado, de la nostalgia. Hay, incluso en el periodismo, una obsesión malsana por anclar las canciones a una época o a un lugar determinado cuando justamente el atributo máximo de una buena canción (y Soda tiene unas cuantas, por favor créanme) es la atemporalidad. ¿Alguien se queja de que la quinta de Beethoven es muy vieja? Entonces porqué caemos como moscas en la banalidad de criticar a ciertas bandas porque siguen revisitando sus viejos clásicos. La pregunta es: ¿qué tiene de malo? Si sabemos perfectamente que, por más temas nuevos que siga sacando una banda, las canciones más emocionantes en un concierto siempre son los clásicos, también llamados temas "caretas" o "para la gilada", que a lo mejor tienen más años que nosotros. Y eso no ocurre solo porque le recuerden a alguno un verano que ya quedó atrás, sino porque son excelentes canciones que pueden significar miles de cosas en distintos momentos, tanto para el cuarentón que la escuchó por primera vez apenas salido el álbum, allá por la década del nosecuánto, como para el pendejo de quince años cuya cabeza acaba de ser volada por En la ciudad de la furia, descubierta por casualidad entre viejos discos, o aún más probable, entre downloads en mp3.

Soda no viene a hacer un disco nuevo. No lo necesita. Lleva a cuestas un equipaje de canciones inolvidables, que no tienen ni tiempo ni lugar, que no van a ser viejas ni cumpliendo cien años y que viene perfecto volver a escuchar en todo su poderío, sobretodo cuando el rock nacional al día de hoy no encuentra nada que realmente pueda reemplazarlas. Eso es en esencia la vuelta de Soda. Lo demás, el marketing, los rumores, los discursos, es en parte lógica de lo inevitable (vivimos en un mundo capitalista muchachos, nadie labura gratis), en parte cotillón discursivo del más barato. Cuando Soda volvió a tocar, cuando Juego de Seducción reventó River en pedazos, puedo apostar que nadie entre los 65.000 espectadores estaba pensando en comprarse un móvil marca Personal. Porque es la música, ese idioma inexplicablemente atractivo, misterioso, intraducible, lo que justifica con creces que Cerati, Zeta y Charly vuelvan a reunirse en el mismo escenario para tocar, sí, las mismas canciones de siempre.

El recital del viernes entonces es contundencia pura. El sonido, salvando alguna que otra vacilación en Signos o en Corazón Delator es aplastante por donde se lo mire, incluso mejor que el de, por ejemplo, los Rolling Stones o U2 hace dos años. No faltará después el que se queje de que los tipos "no tenían onda" con el público o entre ellos, como si Soda Stereo alguna vez hubiera sido una de esas bandas tribuneras que aprovechan las pausas entre los temas para contar chistes o mandarse algún discurso contra el Papa. Tocan 28 temas uno tras otro. Sin descanso. Sin desajustar una nota. Dos horas y media. Y Gustavo hasta deja que el público cante algunos versos ¿Qué más onda, qué más carisma que ese se necesita de una banda?

No faltará tampoco el que advierta cierta frialdad del público, que no grita demasiado en las pausas previas a los bises, o que no interrumpe el show con ovaciones de cinco minutos (recuerdo el interminable olé Richards cuando tocaron los Stones) o que no canta con toda la fuerza que debería, o que no baila todo lo que haría falta, etcétera. Puede ser, pero no hay que olvidar que el público de Soda tiende a ser de un nivel socioeconómico que no se comunica tanto con el cuerpo. Ya sea el fanático de toda la vida, el careta casual que va con su remera fachera, o el intelectualoide que además de Soda escucha a Bartok. Ninguno va a permitir salirse demasiado de cuadro. Eso es cosa de marginados, excluidos, de gente a la que de pronto se le va la vida en el rock. Gente a la que Soda Stereo, vamos a admitirlo, no se dirige muy directamente. Aún así, al menos según la percepción desde la San Martín alta, sí existen momentos de auténtico delirio colectivo, como por ejemplo el comienzo del show, Sobredosis de TV (en la que Cerati mismo sugiere bailar), Persiana Americana, De Música Ligera (obvio) y Prófugos (donde el Liberti literalmente cruje con el estribillo potenciado por tanta cuerda vocal).

El setlist de la gira navega sobre un balance perfecto entre himnos populacheros (solamente El Rito y Lo que Sangra siguen aguardando expectantes saltar a la cancha) y guiños a recovecos menos frecuentados, como la encantadora Texturas, En Camino o la remota Zona de Promesas. También se aprecia el hecho de que rescatan material de cada uno de los siete álbumes, haciendo especial hincapié en Nada Personal (cosa que no me esperaba), Signos y esa mina de diamantes que es Canción Animal. También le dan bastante manija a Dynamo, su álbum menos complaciente, con nada menos que cuatro fijas todas las noches. De todas formas el hecho de que tocan todo con un nivel de energía sónica superlativo hace que se borroneen las fronteras entre los clásicos y los no tanto. Por momentos hay serenidad, por momentos todo está al palo, pero casi ninguna canción se toca con displicencia. Quizás le haya faltado algo de profundidad a Corazón Delator para hacerle total justicia (pero gracias por tocarla, es un tema zarpado), algo de potencia a Persiana Americana (la del "último" concierto, ahora "anterior", sonó más al límite), pero todo lo demás casi diez puntos. Las cumbres más altas las encuentro en Sobredosis de TV (impresionante el ritmo que machacan), No existes, con ese bajo retumbando como un mefistófeles anfetaminado, la revalorizada Sueles Dejarme Solo (en la que Cerati como que tira la guitarra al carajo no?) y Signos, que más allá de su mezcla un tanto despareja, converge en una sensación de intimidad sublime, no muy fácil de lograr en una cancha de fútbol.

Y después las obvias. Hombre al Agua, En la Ciudad de la Furia, Un Millón de Años Luz, De Música Ligera, Prófugos, Nada Personal, todas cumplen sin decepcionar, dándole a probar al desprevenido la contundencia inverosímil del misal que amasaron estos pibes en solo siete álbumes. Y después, saliendo ya del recital y entre imágenes que van cayendo (porque, como siempre, uno se da cuenta tarde de lo que vivió) se podrá analizar la especificidad de Soda Stereo. Si fueron originales o no. Si representan la escencia del rock argentino o no. Si abrieron nuevos caminos o solo se machetearon de big-bangs de otros nortes. Serán lindas palabras para elucubrar, sin duda, pero que ineluctablemente terminarán borradas una y otra vez. Porque las palabras son frágiles. No pueden más que una buena canción.

lunes, 22 de octubre de 2007

Línea H catálogo de pósters

Llegó la nueva línea "H" y, como no podías esperar, ya están en venta los imperdibles posters a todo color de la misma. Para tu casa, para decorar habitaciones de telos futuristas o simplemente para regalarle a tu novia en su cumpleaños. 20 pesos cada uno. Envío a domicilio opcional por 5 pesos. Llame YA al número en su pantalla. Si llama dentro de los próximos quince segundos le regalamos un subtepass de dos viajes y un termo Lumilagro. (Los posters de la línea "H" llegan a su casa por cortesía de Metrovías SA y Policías Corruptos del ex-aparato Duhaldista).

Once



Once



Once



Jujuy



Venezuela



Venezuela



Inclán



Venezuela



Vagón (es verdad, HAY un matafuegos)



Once



Caseros



Venezuela



Humberto 1°



Venezuela



Dentro



Once



Caseros



Caseros



Once

martes, 16 de octubre de 2007

De Córdoba Capital

Con algo de dolor empieza Buenos Aires a degradarse. Es larga y polvorienta la transición hacia su sustrato (eso que era en un principio): la inmensidad vacía, las distancias indeterminadas cruzando bajo cielos sin descanso. Ninguna convención ha forjado aún límite alguno, excepto una soledad barnizando el paisaje chato, o una llanura que, cada vez más nítida, empequeñece indefectiblemente todo cuanto el hombre se empecina en edificar sobre ella. Es todavía una ciudad, supongo, pero una ciudad de pozos y lápidas. Una ciudad de galpones, chimeneas, charcos, usinas grises, tanques de agua, estaciones de servicio abandonadas, esqueletos retorcidos de carteles en desuso, construcciones truncas, montañas de ladrillos, rollos de cable, sendas de tierra fugándose en la nada, autos chocados que se hunden en el barro, vías de tren tapadas por yuyales, riachos sin nombre, rótulos borrados. El mundo acá es un lugar tenue y desmembrado. Paradójicamente, lo que veo es la ciudad gateando, la ciudad incipiente que marca el terreno por donde se expandirá (como una supernova). Y sin embargo todo parece agonizante, estéril y hasta diría que insignificante. Uno lo que quiere es simplemente seguir alejándose, cada vez más.

Ruta 9. Casi antes de sentir que estoy por fin en el campo, la autovía 9 se choca con Rosario y sus villas miseria repletas de árboles. Lo que tiene Rosario es que sus torres más altas pueden verse desde la ruta si se mira hacia lo muy lejos. Quizás sea porque la ciudad (que es grande pero tampoco tanto) empieza y termina de golpe, sin esa sensación gradual de estar llegando a alguna parte: manejando desde Buenos Aires todo es campo y de repente, casi que de la nada, aparece la ciudad. Extraño fenómeno éste (que puede confirmarse en Google Earth). Luego, ya poniendo proa hacia Córdoba, la 9 pierde rápido sus foros de autopista y se convierte en un tracto de lenta digestión, con todos esos pueblos justo en el medio y sus deprimentes estaciones de ómnibus. Y sus semáforos domingueros sobre la misma ruta, siempre predispuestos a esas largas siestas de luz roja que celan caminos laterales desiertos, sin destino comprobable. Me pregunto qué cosas pasan en estos pueblos todos iguales uno al otro, todos tristones, ralos, sin arquitectura. El Chevallier lechero de las diez, para colmo, se detiene en cada uno de ellos, aunque sea para que el conductor se baje a firmar el papelito (no sé, supongo que alguien dando fe de que el micro efectivamente se detuvo), o para cargar algún paquete que hay que llevar a algún lado. Carcarañá, Cañada de Gómez, Marcos Juárez, Leones, Bell Ville, Villa María y así.

(En la estación de CAÑADA DE GÓMEZ, de la gran "E" mayúscula de GÓMEZ cuelga un pajarito muerto, como un plumífero arcángel ahorcado. Y me pregunto: qué onda)

Música que voy escuchando en el viaje, y ciertas revelaciones que surgen al respecto: Red Rose Speedway de Paul McCartney (My Love no es TAN mala, Little Lamb Dragonfly es un puto temazo); Led Zeppelin I (Los últimos minutos de How Many More Times son el equivalente rockero al finale de la Novena Sinfonía de Beethoven... no es hipérbole). Mientras tanto la entrada a Rosario se demora como una hora gracias a dos camiones despatarrados en la circunvalación. El ómnibus juega una carrera de tortugas con un camión que porta un manojo de vacas todas transpiradas, con clips amarillos en las orejas y números dibujados en el cuero. Las miro fijo a los ojos y no veo nada; la vaca es uno de los pocos animales que no inspiran ni ternura, ni respeto, ni gracia: solo ganas de comer una buena parrillada. Recuerdo que tengo hambre, hablando de parrilladas, porque solo almorcé unas fajitas Tía Maruca. Bryter Layter de Nick Drake, ya saliendo de Rosario bajo un sol oblicuo que penetra todo (Mejor disco de Nick Drake, aunque la segunda mitad la escucho dormitando), Peter Gabriel III (Family Snapshot no tiene onda, In Through The Wire es irritante, pero Intruder, I Don't Remember y Games Without Frontiers son más o menos una masa). Qué mas. Don't Believe The Truth de Oasis (firme, muy psicodélico, me jodo y digo que lo prefiero a los famosos primeros dos). Y por último, The Name Of This Band Is Talking Heads, cidí 1, que dura justo el lapso entre Villa María y Córdoba, mientras el cielo estrellado me inventa constelaciones (Este no necesita ningún tipo de comentarios).

Llegada. La Docta me recibe por primera vez cuando ya es muy de noche. Aún en la distancia uno advierte su resplandor unívoco iluminando un sudario de nubes bajas; tal es su intensidad que hasta se adivinan las siluetas serranas que emergen más allá. Ver por primera vez las Sierras de Córdoba es parte del rito de viajar hacia el oeste; la llanura aburrida por fin dice basta, y se entrega a ese serpenteo misterioso que nos veda para siempre el horizonte. Más allá las Altas Cumbres, más allá Traslasierra, más allá La Rioja, más allá Cuyo, más allá los Andes. Lo que me fascina de las montañas (o las sierras) es justamente eso: que siempre hay algo detrás, algo que no podemos ver pero que forzosamente imaginamos.

Córdoba Capital. Es la segunda ciudad argentina que, percibida desde adentro o mientras voy llegando, me provoca esa sensación de infinitud. La primera, lógicamente, fue Buenos Aires. Porque Rosario no se anima a cruzar el Paraná, porque Mendoza y San Juan caben en la palma de una mano, porque Neuquén está demasiado fragmentada entre promontorios rojizos, porque Salta calza en un golpe de vista desde el San Bernardo y porque Mar del Plata se intuye totalmente desde la cima de un tanque de agua. Si bien nada de lo que veo (al llegar, al volver) se compara con esa experiencia pavorosa que implica recorrer la AU 25 de mayo de punta a punta, Córdoba es en cierta manera infinita (como debe ser cualquier ciudad que se precie de tal). Son las once de la noche; las luces blancas y amarillas salpican hasta donde mi vista se pierde, al entrar desde la parte alta, mirando hacia abajo.

Chevallier lechero. Digamos que aunque el micro se para para cualquier cosa excepto para chocar, dos condiciones le dan al viaje un matiz agradable. La primera es que no pasan ninguna película. Detesto que me pasen películas cuando no quiero ver ninguna película, y en los micros de larga distancia lo hacen. No sé con la autorización de quién o el consenso de quiénes, pero lo hacen. Y es muy molesto. Básicamente porque no se pueden evadir, básicamente porque las pantallas están o muy lejos o muy oblicuas, básicamente porque por lo general suelen ir de malas a pésimas, pasando por muy malas, bastante malas y taaan malas. Pero este viaje es película-free; habría que inventar esa categoría y cobrar más caro. La segunda condición agradable es que no tengo a nadie sentado al lado. Puedo sonar odioso, pero no. No es que me moleste particularmente tener a alguien ubicado al lado, pero siempre está la posibilidad de que te caiga uno de esos pasajeros que sienten, porque da la casualidad de que estás ahí, la extraña urgencia de ponerse a darte charla. Y te empiezan a preguntar veleidades (ejemplo: ¿A dónde vas? ¿Con qué objetivo? ¿Cuándo volvés?); y uno contesta, para no ser descortés; pero no repregunta, para dar a entender que la idea de conversar todo el viaje no le apasiona. No importa, porque el pasajero en cuestión seguramente se turnará para contestar sus propias preguntas, y terminará hablando de que tiene tres hijas, que una vive en Corrientes, y que viaja seguido, y que tiene que trabajar y que bueno, todo mal. Uno contesta: "aahhh". En papel a veces teorizo sobre cómo nuestras vidas se podrían enriquecer si nos animáramos a hablar con quien se sienta al lado en el tren o en el colectivo; en la práctica, supongo que la gran mayoría de nosotros no tiene nada interesante para decir a un extraño. Así que bien que puedo sentarme yo, con la ventanilla, y un asiento al lado para apoyar lo que haya que apoyar.

Córdoba Capital revisitada. Ni muy linda, ni muy fea. No es ni muy Mendoza o Mar del Plata, pero tampoco muy Santiago del Estero o Bahía Blanca. Tiene eso sí un ritmo de ciudad grande, y está muy bien: porque uno se toma un taxi, se manda para cualquier lado, cruza el río y tras múltiples cuadras todavía encuentra plazas, boliches, lugares para estar. Su especificidad arquitectónica son los rascacielos de ladrillo. Hay montones, por todas partes. Algunas de sus avenidas o encrucijadas emplazan marcos urbanos imponentes; Estrada trepando para Plaza España, la intersección entre Vélez Sarsfield e Illia (que es como la Times Square cordobesa), el Paseo del Buen Pastor con la gótica iglesia de los Capuchinos asomando detrás (sobre todo de noche), el cabildo (que es un cabildo de verdad, no como el que tenemos acá) o incluso los varios edificios coloniales del centro (como el rectorado de la Nacional, o la Iglesia de la Compañía de Jesus, que por momentos me ilusiona con estar en Asís o algo así). Por otro lado, ciertas partes de la zona céntrica parecen recodos de un pueblo pampeano cualunque, hay muchos edificios medio venidos a menos, algún que otro mamotreto edilicio y por lo general muy pocos árboles. La impresión no obstante sigue siendo positiva: es una ciudad para caminarla, desnudarla y descubrir sus ángulos más agudos.

Catedral. Está toda manchada de negro, como si fuera una torta con baño parcial de chocolate. Intenté entrar tres veces; las dos primeras estaba cerrada (aunque admito que no había muchas esperanzas la vez primera, dado que eran las dos de la madrugada). El tercer intento, domingo al atardecer, se ve frustrado por una mazorca de católicos belicosos que plantan un cordón humano en las escalinatas de entrada. Detrás, una grandiosa lámina que muestra la mano de un bebé apretando el dedo de un no-bebé: se trata, a todas luces, de una manifestación a favor de la vida y en contra de la muerte, o sea, en contra de la legalización del aborto (o aún más, en contra de cualquier debate sobre la legalización del aborto). Son mayoría de jóvenes, y parecen bastante fieros. Uno o dos o tres catequistas los arengan con un megáfono ("nos van a venir a provocar, pero nosotros somos gente pacífica, resistiremos con respeto", o algo del género). El aire es tenso, y nadie se atreve a acercarse a ellos. De pronto uno se planta enfrente del muro humano y empuña en lo alto un rosario blanco como arma de guerra. A rezar: diostesalvemaríallenaeresdegracia, y así sucesivamente hasta que las palabras pierden todo sentido y se derriten en un mantra robótico. Alguien, un hombre, se nos acerca y nos pregunta "¿Ustedes son católicos?", a lo que mi amigo Federico contesta "no, solo pasábamos por acá". En realidad, en mi grupo hay un agnóstico, una judía, una católica jesuita y un católico confirmado autoexcomulgado (yo). Pero ninguno dice nada, sólo pasábamos por acá. El hombre nos previene: "mejor tengan cuidado porque se viene una banda de abortistas y vienen con armas, está jodido el tema". En efecto, por la calle San Jerónimo avanzan marchando las tropas abortistas, que superan geométricamente en número a los católicos. Entonan cánticos encolerizados que, a medida que se acercan, van eclipsando el rezo del rosario con sus consignas. Iglesia basura, vos sos la dictadura; un hit dedicado a los curas abusadores; nosotras parimos, nosotras decidimos; anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir. No morir. Parece que están a favor de la vida también, por qué tanto alboroto entonces. Ahora las abortistas (que resultan ser son TODAS mujeres) están de frente a la catedral y le tiran cosas a los católicos (bolsas o botellas, quién sabe, ya está bastante oscuro). Hay bombos, carteles de la CTA, de la CCC, típico cotillón de piquete, mientras reclaman a viva voz la potestad de acribillar fetos a su arbitrio. Casi todas llevan un pañuelo verde en la cabeza y le preguntamos a una por qué el verde: "porque es el color por la legalización del aborto". Esclarecedor. De repente los católicos fanáticos, que siguen en las escalinatas, me provocan más simpatía que estas gritonas aparatosas. De todas formas, resulta curioso tanto encono público por personas abstractas, es decir, personas que todavía no nacieron o que ya murieron. Después nos alejamos, y cada tanto nos cruzamos con asustadizos escuadrones de policías, que corren en todas direcciones por las calles de Córdoba.

Oktoberfest. Consiste en mucha gente tomando cerveza en la calle. No más que eso. La plaza de la cerveza está vallada y entrar cuesta veinte pesos. VEINTE PESOS. Estarán aprovechando el pedo generalizado para estafar con impunidad. Uno cuando está en pedo sí paga veinte pesos para entrar, pero nosotros no estamos en pedo, así que no pagamos. Nos perdemos de esto: una plaza con puestos de venta de cerveza (iguales a los muchos que hay afuera), puestos de venta de helados (que de todas formas están vacíos) y uno de esos shows deprimentes donde se elige a la reina o princesa de algo, en este caso de la cerveza (intuyo en un rapto de ingenio). Nos pasamos la tarde vagabundeando con cervezas en la mano, mirando pasar a la gente disfrazada, borracha, o solamente curiosa. El highlight es un viejo que transita con un corderito disfrazado de Peter Pan a upa. Pero hay de todo. Lo mejor de Villa General Belgrano termina siendo la parrillada que incorporamos a las tres de la tarde en un restaurant que estaba a punto de cerrar. Y unos pavos reales. No juzgo que sea el festival más excitante del mundo, precisamente.

Vuelta. El chevallier de medianoche sí pasa película, maldito sea. Tal como me temo, es un bodrio poderoso. Exactamente igual a las pelis que pasan por Film Zone en trasnoche pero con escenas de lucha en cámara lenta reemplazando a las minas en bolas. Imagínense el trance. Arranca con una escena de soldados que avanzan por la jungla sigilosamente, con la cara pintarrajeada y el traje camuflado para mimetizarse con el ambiente. Eso sí, llevan de rehén una chica con vestido rojo chillón, maquillaje y escote furibundo. Como visible a diez kilómetros más o menos. Un chiste. Así me despide Córdoba, mientras me hundo en la madrugada. Esta vez solo paramos en Villa María y Rosario. Llegamos rápido. Casi demasiado.

Dos días y nada más. Pasa en los viajes. En dos días se tienen más sensaciones juntas que en semanas enteras de rutina citadina. Hay que irse a la mierda más seguido, pienso.

miércoles, 3 de octubre de 2007

El diego de los sueños

El set viene a ser una enorme estación terminal de trenes. Por el medio corre algo que sería la vía, la cual atraviesa todo el estudio, dividiendo la tribuna en dos sectores. Donde se acaba la tribuna y comienza el escenario, a la izquierda, hay algo que sería un vagón de tren. Al fondo unas anchas escalinatas trepan hacia un balcón que, como emulando los palcos de un teatro, circunvalan el set casi por completo. Y más atrás, más hacia arriba, una pantalla gigante. Todo bien grotesco, como corresponde.

Siempre, pero siempre (da lo mismo la hora en la que se sintonice) están esos programas de TV, tan deprimentes como inclasificables, grabados en sets aparatosos, llenos de luces, decorados y tribunas enormes. Más alguna modelo tetona (la animadora) vociferando cualquier cosa, más entrevistados poco relevantes (por lo general siempre están de pie y por lo general son siempre los mismos), más siempre algún payaso embarazoso gateando a través de su rutina.

Eso. En este mundo todos son programas de esa onda. Cada día uno nuevo. Como Showmatch, digamos. Acá tenemos uno o dos. Allá parecen tener cien, los infelices.

Justo la animadora (rubia y tetona, por supuesto) está anunciando como invitado al mejor futbolista de la historia “insieme con Pelé”. Quién otro va a ser ¿Guardiola? Es gracioso cómo siempre salen con lo mismo: junto con Pelé. Por qué aclararlo, por qué no dirán el mejor futbolista de la historia y ya, si el invitado es Maradona. Cuando el invitado sea Pelé, que digan lo mismo. Qué más da. Ni como demagogia sirve. Maradona no quiere escuchar “insieme con Pelé”, el público tampoco, y Pelé ni se debe haber enterado de nada.

Luego del anuncio todos miran hacia la pantalla gigante, que está mostrando goles y festejos del Diego. La secuencia de imágenes arranca con el segundo gol al equipo inglés en México’86, naturalmente. De hecho, en ese momento toda la cosa desfonda memorias de ese bochorno auto-celebratorio que conducía Diego en canal trece. La noche del diez. Menos mal que no siguió eso (aunque nunca se puede estar seguro, teniendo en cuenta Showmatch y todo).

La cuestión es que aparece Diego, en efecto es él, bajando por la escalerita y el público lo ovaciona como si fueran todos argentinos fanáticos. En un alarde de sagacidad, el musicalizador mete de fondo “We are the champions”. La tetona recibe a Diego y se ponen a conversar de pie. Dicen dos o tres cosas de las que lógicamente nadie se acuerda. Algo sobre el calcio. Algo sobre que Maradona es sinónimo de calcio. La típica alabanza, bah, de esas que cualquiera le haría al Diez en furibundos raptos de pusilanimidad. Podría de paso preguntarle cómo no se aburre Diego de ser Diego.

Diego, a propósito de él, se ve bien. Algo voluminoso, pero sin escaparle a una saludable normalidad. Se expresa en italiano con fluidez (nada queda de esa medusa de pliegues adiposos que apenas se las ingeniaba con monosílabos de una lengua desconocida). Cada vez que puede abraza a la tetona, aunque no se llega a advertir si le roza, o no, los glúteos. Podría aprovechar, claro.

Dato de importancia: Diego lleva en su mano unos papeles, y eso llama un poco la atención. La conductora entonces le explica a la audiencia que Diego está acá porque ha recibido la carta de una familia y, tras su lectura, se ha conmovido de tal manera que dijo hay que hacer algo. Claro, esos papeles que tiene Diego son una copia de dicha carta, y por eso. La familia que la escribió, siguen informando, está en el estudio, entre el público… Diego no los conoce, así que la conductora los presenta. Se vierte un mix de abrazos, música emocionante y algunas lágrimas. La cosa empieza a vender.

La familia misteriosa es papá, mamá y dos hijas: una diminuta, inquieta, lleva anteojos y sufre alguna dificultad motriz ostensible; la otra alta, adulta, cara de italiana unívoca, un alfajor de dulce de leche con crema y nueces. Todos napolitanos, del sur, de África septentrional diría algún norteño malicioso. Pero qué tiene que ver Diego con esa familia y por qué la carta.

Preguntas cómo éstas son las que mantienen a una audiencia, esa masa amorfa, cautiva. Se puede ir a regar las plantas o mirar la puesta del sol, pero no. Queremos saberlo. Entonces vamos a averiguarlo, dice la conductora, y a la pantalla gigante otra vez. Se desarrolla entonces la típica historia melodramática, editada con meticulosidad, que tanto garpa en televisión.

Stefani era la hija más joven del clan, un pan de Dios, un canto a la vida (y un alfajor también, a juzgar por varias fotos). Pues bien, de pronto le había entrado la manía de deprimirse, hasta que un día, a los veinte años, optó por el suicidio arrojándose por una ventana de la casa (estando la familia presente, para darle un retoque siniestro). Eso sí, dejó un mensaje junto a su taza de café explicando que el mundo era real, era cruel y no quería animarse a enfrentarlo. Estaba contenta de irse al carajo. Pasa.

(Pero los suicidas nunca nos podrán convencer de que es mejor que no estén. Y menos después de haber logrado su cometido).

Después encontraron una hija adoptiva (enviada por Stefani, según ellos) para saldar la horrenda pérdida. Una bebé, pero todo mal. Tenía deformaciones cerebrales que afectaban su capacidad motriz; era un ente inmóvil cuasi-vegetal y los médicos más sabiondos aseguraban que nunca iba a poder caminar o hablar. Pero un día, en medio de la misa (es más, justo durante la consagración, en la que cospeles de pan ácimo se gradúan de cuerpo de Cristo), el milagro. La chica desde el cochecito dijo “mamá” y “papá”, y levantó su manita para acariciarlos. Eso solo.

A partir de dicho episodio la chica empezó a mejorar y a mejorar muchas veces hasta poder caminar sin ayuda de andador o cosas del género. Con torpeza, pero caminar al fin. Nunca se supo, ni se sabrá, qué mano invisible (qué voluntad caprichosa) hizo posible una recuperación tan improbable. Para la familia la respuesta, de todas formas, es fácil: Dios. Quién más.

Ahora bien, el asunto es el siguiente: los pasillos de la casa familiar napolitana son tan angostos que a la chica (el nombre no importa) le cuesta desplazarse a través de ellos, por más recuperada que esté. A todo el mundo siempre algo le falta. No importa cuán felices estemos, al día siguiente probablemente ya estemos insatisfechos por algo, cualquier cosa. Esta no es la excepción, porque los pasillos son muy angostos, los vemos en pantalla.

Se anuncia entonces, una vez transcurrido el informe, que la producción del programa costeará un equipo de albañiles para realizar las reformas edilicias necesarias en la casa familiar. Para que la chica pueda andar libremente, sin tropezarse con estrecheces (que ya bastantes tendrá, salvo que en algún momento prefiera imitar a su enterrada hermana adoptiva). Como para convencernos de que esto será efectivamente así, sale del vagón de tren un inverosímil ejército de presuntos albañiles (que, a juzgar por su estereotipado disfraz, más bien parecen preservativos humanos a punto de salir a la calle a repartir volantes: ¡¡No seas forro!!).

Lo que no se sabe, al menos no lo explican, es qué papel cumple exactamente Diego en toda esta telenovela de bajo costo. No se sabe, por ejemplo, por qué le mandaron una carta contándole la situación. Seguramente Diego tendrá algo que ver en la contratación de los albañiles, pero no deja de ser llamativo que para justificar un premio tan pedestre hayan tenido que gratificarnos con un superlativo dramón como ese. O sea, no es el sucidio de una hija lo que te hace merecer la refacción de tu casa.

Diego igual vuelve a abrazar a todos, muy especialmente a la hija mayor que es realmente un alfajor de dulce de leche. No se va a andar con amagues él, justo ahora, el diez.

Desaparece entonces la familia napolitana, se va al fuera de campo. Pero Diego se queda, y más vale que así sea. No se va a ir a Italia para hacer ensanchar unos pasillos. Ya se hizo la mitad, pero todavía queda una misión que cumplir.

Empiezan pues las claves para enterarnos de qué se trata. Hay un auto que en este mismo momento se está acercando al lugar… en el asiento trasero viajan padre e hijo, y podemos verlos gracias a una camarita hábilmente oculta en la zona del espejito retrovisor. Ninguno de los dos sabe nada acerca del destino de su extraño viaje (al menos el hijo no lo sabe seguro, a juzgar por su pose), y cabe preguntarse por el señuelo que los ha conducido hasta estas instancias.

De todas maneras, el auto va al encuentro de Diego. Mientras lo esperan, la rubia tetona vuelve a entrevistarlo un poco; preguntas sobre los amigos, la familia y el football, pero entonces algo pasa. De improviso (y sin que se sepa bien por dónde) entra en el estudio el auto que estaban esperando, el cual resulta ser un Alfa Romeo negro. Pero no se supone que entre al estudio tan rápido, se supone que Diego tiene que estar escondido o algo, así tiene algo de gracia la sorpresa ¿No? Se arma pues una confusión.

La rubia tetona medio que se arroja contra el auto para que los choferes den marcha atrás y salgan del lugar. Mientras reculan, Diego se agazapa y empieza a subir la escalera para salir de escena y que no lo vean. La secuencia tiene algo de patético y algo de atrapante. Parece que zafan, parece que nadie en el auto lo alcanza a ver a Diego. Igual, algo deben estar sospechando.

Una vez que Diego ya está oculto en los balcones de arriba, donde nadie lo podría ver excepto que se de la vuelta y mire hacia allí, entonces sí, que pase el auto. La conductora se acerca y quiere abrir la puerta trasera pero no puede. Abren desde adentro y se bajan padre e hijo, vestidos todo de negro como si fuesen dos mafiosos importantes.

El tema es así. Al flaco, al hijo, el padre le puso Diego Armando Maradona de nombre (el apellido es Mollica o algo así). La onda es que conozca al Diego Armando Maradona original. Mientras la conductora le pide que muestre su documento de identidad a la cámara (de verdad le pusieron Diego Armando Maradona al pobre), desde arriba el Diego verdadero hace gestos impacientes como diciendo que es un impostor, que el verdadero Diego es él (y menos mal que lo aclara).

Cuando la charla con el Diego trucho no da para más (Y qué te decían en la escuela, etc.) la tetona simplemente presenta al Diego de verdad, el cual baja y se dispone a abrazar padre e hijo como si éstos fueran Dalma y Gianina, o viejos conocidos. Sospechosamente, no parecen muy sorprendidos, pero el Diego trucho ensaya algún lagrimeo poco convincente. Lo más probable es que ni siquiera le guste tanto el fútbol al pobre.

A partir de esta instancia todo se empieza a poner más bizarro todavía. La conductora le pregunta al Diego trucho si quiere cantarle algo al Diego verdadero. Cantarle, por qué cantarle. El Diego verdadero, justificadamente, pone cara de susto y para colmo el Diego trucho acepta la oferta. Sí, va a cantar.

Se manda a capella algún tema romántico qué no se sabe qué es. No es que tenga mala voz, pero desafina. Un poco al principio, con énfasis después. Mientras tanto lo abraza al Diego verdadero, y todos lo escuchan en silencio. La cara que pone el Diego verdadero cuando termina es elocuente: los ojos girándole y la boca estrujando una risa, como queriendo decir: "bue, qué le vamos a hacer". Pero igual aplaude, con lentitud.

La rubia tetona entonces les pregunta si quieren una foto juntos. Bueno, dale. Entonces agarra una vieja cámara Polaroid, la cual admite no saber usar. En efecto, no tiene idea de cómo usarla, así que la foto no sale. Manipula el aparato peligrosamente, lo cierra, lo abre, lo golpea. Finalmente, un minuto después, el coso dispara y sale la instantánea.

Pero lo que sale es un papel que está todo negro. Supuestamente, dice la conductora, esto al toque tiene que revelarse. Pero no se revela, sigue negra. La tetona agita la foto en el aire como quien apaga un fósforo. Piensa que eso podría ayudar. Súbitamente el Diego trucho se embola (no le interesa mucho la foto) y declara ominosamente que quiere seguir cantando.

Oh Dios.

Entonces le arrebata el micrófono a la tetona y se pone a farfullar una de esas típicas canciones italianas excesivamente animadas y que citan indeterminadas veces la palara "mamma". Todo el público canta con él esta vez. A todo esto la tetona sigue agitando la Polaroid, que finalmente parece estar revelándose, pero que no muestra a cámara, imagino que porque no hay nada que mostrar; solo dos Diegos abrazados.

Y ya no queda nada más. El Diego verdadero se despide por fin del Diego trucho (otro abrazo) y se van. Sigue la entrevista a Maradona. La tetona le pregunta de qué cosas se arrepiente. Diego contesta que se arrepiente de haber tomado tanta droga, las cuales le han impedido ver crecer a sus hijas. Aprovecha ya que sale el tema para habla otra vez de sus hijas (que también son famosas en Italia, parece) y de los novios de sus hijas y de cómo todo bien con ellos. Todo en italiano, que sigue sin trabarse.

Finalmente se va. Caminando como un superhéroe por la vía que atraviesa la gran estación de trenes, mientras una granizada de vítores lo despide. La gente lo quiere tocar y saludar. Un grandulón enfervorizado, al borde del colapso nervioso, le pide a llanto pelado que le firme una remera. Mientras Diego se la firma con un aire indiferente, su fan parece poseído por un espíritu que vocifera cosas. Y Diego, que no se aburre de ser Diego porque ser Diego sigue siendo genial, se va.

Finalmente se va. El programa, horror, sigue.

Es entonces cuando apago la TV.

sábado, 29 de septiembre de 2007

Donde es difícil desaparecer

A propósito del larguísimometraje de David Lynch Inland Empire, la novela de Roberto Bolaño Los Detectives Salvajes y otras güevadas.

HOLA. A ver. Hoy tengo ganas de escribir un post bien desacartonado, bien informal, sin nada preparado de antemano, sin efectismos, sin retórica; quiero caretearla de persona común y corriente, evitar las palabras ornamentales (por eso el uso de "evitar" en vez de "elidir") y hablar de cualquier cosa que me venga a la cabeza. A veces pienso que la prosa excesivamente rebuscada que me gusta cultivar (y ahí estoy cayendo, ven?) aliena a los lectores. Así que nada, vamos a las trompadas. Por ejemplo: estoy escuchando The Modern Dance de Pere Ubu y lo primero que se me ocurre es que lo voy a tener que escuchar unas 16 veces más para poder decidir si es un 10, un 9, o un 8. (De ahí no baja). Lo triste de la historia es que en días como estos no hay tiempo para escuchar The Modern Dance 16 veces (además de que no es recomendable para la sanidad mental de uno). Así que por ahora me pinta que "Street Waves" (track n°4) tiene un drive espectacular y que para bancarse "Sentimental Journey" (track n°9) hay que estar puestísimo.

¿Y de qué hablar en un post así de aleatorio cómo éste? (Una vez un profesor me fustigó por usar demasiadas veces la palabra "y" al escribir, pero qué va, a mí me encanta). Vamos al lugar común, o sea, reseñar brevemente lo que estoy leyendo / viendo / escuchando estos días, para quien pueda interesarle. Supongo que no serán muchos, o sí. Ojalá que sí. Ojalá que este post me haga famoso y mucha gente lo comente. Empecemos con Inland Empire, que es el más reciente bodoque de David Lynch. Fui al cine sin saber exactamente qué esperar (aunque evidentemente sabía que no iba a ver nada similar a Sara de la Pradera). Ahí está otro de mis vicios; las palabras terminadas en mente. Estaría bueno que la RAE se mande a inventar sufijos nuevos para adverbios porque así no se puede vivir.

En qué estaba. Ah! Sí, la peli de David Lynch. La ví con mi amigo Federico (que no soy yo mismo, sino un Federico que tiene la peculiaridad de no ser yo) en un cine top de la Recoleta. En medio del trance alcancé a ver que una pareja se iba a la mierda promediando la cosa, y el tipo que tenía al lado se la pasaba resoplando (resoplidos que traduje más o menos como "LA PUTA MADRE QUE MIERDA ES TODA ESTA MIERDA"). Sí, es ese tipo de película. Lynch filmó sin dudas el lime universal definitivo. Un delirio extremo que de tan grandioso, de tan faraónico, te deja absolutamente narcotizado. Juro, juro con énfasis, que nunca había vivido semejantes emociones, no solo en un cine, sino en cualquier parte (y eso incluye el asiento de atrás de un auto).

No quiero dar rodeos, la película es genial. Quizás la película más genial que haya visto en mi vida. David Lynch tiene mucha razón... ¿Qué sentido tiene ir a ver el enésimo guión tradicional con principio, conflicto, desarrollo y final cuando el cine puede hacer algo como esto? Posta, que alguien me diga. Ya ví como mil películas que me cuentan una historia (bueno, no, no debo llegar ni a las 200 películas vistas, pero se entiende la connotación). Es lindo y es entretenido; muchas de mis películas favoritas cuentan una o varias historias, pero ¿No termina haciéndose un poco cuadrado todo el canon del conflicto y el desarrollo y toda esa pavada que inventó Aristóteles hace, no sé, miles de años? Sí, cuadrado, cuadrado como si el cine se anclara a un isomorfismo con la pantalla en la que se proyecta (que es rectangular, y no es lo mismo que un cuadrado, pero bueno, el paralelogramismo recalcitrante está).

Ahí la cago. Breve paréntesis. Quería hacer un post desacartonado, casual, y de repente me mando con un "se anclara en un isomorfismo" que ni yo sé qué coño quiere decir. Es el problema de estudiar comunicación. Te meten por el culo palabras hermosamente jodidas como isomorfismo que después se vuelven comodines compulsivos que nadie entiende (uno busca la frase, busca la excusa para usar estas palabras perversas). Honestamente, no me acuerdo qué signifca "isomorfo", pero más o menos (ojo! más o menos) tiene que ver con cuando algo tiene la misma forma que otra cosa pero en otra dimensión de las cosas. Una onda así. No sé por qué creo que no aclaré nada. Busquen en el diccionario.

Volvemos al ruedo. En qué estaba? Ah sí, en los Detectives Salvajes de Bolaño! Ah no, no. Eso viene después. Ya me estoy perdiendo, qué cagada. Ah, cierto, lo de las historias cuadradas y el cine. No, digo... está bien contar una historia. Está bien dejar un mensaje, pero carajo, que el cine puede ser muchísimo más que eso. De tanta obsesión por contar historias es que terminamos clavándonos tanta película irrelevante que cuenta historias irrelevantes y aburridas y trilladas y que además terminan siempre rascando el fondo del tarro de los mismos tres o cuatro Grandes Temas de la Humanidad sin aportar novedad alguna. Dejémonos de joder un poco. Inland Empire ayuda a abrir un poco el obturador que tenemos en la cabeza. Posta, yo no había pensado demasiado en esto del cine cuenta-cuentos hasta que ví la película... Una película que no cuenta una historia sino que te mete en un serpenteo exuberante de imágenes y sonidos y que aún así tiene todo el sentido del mundo. Quiero decir que tiene todo el sentido del mundo filmar eso, buscar eso, intentar eso. Intentar no contar nada, sino mostrarnos otras cosas que no necesariamente son historias, y exaltar partes de nuestra percepción intelectual que la cuadradez del mundo puto se empecina en antestesiar.

O algo así. No quiero mentir. HAY historias en Inland Empire. Pero están tan desencajadas, tan fabulosamente deformadas que a la vez hay mil historias o ninguna, un rompecabezas de una inmensidad desconcertante que uno puede intentar rearmar de varias formas o bien, más sabiamente, deleitarse en la contemplación de sus piezas cayendo al azar como un bombardeo de ideas visuales. Desde las primeras imágenes y sonidos (y sonidos, los sonidos son fucking important, otra cosa que reivindica acertadamente Lynch), cualquier nabo se da cuenta que la película va a ser una puta obra maestra: ese vinilo girando, esa siniestra tramisión radial báltica, esas imágenes portentosas que inquietan sin que se sepa exactamente por qué. Toda la película es un ejemplo de cómo inquietar con lo mínimo. Una sombra. Una luz. No necesita más este muchacho para tenerte al borde de la butaca con los nervios haciéndose polvo. Porque, claro! No estamos hablando de una de esas películas onda iraní donde el efecto de sentido se logra a partir de que no pasa nada (el otro costado, menos copado, de joder a la narración canónica). ¡NO! Acá pasá TODO. Pasa TODO. Pasa lo inesperado, pasa lo irritante, pasa lo orgásmico, lo sensual, lo real y lo onírico, todos encadenados lascivamente sin alegorías, ni simbolismos, ni rigideces de ningún tipo. De repente estamos en un pasillo oscuro lleno de miedo, y al minuto la cosa deriva en un musical con coreografías de lo más sensuales. Y así un montón de de repentes. Es una orgía de imaginarios condensados en tres horas inolvidables, que en los días sucesivos a la proyección te irán volviendo con insistencia, como las instantáneas de un sueño que no se sabe del todo si fue realmente tal.

Insisto que todo bien con las historias lindas. Todo bien con Sueños de libertad o Volver al Futuro. Pero no hay ningún motivo para quedarse en eso. Por ejemplo, miren la música. La música clásica, el jazz, el rock. La música no cuenta ninguna historia, la música se recrea en el estímulo, en la delectación sensual, en la asociación imaginaria que esas notas y palabras despiertan en nosotros. La pregunta clave es: ¿Por qué el cine no puede explorar un impacto semejante y olvidarse por un rato de lo lineal? Esa es la razón de existencia de Inland Empire. Dicen que no es una película para cualquiera, pero creo que si eso es verdad entonces hay mucha más gente de lo que pensaba que no sueña más mientras duerme, que está metida en un freezer de mierda, que tiene un potus en el cerebro. Lo cual es de terror. No quiero parecer un iluminado, pero bueno, qué le voy a hacer, supongo que es lo que parezco. Ok, soy un iluminado.

Qué más. Sí, esto sigue, para desgracia de muchos. Pueden parar de leer acá si eso quieren, vagos de mierda. O pueden seguir. También podrían haber parado de leer antes, con lo cual este mensaje no va para ustedes (ellos, malditos traidores). Cierto. Los Detectives Salvajes. La forma en la que contacté con esta novela por vez primera es, como mínimo, curiosa. Porque fue en una fiesta. Soy precisamente el tipo de engendro que va a una fiesta en la casa de un amigo (se llama Matías Mancini) y como se aburre mucho (demasiada gente, y demasiadas novias de gente) se encierra en el cuarto del anfitrión a las tres de la mañana, agarra un libro de su biblioteca y se pone a leerlo. No me estoy jactando de nada. Más me hubiera gustado emborracharme y caretearla que soy amiguísimo de todos los de la fiesta, y que soy un partusero bárbaro pero bueno. Es lo que había. Los Detectives Salvajes. Empecé a leer (me llegaba muy asordinada la música de la fiesta, vieron que en la fiesta uno nunca puede escapar totalmente de la música) y me enganchó enseguida. Las primeras líneas ("He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así") no podían ser más pedorras "literariamente". Tan pedorras como dotadas de una inmediatez aplastante, que me animó a seguir leyendo.

Le dí hasta la página nosecuánto (digamos 20 o 25) y como ví que la novela se hacía muy larga y no la iba a terminar esa misma noche, la dejé ahí. Pero se la juré. A vos te voy a leer hija de puta. Bolaño es el escritor latinoamericano de moda, y al bodoque este (pasamos del bodoque de Lynch al bodoque de Bolaño) lo comparan con Rayuela. Vaya vaya. Bolaño, humilde, dijo en alguna entrevista que al lado de Rayuela la suya era una "pobre novela". Pero por algo las comparan, por algo será. Así que interesante; por qué no hacer un intento y de paso verificar si tanta algarabía bolañesa está o no justificada.

La leí más o menos en dos semanas (tranquilo, aprovechando el tiempo en medios de transporte, plazas a media luz e insomnios varios). No sé si es la "Gran Novela Latinoamericana Contemporánea" (tampoco leí tantas, I shall confess, y en general me desagradan ese tipo de etiquetas marketineras), pero algo tiene. Es difícil decir qué es lo que tiene, eso sí. La historia en realidad no es una sola, sino varias historias vagamente amalgamadas por los misteriosos itinerarios de los poetas Ulises Lima y Arturo Belano. Misteriosos es la palabra: nunca se sabe exactamente qué es lo que buscan en sus errantes periplos alrededor del mundo; cuesta identificar por qué están dónde están, o por qué hacen lo que hacen. Aún siendo los protagonistas, Bolaño jamás los define con nitidez, sino que nos permite irlos reconstruyendo a partir de sombras, huellas, rastros, crucigramas, anecdotarios entrelazados.

La parte central de la novela recoge los testimonios de quienes han tratado con ellos (desde México hasta Israel o Angola, casi todos escritores o marginales); cada testimonio supone una historia autónoma, casi un cuento (opino que algunos de ellos orillan la perfección), y allí tarde o temprano aparecen; Ulises Lima y Arturo Belano, omnipresentes pero distantes, siempre indirectos. Esta vaguedad, que de pronto desespera (extraña sensación de no poder nunca alcanzar sus almas, ni sus motivos), es lo que termina dándole a los dos poetas esa fascinación eterna, esa ambivalencia en donde por momentos pueden ser llanamente humanos y de pronto fantasmas míticos o incorpóreos.

No queda claro si ellos dos son los detectives salvajes. Eh. Supongo que sí (parte de la novela narra su búsqueda afanosa de una antigua poeta mexicana en los desiertos del norte mexicano, una labor detectivesca digamos). Pero es obvio que también el lector asume cierto rol de detective, al escuchar pacientemente los testimonios y al ir ordenando (no sin dificultad dado lo fragmentario de los episodios) las vidas de estos escurridizos personajes que nunca se quedan quietos.

Lo cierto es que más allá de que el lector tenga éxito o no en este cometido, la novela vibra con su carácter oceánico (uno se ve extrañamente atrapado, sumergido) que a la larga termina siendo mucho más relevante que poder determinar con exactitud qué hicieron Belano y Lima primero, qué hicieron después y porqué lo hicieron. En esos numerosos personajes que solo parecieran abandonarse a sus rutinas, buscando su lugar en la vida casi al azar y sin replanteos profundos (casi no hay pausas reflexivas), aparecen bellamente retratadas las vicisitudes de la vida, tan mecánica a veces como repleta de vueltas inesperadas. No es un terreno novedoso (digo, eso de capturar "la vida"), pero al menos Bolaño, a través de un estilo adusto, directo, marcadamente oral (y hasta algo ingenuo en algunas cosas), lo intenta recorrer con sus propios pasos, y digamos que vale la pena leerlo (al menos esta novela en particular).

Si se justifica tanto consenso en torno al chileno, si no se justifica, la verdad no sé, ni tampoco me interesa. Es (era) un buen escritor, pero no sé un pomo de la vela sobre literatura latinoamericana contemporánea, así que me es difícil comparar. No es Borges, pero es re-evidente que no busca escribir como Borges, así que ni siquiera sirve entrar a comparar. En todo caso lean la novela y juzguen por sí mismos. A mí me gustó. No es necesariamente Steppenwolf o 1984 o Rayuela (por mencionar novelas que me revolvieron el mate) pero sale como piña (La piña del Ananá, no la Piña de Felipe Pigna que es muy ladri).

Ahora voy a dejar pasar una oportunidad de hacerme el inteligente con una analogía fácil entre Inland Empire y los Detectives Salvajes. La haría, pero me hinché las bolas de escribir y seguramente todos ustedes ya se hincharon las bolas de leer. Dejo que la hagan ustedes, a ver si sale algo con onda. (Posible ayuda: fragmentación que el espectador en principio tiene que reordenar, pero que puede perfectamente no reordenar y aún así se disfruta y las implicancias que esto puede tener en la relación autor-espectador en el arte y si estamos frente a una reforma universal de las reglas de la linealidad etc. etc. etc.). Fue.

Vean Inland Empire. Lean a Bolaño y escuchen The Modern Dance de Pere Ubu (que se podría agregar para formar una trinidad de obras tan copadas como fragmentadas, miren qué casualidad). Pero no por eso, sino porque los dos primeros temas la rompen.

lunes, 24 de septiembre de 2007

Antievangelio del culo roto

Está bastante bien irrigada la creencia de que en la vida, para obtener lo que uno quiere, hay que romperse el culo. Se usa textualmente esa fórmula: "romperse el CULO", no se podría escoger alegoría más táctil. Está tan naturalizado, es tan obvio, tan indiscutible el adagio que nadie llega a pensarlo demasiado. Envilecidos pues, agachamos la cabeza, nos bajamos los lienzos y, efectivamente, nos sometemos litúrgicamente al sacramento de la rompida de culo. Primero nos rompemos el culo formándonos, después trabajando todos los días (en ese eficaz aserradero de culos neutralmente llamado "división del trabajo"). Con el tiempo le vamos tomando el saborcito a esto de tener el culo roto, lo cual allana el camino para que vengan terceros a contribuir con la faena (de rompernos el culo, y humillarnos, y de tratarnos como máquinas). Obran con la practicidad de saber que quien tiene el culo roto, ya bastante roto, no va a ofrecer demasiada resistencia.

Aún así, siendo unos miserables culeados, salimos y pavoneamos nuestro culo roto, capturando éste todo tipo de suspiros elogiosos por parte de colegas y adversarios. Y así, de a poco, empezamos a sentirnos realizados. Y diremos que nos apasiona rompernos el culo, que es nuestra vida, y que no imaginamos que habríamos hecho de no habernos roto el culo con tanto amor, con tanta dedicación.

En este fenómeno influyen, claro, las contrapartidas jugosísimas reservadas para los ciudadanos ejemplares que se rompen y se dejan romper el culo como Dios manda. Se sabe (aunque no se dice) que veremos el día en el que nos ganemos la potestad de romperle el culo a otros, lo cual aporta siempre cierta reciprocidad que redunda en equilibrio y satisfacción. Es que claro, después de mucho dejar que nos empomen, en algún momento queremos empomar nosotros eh. No sólo eso. También tendremos una contraprestación monetaria que costeará un búnker de lujo (o no tanto, depende) donde sanear nuestro culo roto (terapia a base de televisión, sexo marital y medicina alopática). Casa, un autito y familia (la familia es clave, porque hay que fomentar el cultivo de nuevos y jóvenes culos susceptibles de ser rotos, sino cómo seguimos). Tal trinidad representa la máxima aspiración del culeado exitoso. Es por este patrimonio, básicamente, que nos hemos adaptado ovejunamente, accediendo a la rompedura (o rotura) de culo canónica.

Eso sí. Hay culeados y culeados. No todos los culeados somos igual de virtuosos y por eso no todos obtienen los mismos réditos. Gran parte de los sujetos se pasan años, la vida, martirizándose el culo con sombrío empeño y apenas les alcanza para sobrevivir como comadrejas en albañales profundos. Es la diferencia entre un culeado-culeado (el proletario) y el culeado-virtuoso (los que, sometimiento anal mediante, podemos alcanzar puestos ejecutivos y sueldos de fábula). Pero no nos vamos a empantanar en esta distinción marxista; la lucha de clases se ve considerablemente matizada, en la práctica, por el hecho inconmutable de que todos los patriotas nos rompemos el culo de una u otra forma. Es el factor culo-roto, y no otra cosa, lo que nos iguala ante los anteojos plurales de la democracia.

Llega un momento en la vida de todo sujeto, por fin llega, en el cual tenemos el culo tan fantásticamente dilatado y amoratado y coagulado que ya no servimos más. Entonces podemos pasar a retiro y regodearnos con los jugosos frutos que tantos años de rompernos el culo nos han otorgado. Podremos seguir comprando autos, jugando al golf y visitando clínicas de prestigio con cierta asiduidad. Una exuberante vida de jubilado nos espera. Pero aún así, parece demasiado el tiempo improductivo que tenemos entre manos. Nos abruma. No tenemos idea de qué hacer con nosotros mismos: tan acostumbrados estábamos a rompernos el culo y ahora puede que nos sintamos un poco inútiles, un poco olvidados, y un poco cansados (claro, no sabemos qué hacer con un culo repentinamente casto). De la nada, aparece una nueva actividad que por mucho tiempo no se nos había exigido: pensar un poco. Y pensamos. Puede que nos cuestionemos si esto de romperse el culo mereció la pena. Tenemos un auto muy lindo, sí, y una familia maravillosa, sí, y una chimenea donde podemos calentarnos en invierno mientras tomamos un cafecito y admiramos cómo se desprenden densos jirones de lluvia sobre nuestro verde jardín, sí, sobre nuestras casas vecinas que son todas parecidas, todas lo mismo en este vecindario de mazapán.

Pero todo está, inesperadamente, vacío. Nuestra mente está vacía. No sabemos por qué. O sí, de alguna manera lo intuimos. Fuimos. Fuimos un culo para romper, fuimos serviles maratonistas en pos de un mito de felicidad individual, material, posesiva y ¿Ahora? Un culo roto, olvidado que tiene que peregrinar con unas neuronas perimidas, un cuerpo replegado, y las cuotas de la prepaga cuyo precio se incrementa cuanto más se acerca el infarto, el derrame o el patatús a elección. Creímos en el adagio, y nos rompimos el culo. Y ahora vemos que todo lo que obtuvimos con eso es una colchoneta de asombrosas boludeces que nos circunvalan muertas, mientras que, solos, nos vamos apagando, sin haber hecho otra cosa en la vida, no lo vamos a admitir, que rompernos el culo.

Y con varios tubos enchufados, broches que nos aferran torpemente al trencito ya inmóvil de la vida, suponemos que, a lo mejor, todo esto fue una farsa monumental. La nostalgia, empero, es inevitable. Nostalgia de los días infantes en los cuales teníamos un culo listo para ser roto, y un tiempo de soles extáticos, de días eternos, de noches ardorosas que nos invitaban al desvío; los que con tanta sensatez elegimos olvidar.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Recuento en ráfagas

Como en sigilo, bucearon a través del callejón
Siendo dos apariciones en la costura de la medianoche
Entre solfeos cómplices dividieron el botín
Solo así, con estas rentas recién horneadas,
se reafirma la sociedad (dijeron por lo bajo).
Y no fuera que, a esa hora, la lluvia vinculante
Obligatoriedad de humedades y charcos
Los asechara como a dos moscas en la urbe
No fuera que, en esa encrucijada mal iluminada
Otros extraños armados quisieran apoderarse
De sus posesiones últimas, sus alientos
Y los pocos de sus goces.

Siendo dos mimos sonrientes, no esperaron
Apenas separados, derivaron por las baldosas
Los deltas de asfalto, las hileras de luces
Se llamaron amigos, pero evitaron mirarse
Y se buscaron los talones antes que las manos
Entre pisadas asordinadas y cascabeleos
En ese peregrinaje de ensueños despiertos
Cada uno quería del otro
lo que el otro nunca iba a entregar.

Anduvieron entonces durante un tiempo
Apretujando el paso entre los minutos
Sin suponer la zozobra ni el desvelo
Sorteando los cartílagos de barriadas sin nombre
Y no fuera que el alba los sorprendiera
En plena faena y aún con mucho que condescender
“Tengo tiempo”, sentenció uno de improviso
A lo que el otro contestó “Ya lo sé”
“Pero si ya no me interesan, ni sus bueyes,
ni su lástima” (pensó uno muy por lo bajo).
“Pero si ya no me conmueven, ni sus ojos,
ni su pasión” (pensó el otro al mismo tiempo).

Siendo dos títeres flacos, acordaron seguir
Y siguieron entonces, internándose en la jungla
Ya arremangados, con los trajes bajo el brazo
Cabizbajos, chapoteando en lagunas sin fondo
Y el maquillaje de payaso corrido por el sudor
Solo así, con estas máscaras alegres,
se reafirma la sociedad (dijeron sin creerlo).
Y no fuera que, después de tanto trecho,
De tanto contar cuentos y burocracias,
Las cosas no resultaran.
Y no fuera que, a esa hora, en ese lugar
Se miraran, con razón, a los ojos
Y descubrieran la pura verdad,
O la pura mentira.

Siendo dos pobres diablos temblorosos
Parecían trotar de golpe, revueltos de miedo
Las gargantas secas como si un incendio
Hubiera sin piedad ingerido sus almas
Y alrededor la nada, la nada absoluta
Con su corazón fugitivo de suburbio
los iba acorralando en un abrazo ancho
En territorio de brujas, y moscas, y basurales
Donde las autopistas ya no están alumbradas
Y los árboles son diseños siniestros sobre una luna demente
Admitieron que la aventura había terminado
Enlazados en una lucha cuerpo a cuerpo,
En la desesperación, resolvieron asesinarse
Para cumplir así, ritualmente, con la letra chica
En ese instante, los chacales y los abogados
Gatearon hacia ellos como grandes orugas.

Y en algún punto del horizonte, visible pero lejos,
Descorchaba, inmenso, un amanecer sin sentido.

jueves, 6 de septiembre de 2007

Floricultura

Clavel rojo. Basta de Juan Román Riquelme. No querer saber más nada de Juan Román Riquelme. Juan Román Riquelme supurarme las bolas. No es su culpa, ni de la madre que le ha dado la vida. Pero no importa, ya pudrirme. Juega bien al fútbol, y dado que juega tan bien, dedidió trabajar de eso. Mal no le ha ido. Lo felicito. Nadie me ha explicado, empero, por qué razón me tienen que inyectar títulos sobre Juan Román Riquelme noche y día, por televisión, radio, prensa y portales online. (Sí, porque después vienen y dicen que uno consume las noticias que le interesan. No. Por eso, inyectar) Qué hizo Juan Román Riquelme que amerite semejante hemorragia mediática. Cuando rinde porque rinde. Y el Análisis de los Especialistas de por qué rinde. Cuando no rinde porque no rinde. Y el Análisis de los Especialistas de por qué no rinde. Y el Análisis de los Especialistas de cómo es que antes rendía y ahora no. Cuando lo convocan para la selección. Cuando no lo convocan. Los comos y los porqués. También cuando corre el riesgo de que no lo convoquen más. Si se queda en Boca. Si no se queda. Si el Villarreal lo quiere. No lo quiere. Si vuelve o no. Ahora parece que sí (La Nación Deportiva: No importa, saquemos tapa diciendo que sí). Pero en realidad no. Es imposible que se quede en Boca. El contrato millonario. Es "muy difícil". Pero hay una esperanza. Y el Análisis de los Especialistas sobre dichas esperanzas, sus fundamentos y contrafundamentos. Vuelve Riquelme. Pero no. Pero sí. Pero no. Ah! el jugador mismo, payasescos detectives de por medio, declara. Está feliz y está contento. No importa si se murió el portero del club, él está feliz y contento. Esclarecedor. A ver. Cualquiera puede pensar lo que le apetezca, pero las declaraciones de Riquielme son una mierda. Siempre lo fueron. Siempre lo serán. A nadie le importan. Basta de Juan Román Riquelme. Por suerte ahora lo van a guardar, no va a jugar, y todo el mundo se va a olvidar de él. ¿Será entonces momento de hablar de otros buenos jugadores de fútbol? Mejor no.

Marimonia. Regla #45 del Manual de Pseudodemocracia Cordoooobesa: cuando un resultado electoral, cualesquiera sean las índoles del comicio, arroje un resultado ajustado con diferencias de uno o dos puntos, la parcialidad perdedora automáticamente tendrá derecho a caratular al sufragio como "fraudulento" y/o "corrupto" y/o "injusto para el pueblo cordobés y sus hijos que necesitan del pan y el trabajo de la gente"; efectuada dicha proclama podrá proceder con todo tipo de acciones políticas y/o violentas que pueden incluír o no el uso de cocktails molotov, apariciones en el programa A Dos Voces o marchas donde toquen los Nocheros.




Dalia. Mujer de un infarto es velada en su barrio natal. Sus familiares aportan increíbles declaraciones. Padre: "Yo le decía que no se casara con un infarto, que le podía llegar a hacer algo, vió, los infartos... suelen no ser de confiar vió... uno los conoce a estos infartos hijos de puta... pero ella estaba enamorada... no puedo, no puedo (llora desconsoladamente en medio de miles de flashes). Madre: "Yo la verdad no entiendo nada. Era un infarto normal, re-macanudo, los domingos los ravioles los traía él, jugaba con los chicos, se ofrecía a lavar los platos... un día nos pidió el corazón de nuestra hija y se lo dimos... no pensábamos que fuera a hacer esto... no puedo, no puedo (llora desconsoladamente en medio de preguntas como "¿Cómo se siente en estos momentos? ¿Por qué llora? y ¿Cree que la vida ya no tiene ningún sentido y está totalmente desgarrada por dentro?"). Cuñado (una embolia cerebral): "Mire, mi hermano es un boludo. Porque yo le advertí que no se podía casar con futuras víctimas... me dijo que no había problema, que se iba a recatar... pero uno para ser infarto tiene que ir a infartar. Es una cuestión ontológica. Así que fue y agarró a la que más cerca tenía. Estas cosas son así... Justamente, yo soy una embolia cerebral así que... (Les da una embolia cerebral a todos los periodistas presentes, pero no pasa nada, ya tienen varias).