miércoles, 25 de agosto de 2010

Avasallamiento

La Nación y Clarín publicaron ayer, 24 de agosto a primera hora, una especie de solicitada criticando los intentos del gobierno de Cristina Kirchner de intervenir Papel Prensa (en ese momento no sabían que haría algo peor todavía: enviar un proyecto de ley al congreso). Su título: "Una historia inventada para quedarse con papel prensa". Su intención: dar a conocer ante la opinión pública la verdad sobre este grave atropello a la libertad de expresión. Hay que aclarar en este caso que las fuentes son totalmente confiables, dado que se trata de las principales accionistas de la empresa en cuestión.

Dejando el chiste de lado, van algunas citas del texto que insisten (voluntariosamente) en llamar mi atención.

Controlar el papel es controlar la información, y esto es lo que el Gobierno viene buscando a través de varias herramientas: la propaganda oficial, la ley de medios, el control del acceso a la información, el manejo militante de los medios públicos y la multiplicación de los medios paraoficiales.

El primer párrafo ya es casi antológico. No lo quería dejar pasar aún cuando esto lo señaló todo el mundo, desde los comentaristas "a sueldo" en LN Online hasta la Presidente en su ponencia en Casa Rosada. "Controlar el papel es controlar la información". ¡Te lo están diciendo en la cara y hasta se les escapan un par de salivazos!: nosotros controlamos el papel o sea que controlamos la información; lo venimos haciendo desde hace más de 30 años y estamos interesados en que siga siendo así por unos cuantos más. Me maravilla lo explícito que aparece el interés corporativo que están resguardando. Si la bajada, en vez de dar a conocer un "comunicado respecto de las verdaderas intenciones del Gobierno" hubiera puesto "nuestras verdaderas intenciones", no habría dislate alguno. Luego hacen uso de los pequeños tópicos de siempre, en donde quieren que asumamos, por ejemplo, que la Ley de Medios es un instrumento de tortura para castigar a los libreprensadores del país, sin que esto amerite presentar prueba, aclaración o comentario al margen alguno. Ya está cristalizado, impuesto de esa forma.

En los últimos días, esta intención de avasallar el derecho de la sociedad a la libre elección y expresión se reveló de manera muy clara con la cancelación de la licencia de un proveedor de Internet.

Palabras solemnes. Frases hechas. Significados vacíos. Y no iban a mencionar siquiera la posibilidad de que esta licencia en realidad no existiera y que el tema en todo caso lo deberá determinar la justicia. ¿Para qué? ¡Si ya está todo dicho con lo de la "libre elección"!

La compraventa se llevó a cabo el 2 de noviembre de 1976. Fue una operación absolutamente legal y pública, anunciada en todos los diarios de la época.

Esta oración constituye una pequeña genialidad de la ñoñez discursiva encubierta. ¿Qué significa "legal" y "público" en un país que atravesaba una dictadura? ¿Qué implica que la compraventa fuera anunciada "en todos los diarios de la época" a siete meses del golpe de estado que diera origen al PRN? Los diarios de entonces publicaban y se abstenían de publicar básicamente según lo que complaciera a la dictadura. El hecho de que la compra de Papel Prensa por parte de La Nación, Clarín y La Razón fuera informado en los diarios, presentado aquí como una prueba de transparencia, no quiere decir absolutamente nada hoy en día, cuando las claves para leer esos diarios son radicalmente otras (y no hace falta hacerse fan de 678 en Facebook para aceptar esto). Son los mismos diarios que, por ejemplo, glorificaban sin problemas acciones contra "la subversión" que hoy están siendo juzgadas y condenadas. Los que informaban de una "campaña anti-argentina" en el mundo que hoy invita al llanto y mañana invitará a la risa. Los que publicaban panegíricos de personajes que hoy hasta los mismos La Nación y Clarín prefieren condenar casi por contrato de lectura; la misma solicitada que aquí analizamos, unas líneas más abajo, tacha el secuestro de los herederos de Graiver como "repudiable". Con este comentario apelando a la autoridad de "diarios de la época", La Nación y Clarín pretenden suspender la historia que a ellos mismos les pasó por encima.

Por otra parte, se omite risueñamente - no solo en esta oración sino en toda la solicitada - que la compra de Papel Prensa fue realizada con la participación activa y sumamente interesada del Estado, que de hecho sigue siendo accionista minoritario de la empresa. Sucede que quien ocupaba el gobierno nacional en aquel entonces era una dictadura militar, es decir, un gobierno ilegal de anti-constitucionalidad comprobada que tenía varias razones para tener a los diarios de su lado ¿Qué tan "legal" puede ser una compra en la que interviene un gobierno de facto y probadamente genocida? Si bien la solicitada argumenta que el Estado se quedó con su parte porque un juez no se expidió con respecto a lo que le tocaba a Lidia Papaleo luego de la compra, asumir así nomás que el gobierno de facto no tuvo nada que ver con la cuestión sería de un candor criminal.

Los integrantes del grupo Graiver, vendedores de la empresa, fueron ilegalmente detenidos 5 meses después de la venta de Papel Prensa y por imputaciones ajenas a este tema. Al momento de esa operación, los Graiver estaban libres: no habían sido secuestrados ni torturados ni amenazados por la dictadura gobernante.

En esta disyuntiva reside gran parte de la disputa. ¿Los Graiver vendieron la empresa por su propia voluntad o fueron amenazados para hacerlo? El argumento de que fueron secuestrados 5 meses después no tiene demasiado peso; por más brutal que haya sido la dictadura del Proceso, no es imprescindible secuestrar y torturar para presionar con algo, especialmente tratándose de una dictadura militar. De todas formas lo que más llama la atención es la utilización de "imputación", un término de la justicia penal, como razón para secuestrar y torturar a un grupo de personas. Algo que, como sabrán, con la justicia penal tiene poco y nada que ver. Huele a justificación y suena raro, incómodo, como una hilacha que se muestra.

No encontré más frases espectaculares. Más allá, todo el discurso consiste en una aseveración de hechos supuestamente probatorios que solo de a ratos mencionan sus fuentes. El argumento fundamental de La Nación y Clarín es que la adqusición de Papel Prensa a instancias de presiones mafiosas nunca había "saltado" con anterioridad (ni en la justicia ni en la opinión pública) y eso por sí solo prueba que las denuncias del Gobierno son manipulaciones coyunturales de la historia, o que las acusaciones de los exherederos de Papel Prensa son tardías y sospechosas de acomodarse a lo que les conviene.

La falla estructural del argumento está en que ciertas cosas pueden permanecer ocultas mucho tiempo; eso no las hace menos verdaderas o graves cuando finalmente salen a la luz. Por otra parte, si este tema no se trató ampliamente hasta ahora es por una buena razón. Buena y evidente. Las irregularidades acerca de Papel Prensa, así como aquellas relativas a la titularidad de licencias y la Ley de Radiodifusión de la dictadura sí eran discutidas en ciertos círculos (sin ir más lejos, la Carrera de Ciencias de la Comunicación en la UBA); simplemente no habían tenido difusión en los grandes medios, lo cual tiene demasiado sentido cuando los dos diarios todopoderosos de la capital - uno de ellos un coloso multimedios - son los interesados número uno en mejor no hablar de ciertas cosas.

La Nación y Clarín no tienen paz. La Nación hoy publica una irrisoria nota demostrando que el rating de los canales de aire en cadena televisando el discurso de Cristina Kirchner bajó con respecto al mismo horario el lunes anterior. Sí, no es joda, compara desfavorablemente el rating del acto en Telefé con el de Casi Angeles en ese mismo canal: desinformación distribuida al por mayor que, más allá de su completa irrelevancia, "olvida" la ingenuidad de comparar un contenido cuya audiencia se reparte en varios canales con otro que es exclusivo (el rating total del discurso, naturalmente, fue comparable al de Tinelli, Coki y Fort).

Ante este tipo de cosas, la sensación es que les cuesta mucho a La Nación y Clarín y sus emporios digerir que venga alguien de afuera a imponerles la agenda que estaban acostumbrados a manejar a placer y tener que publicar sobre cuestiones que mas vale no haber tenido que ventilar jamás. El acto de Cristina Kirchner ayer, más allá de la credibilidad que cada uno le prodigue, mostró algo realmente inédito: un primer mandatario hablándole al país abiertamente sobre los medios y sus historias y sus nombres y sus intereses comerciales, con un sesgo pedagógico y documental antes que de trinchera, y sin importarle demasiado - hasta lo dijo - las tapas nefastas que le lloverían al día siguiente. Para algunos estará loca; puede ser, pero lo cierto es que está haciendo algo que, más allá de como salga, nadie nunca había hecho antes. Ni en este país y no sé si en algún otro. Con locos así, da para interesarse.

Si esto lo hace porque es una luchadora por un país más justo o porque quiere hacerse con el control de la prensa que opina en contra de su gobierno; si los Papaleo están finalmente siendo escuchados o cambiando su discurso por conveniencia o presiones lo tendrá que investigar la justicia y lo tendrá que decidir el congreso. Fiel a su "autoritarismo", lo único que hizo Cristina Kirchner fue presentar una denuncia y envíar un proyecto de ley. Que se investigue. Que se debata. Más allá de cómo se compró Papel Prensa, el solo cuestionar públicamente la administración del insumo básico de toda la prensa nacional es un hecho de política pura. Porque, ¿cuál es el problema? ¿por qué tanto nervio? No me dirán que Clarín y La Nación, a diferencia de Macri, sí tienen algo que ocultar.

Los medios no son tan intocables, entonces. Son jugadores del juego del poder y la riqueza, también llamado en estos tiempos juego democrático, y como tal lo más sano es poder criticarlos - desde el estado, desde la militancia, desde la academia ¡desde donde sea! - sin que esto tenga que ser leído automáticamente como un "avasallamiento de la prensa independiente", como si esta fuera una especie de Jesús o Gendarme de la Verdad. Hasta que no haya evidencias de que lo que quiere el gobierno es limitar voces contrarias solo para ganar elecciones - que no las hay; esas voces están y siguen chillando a amplio volumen en todos lados - no hay razón para que no haya paz. Pero quién entiende razones. No habrá paz, y eso es lo interesante.

Al final el 24 de agosto fue mucho más que el cumpleaños de Borges. Aníbal, la tenés adentro.

lunes, 23 de agosto de 2010

Todos somos Fibertel

LADO A

Otra vez lo mismo viejo. Así no se puede. Los muy HDP pretenden ahora clausurar una empresa que presta servicios de banda ancha sin licencia para hacerlo. Repito: así no se puede. ¿A quien en su sano juicio se le puede ocurrir que la falta de licencia es una buena razón para cerrar una empresa? ¿A quién le importa? Estos tipos no entienden que estamos en Argentina (pronunciado aryentina). ¿Desde cuando en este país sureño esos enrevesados vericuetos legales conocidos como "leyes" se toman tan a pecho? Además, viejo, ¿Cómo les entra en la cabeza que gente como la del Grupo Clarín, con tanta desinformación que cubrir, tantos precandidatos que patrocinar y tantos negocios de los que ocuparse, se va a poner en gastos viendo a ver si tienen o no licencia para todo lo que hacen? No, pará, posta lo digo. Yo elegí Fibertel. Yo elegí esta empresa fantasma ilegal y tengo derecho a hacerlo. ¿Qué me importa si tienen licencia o no? ¿Qué me importa si forma parte del monopolio de la TV por cable? Esas son giladas para los giles. A mí lo único que me importa es tener internet de banda ancha para ver pornotube y boludear en face sin que vengan unos HDP a sacarmela porque "es ilegal", los mismos HDP que regalan plata a los villeros para que se rasquen el ombligo a cuatro manos todo el día. Los mismos que con esta ley de medios quieren instituir una red de editorialitas adictos, como hicieron con la Corte Suprema que está ahora llena de abortistas anticlericales. Esto así no va. Nos parecemos mucho a un país tropical que empieza con V corta y termina con "enezuela" que no lo voy a nombrar entero porque Dios me libre. Tengo unas ganas bárbaras de agarrar la cacerola otra vez. Loco, cortenlá. Soy clase media viejo. Qué carajo me importa si Clarín es o no es un monopolio, o si los accionistas de papel prensa son tales o cuales, o las viviendas que hace o deja de hacer Milagro Sala en una provincia lejos, o si hay gente en las villas que no quiere laburo y le da al paco. No me rompan las pelotas. Soy clase media. Soy la gente. Soy TN. lo único que me interesa soy yo, que un negrito con gorra no me cague a tiros en la esquina y que a los estancieros de la pampa húmeda, que son mis ídolos, les vaya bien. Todo lo demás me resbala. Posta. O sea, me da igual cuánto ganan los peones del campo o los obreros, me da igual la propiedad de las frecuencias de radiodifusión, me da igual lo que pasa en Colombia, Honduras o Carupá. Lo único que yo quiero es hacer con mi vida es kite-surf, ir a new-shampoo, enrejar bien todas las ventanas de mi chalet (incluida la del playroom en el tercer piso) y ver a Susana los domingos hablando con Flor de la V (porque soy re tolerante y abierto, ojo: la mejor con travas como ese). Repito: así no se puede. Me cortan Fibertel porque "es ilegal" y "no tiene licencia". Yo no entiendo estos tipos qué onda. Dios me libre posta.

LADO B

¿Recién ahora se enteran que Fibertel es ilegal? ¿Tiene que desaparecer sí o sí en vez de ser transferida o regularizada? ¿Se dan cuenta que Telecom y Telefonica - oligopolio por excelencia - ya están armando el arbolito no? Una cosa es simpatizar con el gobierno y otra es ser boludo. Pensamientos nada más.

lunes, 9 de agosto de 2010

Reidiojed

Este humilde servidor pensaba que no se podían subir a YouTube videos que superaran los diez minutos. Hasta que vio que alguien subió a dicha web - hace cosa de medio año, esto no es primicia ni pretende serlo - el recital entero que Radiohead dio en Buenos Aires el 24 de marzo del año pasado. Y que está en dos partes en HD. Y que cada una dura más de una hora. Cosas como éstas vienen a desestructurar aún más el groso desorden que impera en mi mente. Pero no importa. Si no te alcanzó la plata, si te alcanzó pero te dio fiaca, si no te gustaba la banda entonces y ahora sí, si fuiste pero te olvidaste, si fuiste y querés revivirlo, o si simplemente tenés un par de horas al pedo para aniquilar, aquí están, estos son.

No pongo el setlist para recrear la sorpresa.

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miércoles, 28 de julio de 2010

Un arquitecto

“Me encuentro solo, y camino en dirección hacia el atardecer que disminuye lo que me rodea. Hay pocas personas en las calles vacías, pero se arrima un murmullo de avenida desde detrás del terraplén. Palermo Viejo luce sombrío, como un acertijo que nadie resuelve; a un costado, la vía del San Martín va trazando un horizonte. Detrás, supongo, Juan B. Justo, y una cortina de edificios que sube. Las torres de Buenos Aires, que ya empiezan a estar en todas partes. Y alguien me mirará desde esas ventanas, creo”.

La esquina de Gorriti y Godoy Cruz.

De pronto, el Arquitecto Sandoz parece olvidar por qué se encuentra allí, hacia dónde iba y de dónde venía. Olvida también el portafolio que lleva bajo el brazo. Olvida que hace rato sentía un poco de frío, y no repara en el rumor de un tren que apura su rumbo a Chacarita y el cementerio. Se ha quedado contemplando el escenario, y ha comprendido que, como una hipnosis que domina su voluntad, algo ha comenzado a tomar forma frente a sus ojos.

El telón de la ciudad se descorre como un velo. Lo que estaba quieto comienza a moverse. Lo que era silencio es ahora un zumbido. Y la luz, hace un instante inclinada sobre los talones del día que agoniza, se renueva a sí misma en cuestión de segundos. Abunda el sol.

“Abunda el sol, abunda el ruido. Me encuentro de pronto ante un espacio vacío en el tejido urbano, y mi genio no se resiste a colmarlo. Sueño despierto. Todas las posibilidades parecen abiertas; un escenario vacío que busca expresarse, llenarse de vida, anexar lo que lo rodea. Fundirse con todo. Empezar a ser parte de la ciudad y no del olvido”.

“Miro de nuevo. Cuesta creerlo, no puede ser, pero… No, seguro que no estoy viendo visiones. Lo veo claramente; está allí. Una verticalidad se ha adueñado imprevistamente del vacío; el escenario se ha llenado de actores y el momento ya es otro. Pienso en paredes que se elevan sin freno hacia el cielo como buscando todo ese azul. Dejo que ventanas muy anchas recorten contornos a su antojo sobre los muros de colores; allí están. Las veo. Lo hacen con método. No me arrepiento”.

“Dimensión. Darle dimensión. Dejo que una concavidad invente un trazo sobre el frente. Sí, así está bien; siento que puedo sumergirme en ella con la mente. Pero hay demasiada gente y marea de golpe; debe ser el horario de salida. Todo de pronto empieza a saturarse de movimiento y a mi alrededor, como si hubiera sonado un cambio de hora o de turno. Es gente, que llega y sale. Que habla contagiosamente de los vaivenes que cumplen. Caminan todos en diferentes direcciones y me rodean. Y la luz se desploma con agrado sobre los parques del costado. Es perfecto”.

El Arquitecto Sandoz está parado en la esquina, como congelado. Piensa que es perfecto.

“Pasa delante de mí un pibe. Tendrá unos 19 o 20 años. Quizás incluso menos. Lleva una maqueta, como puede, y parece estar apurado. Corre, también como puede, hacia adentro. Apenas capto su atención con un saludo”.

- Buenos días.

“Me responde con un gesto vago de la cabeza. Pronto lo pierdo de vista”.

La esquina de Gorriti y Godoy Cruz. Demasiada gente. Demasiada luz. Demasiado murmullo que impide buscar su punto de afluencia. Marcelo Toscanini, que no ha dormido bien, tiene que detenerse por un momento porque nota que se le han caído un par de maderitas de la maqueta que, evidentemente, no han quedado bien pegadas después de tanta noche en vela y fumando. Resopla. Mira a su alrededor con desconcierto; no sabe dónde apoyar la maqueta. Ésta, para colmo, es bastante grande. El camino es llano; alrededor solo hay suelo. Una mueca de fastidio quiebra la comisura de sus labios.

El Arquitecto Sandoz, imperturbable, inmóvil.

“Cuánto aire, cuanto movimiento. Allí, tal vez, tiene que haber un camino que comunique con el estacionamiento. Es bonito, además, no le quedarían mal unos bancos al costado. De madera, blancos. O, mejor planos, de hormigón... pero grandes y no tan rectangulares como de constumbre, sino más equiláteros”.

Marcelo, que ya está por dejar la maqueta en el piso ve, de pronto, que hay un banco a su lado. Está perplejo; podría jurar que hace un rato no estaba allí. Apoya la maqueta en él y recoge apurado los palitos del piso. Se han perdido dos o tres. Rodaron por ahí.

“Mejor perder dos palitos que seguir perdiendo tiempo”.

Luchando para que no se le caiga la mochila que cuelga precariamente de uno de sus hombros, toma nuevamente la maqueta y entra en el edificio, casi corriendo. El edificio lo traga.

Luz cenital. La recepción del edificio destella con una luminosidad inesperada. Marcelo Toscanini recuerda que siempre ha asociado la luz con la energía. Eso le devuelve el humor perdido. Al pasar por un aula, escucha música. Alguien ha puesto “Desolation Row” como una lluvia de palabras, pero Marcelo no puede quedarse escuchando. Llega tarde. Lo dice el reloj y la forma en que quedan marcadas las sombras.

Finalmente, la profesora le ha puesto una calificación provisional de siete puntos. Tiene un buen concepto de él porque suele participar en la clase, aun diciendo cosas porque sí o porque no entendió. Pero evidentemente esta maqueta no está muy bien resuelta. No le ha gustado a nadie y los titulares de la materia le han sugerido numerosas reformas al tiempo que la iban desguazando con meticuloso encono. Marcelo piensa en qué puede haberle salido mal, pero a la vez tiene la sensación de que ya no le importa demasiado; la entrega está hecha y ya siente cómo algo en él se relaja y cómo el tiempo que le queda se abre al lento disfrute. Tiene hambre. En un momento, al mirar por la ventana del aula hacia el frente, del otro lado de la calle ve a un hombre que está parado bajo la sombra de una acacia.

“Ese es el tipo que me saludó cuando entraba. Me pregunto quién será y qué hace ahí parado. No se movió desde que entré… y eso fue hace… ¿Dos horas? ¿Dos horas y media?”.

No puede determinarlo con certeza.

Mientras tanto, en la biblioteca la profesora de Marcelo dialoga con un par de colegas sobre los trabajos que han corregido. Algunos han estado muy mal, otros muy bien; lo de siempre. Luego discutirán sobre la arquitectura de los nuevos edificios de la zona, especialmente los que están al otro lado de Juan B. Justo, al cual todos coincidirán en denostar como expresiones de un negocio y no de una planificación urbana. El profesor Marcos Benítez, sin saber que las paredes oyen, cuenta una anécdota vivida hace unas pocas noches con los hacendosos travestis que se suelen ver de noche por los alrededores de la escuela.

“La biblioteca. Mucha más luz aún; quizás, filtrada por unos parasoles. Un ventanal del otro lado deja entrar un gran pedazo de cielo. Celeste. Unas horas antes, habría entrado el sol directamente, inundando todo de blanco y paz. Por la mañana, blanca.”

Se llama Carina Monsignor. La profesora. Hace unos buenos quince minutos que la conversación la ha aburrido. Tiene ganas de salir a fumar al patio y ya revuelve la cartera donde nunca encuentra nada. Un leve temblor parece dibujar unas ondas circulares en su café. Inventando otra distracción, simula no darse cuenta; es el San Martín que brama, y se aleja galopando al sur.

“El ventanal está abierto y entra un poco de aire fresco; aquí estoy sentada luego de mi jornada de trabajo. Espío por sobre mis anteojos y descubro que afuera todo está un poco mas quieto. El cielo, también. Allí enfrente sigue ese hombre. Está increíblemente estático; quién sabe en qué andará pensando. Yo, por mi parte, creo que esta biblioteca es casi como mi casa, a donde no quiero volver (sé muy bien por qué) aunque le faltarían urgentemente unas computadoras”.

Igualmente, preferiría por un rato no pensar en nada.

Una sombra de forma incierta comienza a alargarse ahora sobre el patio interno que da a la cafetería. Algunos alumnos dibujan sobre unas enormes láminas de papel, sentados en el suelo en la posición del loto. El espacio es amplio, pero está a buen reparo del viento. Hay bastantes alumnos a esa hora; sin embargo, parecen distribuirse bien. Siempre hay espacio. Amén se ser reiterativos, siempre hay luz.

“Un patio interno. Grande. La luz del sol entra inclinada y se infiltra por los demás rincones, hacia adentro. El viento se va a levantar, tal vez desde el sudeste donde no hay edificios que oficien de muralla. Pero el patio seguirá inmóvil. A buen resguardo. Es un buen lugar para estar”.

Desde el segundo piso, hacia el norte, Leopoldo Ibarretche ve los esqueletos de hormigón que se levantan del otro lado del terraplén. Ya no hay obreros que caminen por las vigas, excepto algún que otro grito sordo, y los aletargados movimientos de máquinas se han extinguido a lo lejos. Dos formaciones del San Martin con sus locomotoras, cada una viajando en su sentido, se cruzan justo frente a sus ojos. Es hora de volver, o al menos de salir de aquí.

“Espero que el 55 no tarde en venir como la otra vez. Ojalá pueda llegar a casa rápido; tengo que leer este libro de Simon Feldman para mañana y me quiero dormir temprano.”

Ya lleva un mes en este seminario de Arquitectura y Cine. Cualquier tema puede relacionarse con cualquier otro y termina teniendo su trama; es lo que siempre comprueba con cierto desencanto. Viene dos veces por semana; definitivamente ha sido una buena idea anotarse. Leopoldo Ibarretche baja ahora por las escaleras principales. A través del amplio ventanal atisba un verde oscuro de árboles y pasto que lo invade todo bajando desde el terraplén. La luz golpea de lleno sobre su cara, pero es cuestión de tiempo que los cipreses comiencen a recortar su sombra como figuras.

“Cada vez más tarde. Luz y sombra contrastan permanentemente todos los recorridos. Ahí está todo.”

Leopoldo Ibarretche cruza la recepción en diagonal y sale. Va andando el parque a paso veloz, y no se detiene a admirar el jardín, donde varios grupos de jóvenes debaten animadamente. Un dejo de pasto recién cortado se mezcla con las bocinas de los colectivos que discurren por lo lejos; en Juan B. Justo y en Thames y Borges, detrás de todo. Y adelante.

“Era obvio que me iba a pasar lo mismo, como siempre. El 55 yéndose y alejándose justo cuando llego a la parada. Mejor me voy a tomar una cerveza al bar nuevo que abrieron frente a la facu a ver si hay alguna banda buena tocando. El libro y dormirme: pueden esperar”.

Se hizo de noche como de golpe y, mientras se va alejando, Leopoldo Ibarretche mira atrás una vez. Las luces del edificio brillan con blancura, un filo sólido e impúdico hundido como puñal en la oscuridad recién nacida. De alguna ventana muy elevada y mucho más lejos surge el reflejo de muerte del sol náufrago. Luces artificiales, recuerdan que está en la ciudad.

“La noche me gusta más porque es cuando el estudio se mezcla un poco con el ocio. Los árboles son negros, pero el movimiento persiste. Las calles aledañas: uno las recorre y ve bares. Luces amarillas y rojas humean desde adentro. Y música. Hace cuánto qué no escuchaba ésta: “Samba de Orly” de Buarque. También veo talleres donde se hacen cosas, y hay gente. Una chica va caminando; lleva un arpa y desaparece misteriosamente tras una portezuela”.

Leopoldo no está seguro de dónde queda el bar, ni de cómo se llama. Al doblar por la esquina se encuentra al señor que sigue allí parado, que contempla la noche con aires de meditación y no parece reclamar para sí demasiada atención de nadie. Ese señor que ahora mismo, lo está pensando. Debe saber.

- Señor, ¿sabe usted dónde queda…

“Alguien me pregunta algo, y cuando doy vuelta la vista hacia atrás dejo de ver el edificio. Mi mirada, luego de mucho tiempo, se posa en otro lado. Instintivamente sé también, por fin lo comprendo, que he vuelto a la realidad”.

Una mujer alta, de muslos gruesos y voz de cantinero le pregunta al Arquitecto Sandoz si hay algún locutorio por la zona. Pero Sandoz, visiblemente sobresaltado, lo ignora, y hace un gesto negativo con la cabeza. No obstante, segundos después no cree que sea mala idea. Algún día habrá varios locutorios por ahí. Si todo sale bien.

La esquina de Godoy Cruz y Gorriti. Allí va un San Martín, galopando de nuevo, como tantas otras veces. Un terreno baldío enorme, sembrado de yuyos y envuelto en un silencio igual siempre. Bocinazos a lo lejos; Palermo oscurecido por los primeros retazos de la noche porteña.

Un gato maúlla en algún lado. Hay poca gente en las calles vacías. Y el Arquitecto Sandoz apura el paso hacia Córdoba. Recién se acuerda: se le ha hecho muy tarde.

martes, 27 de julio de 2010

A la pucha

Querer realmente a alguien es posible cuando encontramos a un alguien que realmente nos viene bien, nos gusta, nos hace sentir felices

Alejandro Rozichner

jueves, 22 de julio de 2010

Aproximación de π

Pocos recuerdan que el 22 de julio se celebra el día de la aproximación de π. Para las fechas expresadas en formato continental europeo - ubicando el día en primer lugar y el mes a continuación - el encabezamiento se lee como: 22/7, tal que la fracción impropia 22/7 ≈ 3,14285714... ≈ π (siendo que π ≈ 3,14159265... y, por ende, 22/7 > π, quedando probado desde la antigüedad que 22/7 es una aproximación diofantina superior a π). El 22 de julio es, de hecho, la fecha del calendario gregoriano cuya fracción más se avecina a π, aunque situándonos fuera de él, la impropia 355/113 provee una aproximación a π más precisa, aunque menos popular entre los inmortales. En los Estados Unidos - tierra de los libres y hogar de los valientes - se prefiere el 14 de marzo para esta misma celebración puesto que, expresada en formato inglés, la fecha 3/14 nomina los tres primeros dígitos de π (dado que π ≈ 3,14). En el día de aproximación de π, según establece el antiguo oráculo de Herminius Watt, "puo capitare qualsiasi cosa", tal como lo prueba, entre otras desventuras, el asesinato del electricista mineiro Jean Charles de Menezes en la estación Stockwell (Londres), a manos de la ley imperial, el día de aproximación de π correspondiente a 2005.

¿π?

El extravagante número π supone la división entre la circunferencia (c) y el diámetro (d) de un círculo dado en la geometría euclídea, tal que π = c/d para cualquiera de los círculos que componen el cosmos. Así, π constituye una invariante que señala el número de veces que el diámetro de un círculo, independientemente de su valor, es contenido en su circunferencia o perímetro. Su denominación deriva de la letra griega π (pronunciada: "pi"), que oficia de inicial de los vocablos περιφέρεια (periferia) y περίμετρος (perimetro), y fue utilizado por primera vez por William Jones en su fascículo "Abandon all hope", publicado en 1709. El nombre, hecho extensivo más tarde por el afamado matemático suizo Leonhard Euler, permanece en uso hasta nuestros penosos días, aunque la misma letra griega es un símbolo relevante en otras disciplinas tales como microeconomía (π = ganancia) y miembrología (π = presión de los eslabones).

π es un número irracional, ya que no puede ser representado de forma exacta en una expresión fraccionaria (ej: m/n, donde m y n son Z), ni en una expresión decimal, ya que esta es infinita y aperdiódica (en cuanto a que no evidencia repetición alguna de patrones numéricos). π es también un número trascendental, ya que no puede expresarse como raíz de una ecuación algebraica (como x2=2). Por este motivo y otros menos difundidos, el valor exacto de π es imposible de ser precisado. Aún la expresión con mayor cantidad de cifras decimales computada hasta el día de hoy (se han descubierto hasta 1012 cifras decimales de π) malogra la infinitud de su naturaleza. Con la misma idiosincracia con que la eternidad recién comienza cuando una flemática gaviota ha terminado de cargar, uno por uno, todos los granos de arena de todas las playas del mundo desde una orilla hacia otra, el primer billón de dígitos decimales del número π no constituye siquiera una modestia (los lacanianos afirmarían que π es tan solo la más poética referencia a sí mismo o, en otras palabras, una metonimia indiscutible).

No obstante, bastan apenas unas pocas de estas cifras (las primeras, por lo general) para ejecutar con precisión cualquier cálculo práctico. El clérigo Giles Agnes-Memberand, durante una estadía breve en Constantinopla en 1355, calculó el perímetro de una pizza de muzarella horneada a leña utilizando tan solo el primer dígito decimal de π (≈ 3,1) con un margen de error equivalente a 1/20 de un azabache carozo de oliva. Si bien los revisionistas, implacables, sostienen que su fórmula se inspiró en el modelo básico del Libro de Reyes 7:23 (donde π = 3), su demostración estableció por siglos el diametro oficial de la pizza católica en 28 cm, patrón que no sobrevivió a la Reforma. En el s. XIX el astrónomo egipcio Hal El-Akhmed, virtuoso del análisis y el esmero, demostró que con 11 decimales se puede refrendar la circunferencia de un planeta o satélite al azar con precisión milimétrica. En 2002, el anuario del Pan-American Journal of Physics arriesgó que con los primeros 39 decimales puede calcularse la curvatura del universo conocido (esa cosa cóncava y lúgubre) con un margen de error similar al de una bolita de naftalina.

Arqueología de la constante π

El valor de π puede ser estimado de forma empírica diseñando círculos con tiza (o tomándolos de la naturaleza o la industria), midiendo sus variables "diámetro" y "circunferencia" y realizando una simple ecuación donde π es la incógnita: π = c/d. La referencia a π más antigua de la que se tiene registro aparece en un papiro de 33x5 cm, transcripto en tiempos ultra-pretéritos por el escriba griego Ahmes o Ahmose, y cuyo título - según la traducción del hierático encargada al docto Museo Británico - es ambiciosa: "Accurate reckoning for inquiring into things, and the knowledge of all things, mysteries... all secrets". Los sabios sostienen que el documento forma parte de una obra mayor, ya definitivamente perdida, compuesta durante la 12da dinastía de Egipto, cuando reinaban el turbulento Ahmenemhat II y sus látigos de animadversión. En él, se establece el valor de π en 3,16 a través de la fórmula (8/9)2*4 ≈ 3,1605; se especula que tal aproximación pudo haberse obtenido a partir de la medición de platos o vasijas africanas.

Arquímides y sus ayudantes lograron establecer una precisa aproximación a π (3*10/71 como valor mínimo y 3*1/7 como valor máximo) unos 200 años antes de Cristo, inscribiendo círculos en polígonos regulares de múltiples lados y calculando sus respectivos diámetros. Arquímedes ya sospechaba que los círculos poseen infinitos lados, por lo que cuanto mayor cantidad tuvieran los polígonos utilizados, más precisa sería la aproximación a π a partir de este método. Por eso, ensayó el cálculo a partir de un hexágono y fue doblando pacientemente los lados hasta llegar a 96, cantidad con la que se dio por satisfecho. Creen los historiadores que, en aquellas mismas centurias, físicos y brujos conversos de Zarachma, en medio oriente, realizaban experiencias similares con polígonos regulares de hasta 3600 lados inscriptos en pizarras o murales, y aunque no se han encontrado evidencias del grado de aproximación a π logrado, se estima que, en caso de haber existido la operación, éste debió haber sido clarividente.

En la era del cálculo aritmético y el advenimiento de la ilustración, un séquito de eruditos promulgó fórmulas racionales de aproximación al infausto número. La más sencilla (y sorprendentemente precisa) es la ya referida fracción impropia 355/113, descubierta en China por Tsu Ch'ung Chih, anticipándose unos 900 años a los matemáticos occidentales. La fórmula fue derivada de una pequeña prestidigitación doméstica que propone secuenciar los tres primeros números impares repitiendo cada uno una vez (113355), marcar una fracción en el medio y luego invertir su numerador y denominador. En la India, a la sombra de dioses arcanos y mercenarios, los cientificos propusieron fórmulas tales como π/4 = 1 - 1/3 + 1/5 - 1/7 + 1/9 - 1/11..., secuencias ciertamente estéticas pero poco prácticas, dado que que requerían la sumatoria de al menos 4000 factores fraccionarios para lograr una aproximación similar a la de Arquímedes.

Con el arraigo de las computadoras promediando el s. XX, π se ha convertido en un sofisticado fogueo para evaluar la puesta a punto de superprocesadores (cada vez más veloces). Así como en la madrugada del 6 de noviembre de 1956 la super-computadora ARIES necesitó alrededor de 17 horas (y un par de patadas rotundas, según dicen los memoriosos) para calcular y traducir del binario los primeros 2000 valores decimales de π, siete años después, su homóloga y sucesora ENYAD llegó a los 14000 dígitos en aproximadamente la mitad del tiempo. Hoy en día, procesadores minúsculos como el Manouvers, de "Angst", se hacen un picnic, calculando más de un billón de dígitos en jornadas casi exiguas. El récord actual de decimales de π conocidos a través de la tecnología moderna es de 1,241,100,000,000, tal como lo establece oficialmente el portal supercomputers.org

Hobbes vs. Wallis

Una de las mayores implicancias teóricas de la trascendentalidad de π es la imposibilidad de resolver el problema clásico de la cuadratura del círculo, aparecido por primera vez en el Blog "Тэарэма" de Pitágoras y Tales, dedicado a la geometría euclídea. Aquel proponía, a partir de un círculo dado, la construcción de un cuadrado de la misma área, utilizando tan solo pasos (o atajos) con compás y regla. En 1882, la prueba definitiva de la trascendentalidad de π por parte de Ferdinand Von Lindemann demostró que el problema era insoluble, ya que implicaba hallar la inexistente raíz cuadrada de π. Antes de tal disgusto, varios matemáticos, magos postizos y aficionados intentaron en vano hallar la solución al problema, aunque los más entusiastas creyeron (y reclamaron con vehemencia) haberlo logrado.

Uno de ellos fue, curiosamente, el filósofo británico Thomas Hobbes. Según una oscura cita del Estrangulador de París, Hobbes habría dicho alguna vez: "los hombres se arrancan los cabellos o la vida por la política, pero se entienden sin problemas sobre la hipotenusa y la caída de los cuerpos". Tal sentencia se contradice con el desagradable enfrentamiento público que mantuvo hasta su muerte con el matemático John Wallis, a raíz de sus propias y risueñas soluciones al problema de la cuadratura del círculo. Thomas Hobbes se enamoró de la geometría euclídea al ser introducido a los "Στοιχεία" por un viejo camarada de andanzas; se cuenta que al familiarizarse con el teorema de Pitágoras por vez primera, exclamó su admiración ante el fenómeno y se dedicó gozosamente a estudiar las comprobaciones, recluido en su chalet de campo al amparo del mundanal ruido. En 1655 publicó un libro en latín titulado "De Corpore" ("Sobre los Cuerpos"), en el cual sugería una ingeniosa solución a la cuadratura del círculo (y a otros problemas clásicos de "Тэарэма" como la trisección del ángulo, la duplicación del cubo y la introyección de los pares, cuyas soluciones - como se probaría tras decenios - son posibles a través de sofisticadas técnicas de origami).

En "De Corpore", Hobbes reformula conceptos tales como punto y recta tomando influencias - casi textuales - de Cavalieri y Roberval. Su empresa no por ambiciosa deja de ser ardorosamente ingenua. Con insistencia nos preguntamos hoy por qué motivo se molestaría John Wallis en criticar los postulados matemáticos de Hobbes, dada la menospreciable estatura del autor de "Leviatán" en la disciplina; para este último, la matemática debía tener su fundamento teórico en las estructuras del mundo empírico, por lo que su análisis descartaba conceptos demasiado abstractos (e inconcebibles) tales como la trascendentalidad de π (y su parsimoniosa estela de decimales). La respuesta de Wallis no se hizo esperar y apareció bajo el título de "Elenchus Geometriae Hobbianae", refutando de forma tajante la cuadratura del círculo hobbesiana, a lo que replicó el poco humilde informe de Hobbes "Six Lessons to the Professors of the Mathematiques" (haciendo referencia a otro antagonista involucrado, el emérito profesor de astronomía Falstaff D. Rochus de la "Indivisible University"). Wallis continuó con su carga despiadada a través de la publicación "Due Correction for Mr. Hobbes... for not saying his Lessons right" y el especialmente mordaz tratado "The Ramblings of Mr. Hobbes' Obfuscated Mind and other Thesis". El filósofo no dudó, pues, en arremeter con títulos de tono cuasi-sensacionalista como "Markes of the Absurd Geometry, Rural Language, Scottish Church-Politicks, and Barbarismes of John Wallis".

Hobbes falleció en 1679 sin reconciliarse con Wallis y creyendo aún que había descubierto la solución a la cuadratura del círculo (cosa inaudita, aunque sus múltiples diagramas de aproximación no son despreciables como jugarretas adivinatorias). La amarga disputa con su compatriota demuestra hasta qué punto la geometría eculídea conforma una arena tan política como cualquier otra lid de intereses en un mundo congestionado de desmesuradas ambiciones. Asuntos como el valor de π pueden generar polémica suficiente entre dogmatismos y heterodoxias, probando que, de hecho, el hombre es un lobo para el hombre también en cuestiones alfanuméricas.

La enmienda #246 de Indiana

Hobbes no fue la única personalidad de origen anglosajón a quien le atormentaba la irracionalidad de π. En 1897, el buscavidas Edwin Goodwin ("buen triunfo" en castellano, mas no "buena voluntad") intentó establecer una supuesta verdad matemática por ley. Visto y comprobado que el melindroso valor de π asfixiaba sus intentos de resolver la cuadratura del círculo, el leguleyo ciudadano de Indiana pretendió imponer un valor de 3.2 para π en la Asamblea General de dicho estado. Esta arbitraria racionalización del número, que daba por defectuosos y malintencionados a los cálculos previos de toda una era, le permitiría a Goodwin ufanarse de la hazaña de haber resuelto los ancestrales misterios insolubles de la ciencia matemática, tal cual lo declara textualmente la enmienda en su tercera sección:

In further proof of the value of the author's proposed contribution to education and offered as a gift to the State of Indiana, is the fact of his solutions of the trisection of the angle, duplication of the cube and quadrature of the circle having been already accepted as contributions to science by the American Mathematical Monthly, the leading exponent of mathematical thought in this country. And be it remembered that these noted problems had been long since given up by scientific bodies as insolvable mysteries and above man's ability to comprehend.

El proyecto de ley - este "regalo al estado de Indiana" - no tuvo cabida legislativa gracias a la presencia (fortuita, tal parece) de un anónimo profesor de matemáticas en el recinto, quien lideró la rebelión contra el agravioso entuerto. Con simples demostraciones, ante los funcionarios presentes, se encargó de desestimar la posibilidad de que π no fuera más que un insípido numerillo decimal, mientras los manifestantes de ambas facciones se trenzaban mortalmente en los callejones de Indianápolis.

Goodwin, en pos de lauros personales, se había atrevido a mansillar el abolengo de un número fabuloso; con justicia, fue olvidado por sus congéneres y debió oficiar el resto de su vida como plomero especializado en desagües.

π de memoria

Durante siglos, los japoneses han hegemonizado el arte recreativo de memorizar decimales de π. El tenista de mesa retirado Akira Haraguchi reclama desde el año 2001 haber recitado de memoria los primeros 100000 dígitos de π para agasajar a su familia política, durante una tertulia navideño-filosófica en los años 90', en la ciudad de Sapporo. Tal récord no ha podido ser comprobado por el Comité Internacional de Control de π (dependiente de la UNESCO), ni por el libro Guinness de los Récords, ya que, pocas noches después, la totalidad de los testigos presenciales del acontecimiento (la exmujer de Haraguchi, sus suegros, dos cuñados y una proporción indeterminada de tíos y tíos segundos) fue envenenada ritualmente con ravioles chinos en pésimo estado, a la vera de un templo rural. A pesar de las profusas sospechas en torno a surtidos memorizadores de π de la zona del Pacífico Norte (chinos y coreanos fuertemente sindicalizados que se verían relegados por el récord de Haraguchi en caso de hacerse oficial) la policía nacional japonesa nunca pudo dar con el autor o coautores de la masacre.

El récord, por ende, se halla aún en manos del juvenil chino Lu Chao, hijo menor de un conocido comerciante de bulones exiliado en Taipei, cuyo nombre es impío. En un cónclave de escribanos y profesores realizado en el auditorio "Uninvention" del puerto de Shangai, Chao repitió - o rezongó - de memoria los primeros 67890 dígitos de π sin un solo error, lo cual le llevó más de un día - incluyendo pausas de diez minutos para beber agua, ingerir alimentos (estricto All-Bran original con yogur) y usar los sanitarios disponibles para desagotar o fumar algún 皮红艳. A partir de tan ingente hazaña, el juvenil chino obtuvo fama y fortuna; el gobierno popular de su país le entregó por correo una corbata estampada a modo de reconocimiento, lo cual le motivó el mote de "Lucky" (tipo con suerte). Actualmente, "Lucky" Chao está haciendo carrera gracias a los decimales de π. Ya batió el récord de decimales de π recitados en caída libre antes de abrir el paracaídas (los primeros 443 decimales en dos minutos, para lo cual tuvo que desarrollar un idioma alternativo tres veces más veloz que el mandarín pedestre) y el récord de decimales de π nombrados durante un combativo acto sexual. Su último proyecto - en curso - consiste en escribir una novela matemática con los primeros cinco millones decimales de π resecuenciados en un orden secreto, en lo que los editores de todo el mundo han referido con el slogan "la búsqueda de la última oración" o bien, "la más monumental odisea literaria de nuestro tiempo".

En occidente, el récord - de unos 27000 decimales sentenciados en voz alta - pertenece a Daniel Tammet, un sinestésico de nacionalidad inglesa que fue capaz, entre otras infrecuentes empresas, de aprender a hablar la lengua islandesa en una semana o menos. Según él, el secreto para memorizar π radica en que cada número ostenta un color, un olor y una textura específicas que los hacen inmediatamente reconocibles al ir desfilando en una secuencia infinita. Circula el rumor de que recientemente Tammet estuvo a punto de firmar un contrato millonario para superar su propio récord en vivo para la BBC, en el marco de un reality-show matemático (cuyo piloto llegó a filmarse para ser luego destruído en un boicot gremial). Aunque la hazaña fue anunciada en diversos agasajos, el programa se canceló a último momento ante la presunción, por parte de directivos de la emisora, de que sería ligeramente aburrido (amén de que Tammet exigía la enormidad de 500 libras esterlinas por decimal de π memorizado). Actualmente, Daniel Tammet administra un weblog de poesías y opiniones políticas, donde se ha pronunciado en contra de un proyecto legislativo para reformar la ortografía inglesa (en el que se prevé, entre otras economías, cambiar la escritura de "rough" a "rof").

π-emas y canciones

Se conocen como π-emas aquellas creaciones literarias que permiten recordar con mayor agilidad los decimales de π, en caso de que esto fuera necesario. La de mayor renombre es la Cadaeic Cadenza, compuesta por el profesor Michael Keith en 1996 y recitada en ocasión del Festival de Aguamarinas y Guarismos de Avalon Palace. Esta partícula seminal de la escritura constreñida cifra los primeros 3835 dígitos de π en una asombrosa secuencia en prosa y versos; los fundamentos de su concepción no se someten exclusivamente a una utilidad memotécnica, sino que buscan explorar el potencial literario del número irracional transpuesto a la lengua alfabética. La codificación es simple: cada palabra del texto representa un número decimal de π según la cantidad de letras que posee. Atisbemos este ejemplo tomado del mismo comienzo:

One
A Poem

A Raven

Midnights so dreary, tired and weary,
Silently pondering volumes extolling all by-now obsolete lore.
During my rather long nap - the weirdest tap!
An ominous vibrating sound disturbing my chamber's antedoor.
"This", I whispered quietly, "I ignore".

Donde la cadena de significantes "One A Poem A Raven", equivale a las primeras cinco cifras de π, en tanto 3,1415 expresa ordenadamente el número de letras de cada vocablo. En la decimosegunda parte, el autor se impuso además los imperativos de utilizar solamente la vocal "o", comenzar todas las palabras por la letra "p" y no hacer usufructo de adjetivaciones ociosas, metáforas estereotipadas ni sentimentalismos de baja estofa.

La crítica literaria europea se unió en una danza de entusiasmo en torno a la obra, al definirla como una "proeza de la heteronomía", exaltando sobre todo el uso de la palabra "antedoor" (el crítico Ralph Egours llegó a hablar del "bisturí del ingenio" en referencia a la perenne pluma de Keith). En vivo contraste, sus colegas matemáticos - tentados por la sospecha - jamás prodigaron aquiescencia a la aventura literaria de Keith, llegando algunos incluso a reclamar el desafuero del extraño poeta.

La identidad de Euler

El ya referido matemático Leonhard Euler incluyó a π en su conocida Identidad de Euler, donde e + 1 = 0 (ecuación demostrable a través del análisis matemático complejo). La identidad fue votada por los lectores de la revista inglesa Mathemathinks como la ecuación más bella del universo matemático, dado que utiliza cada una de las operaciones basadas en la suma (suma, multiplicación, potenciación) y los cinco grandes números del sistema: 1, 0, π, i y e (donde i es la unidad imaginaria y e es la base del logaritmo natural ≈ 2,71828..., irracional y trascendental como π). Actualmente, la Identidad de Euler es un ícono pop que aparece, por ejemplo, en el Treehouse of Horror IV de los Simpsons - 7ma temporada -, siendo una de las fórmulas que Homero J. Simpson encuentra (en su versión simplificada e = -1) al ser transferido misteriosamente a la poco conocida tercera dimensión, donde sí estamos nosotros.

jueves, 15 de julio de 2010

Agonizan

You can beat us with wires
You can beat us with chains
You can run out your rules
But you know you can't outrun the history train
I seen a glorious day

Paul Simon

Durante mucho tiempo el matrimonio en Argentina fue "entre hombre y mujer", tal como establece el espadachín retórico que blandieron los rústicos ontológicos del rito, o sea, los fundamentalistas de Bergoglio y Aguer (muy viejos para cambiar, muy jóvenes para entender). Ya no. Dejó de serlo porque una minoría que se enamora y hace el amor de una manera diversa, ahora puede formar pareja con derechos civiles como todos los demás, los normales y sanos que nos fijamos en el otro sexo y podemos hacer felices a los niños con nuestra ejemplaridad. Y está perfecto, salvo que uno se siga creyendo que la homosexualidad es esa conducta pervertida ajena al orden natural que toda sociedad debe desalentar con piedras en el camino. Pero la homosexualidad existe y existió siempre; es una forma minoritaria pero perfectamente normal y nada lamentable de vivir la propia sexualidad. El evangelio, esos cuatro libros que al parecer están para decirnos qué es lo ordenado y qué no, ni siquiera la condena. Esta semana finalmente terminamos de aceptar que los homosexuales no son monstruos, como en algún momento lo fueron y lo fueron también los indígenas, los negros, las mujeres y demás "minorías" que por cuestiones de gran trivialidad solían aparecer como otros.

Las formas de ver el mundo agonizan y finalmente mueren, dejan paso a otras que son nuevas, refulgentes. De eso se trata la historia, que es algo imparable.

Me queda grabada una imagen del Senado esta mañana, cuando me quedé despierto a ver por television las últimas voces del debate por el matrimonio homosexual, igualitario, para todos y todas; el matrimonio del diablo, diría Benedicto. Una imagen que sintetizó de manera perfecta - a mi juicio o la falta de él - lo que pasó (lo que pasa, lo que sigue pasando) en Argentina del 15 de julio. Romero y Rodríguez Saa - dos de los últimos oradores en oponerse a la modificiación del Código Civil - en actitud plañidera, esgrimiendo jirones de argumentos ingrávidos, temerosos aún de fantasmas perdidos y olvidados, visiblemente desorientados por estar donde estaban y de que ocurriera lo que estaba ocurriendo. Parecía que no sabían bien qué decir. Contrastaban con las proclamas contundentes, aseguradas de quienes abogaron por la sanción completa. Romero y Rodríguez Saa no estaban humillados ni se salieron de las casillas (como sí lo hizo Negre de Alonso cuando, vencida, lloró) pero se les notaba en las palabras la franqueza de su incomodidad. No puedo culparlos. El mundo en el que han aprendido a moverse toda la vida cambió. Cambia. Cambiará. Y ellos, que son ese mundo y ya les parece tarde para dejar de serlo, se saben destinados a morir pronto, aunque no renuncian a luchar por algún tubo de oxígeno retórico (en este caso, volvieron a la remanida búsqueda del "consenso" o el "tiempo prudencial" o quejas por la "politización del debate"). Romero y Rodriguez Saa y Reutemann y tantos otros movilizaron ayer el instinto de supervivencia - es decir, los últimos vestigios - de una manera de pensar y sentir que tuvo su tiempo. Pero que, por fortuna, agoniza.

Al periodismo le encanta calificar las cosas de "históricas". Promociona así la idea de que esas cosas quedarán como un hito público y exitoso que se evocará miles de veces en el futuro, para bien o para mal; puede ser un partido de fútbol, una votación o un fallo judicial. Pero el sentido de lo "histórico" implica algo mucho más contundente: lo "histórico" lo es no tanto por su fama futura, sino porque genera un cambio, porque que pone a las mentes humanas en movimiento; en nuestras cabezas, lo que era ya no lo es tanto y en el futuro ya no lo será. Lo que hace unas pocas décadas era impensable dentro de unas décadas será indispensable, hasta que le toque atravesar su propia crisis. ¡Quién sabe de qué ideas raras, pervertidas y anti-dios nos salvaremos gracias a la pronta muerte biológica!.

La aprobación en el Senado del matrimonio para personas del mismo sexo fue, entonces, histórica.

Hubo mucha oposición para que en la Argentina los homosexuales puedan casarse por civil. Bergoglio y su tropilla de pibes UCA de naranja y pancartas de Cristo Rey cumplieron su papel; la historia no sería tal si no hubiera movimientos conservadores. Si las ideas a ser desterradas no presentaran batalla a lo Galtieri las ideas nuevas no sabrían sobre qué o quiénes avanzar; ni siquiera existirían. Los movimientos políticos LGBT también cumplieron su papel: se enojaron con los pibes UCA, no entendieron cómo se puede ser tan intolerante o fundamentalista; les tiraron un par de epítetos, demostrando que ellos tampoco están para digerir así nomás el pensamiento del otro. Porque el pensamiento del otro no puede dejar de detestarse para reafirmar el propio, y eso hace la fuerza que avanza contra la otra, para llegar a la síntesis de Hegel.

La historia no se hace con consensos, sino con luchas. La historia es apasionada. Sigámosla haciendo.


La foto está tomada del excelente álbum de Javier Fuentes "Igualdad: Rostros de un triunfo": 1ra parte - 2da parte

martes, 6 de julio de 2010

Los caza-pitos

No están agazapados y la ética no es una de sus cruces. Su mal disimulo se ve frustrado por una ocupación indiscreta del espacio; una proxémica no del todo encuadrada en las convenciones del buen gusto. Lentos cazadores olfateando presas fáciles, no se advierte en sus cuerpos esa premura - frecuente en los lugares públicos de paso - de orinar lo antes posible y huir mudamente de aquel concurrido antro de criptas minjitorias. Un leve zigzagueo perdido; una quisquillosa inquisición para escoger uno entre tantos orinales - vacíos e idénticos -, un brusco reflejo de arrepentimiento injustificable; todo un mapa de itinerarios poco naturales que obligan a abrir de par en par las puertas de la sospecha.

¿Quiénes son estos agoreros pajarracos de rostros inquietos y culpables que han hecho del baño de caballeros de la terminal ferroviaria de Retiro su tertulia predilecta?

No hace falta más que disponer de uno de los minjitorios vecinos a su influjo para comprender la esencia de tan obstinada repesca. Allí donde uno - que solo tiene las más cándidas intenciones para con la propia vejiga - se ha apostado pacíficamente, allí se avendrá uno de estos centinelas, situándose amenazadoramente en el orinal contiguo aun cuando quedan otros tantos allá lejos, libres y a la deriva. La proximidad ante todo, pues ella es la llave para la consecución de su anhelo: un avistaje franco de nuestro vulnerable y otrora honroso pito.

Los aficionados a la contemplación de pitos de terceros en baños públicos son una casta harto extendida en las febriles metrópolis del globo, aunque es inexacto lo que se sabe acerca de ellos. A diferencia de otras tribus urbanas, no suelen estar lookeados de un modo particular y su aspecto rara vez difiere del del viandante promedio, si bien se les ha detectado - a juzgar por el rabillo del ojo, puesto que ninguna de sus víctimas se ha atrevido jamás a mirarles el rostro - cierta tendencia estadística hacia el corte casquito y un físico menesteroso, corroído por los infortunios de la vida. Se desconoce, por ejemplo, si su meticuloso turismo sanitario es la expresión de un romanticismo adolescente no resuelto, un simple relevo científico de formas y tamaños o una particularísima danza de cortejo que prologa la ejercitación de algo más que la retina, como pueden ser fauces u ortodoncia.

Lo que sí se sabe es que estos especímenes transitan un adictivo deleite al escudriñar pitos de diversa índole y que, en su adhesión al principio del placer, convierten al orinador casual - hombre decente y de familia - en rehén y subsidiario de su ilegible fetiche. Una vez seleccionada la presa y usurpado el orinal contiguo, el caza-pitos abandona por fin todo rasgo de distancia emocional para fijar de lleno su mirada pérfida sobre el inocente pito trashumante que, sin advertir totalmente el peligro, se ha asomado para cumplir con su función vital antes o después del largo viaje. Mientras esta mirada (ya lanzada, ya obscena) se derrama como miel pegajosa sobre su cada vez más desorientada presa, el caza-pitos homologa su propia variedad, sensiblemente risueña, con el propósito de auto-proporcionarse un ancestral repertorio de caricias complementarias.

A esta altura, la víctima ha comprendido que el peligro ha dejado de ser esa inminencia con la que se convive diariamente en cualquier baño de caballeros, para convertirse en una palpable realidad. La primera reacción defensiva es la negación involuntaria a continuar con la tarea que allí lo había convocado, al advertir de reojo los bruscos movimientos reculatorios que tienen lugar en torno al prepucio adyacente y al confirmar de forma intuitiva que el campo visual del vecino se orienta con grávida precisión a la propia faena. Como efecto secundario, y a nivel subconciente, puede dispararse un sentimiento de súbito autodesprecio si la víctima comprueba que el miembro atacante ostenta un fuselaje que desborda inesperdamente los propios estándares.

En sentido contrario, es dado ocurrir que en ciertos casos el caza-pitos curtido en mil batallas se encuentre con un panorama decepcionante con respecto a las esperanzas previamente abrigadas por su paladar negro. En tal caso, decidirá enfundar con rapidez para cambiar de objetivo visual, lo cual lo obliga a una conmutación súbita de un orinal a otro, un gesto aparatoso que no suele pasar desapercibido para los observadores finos. Las víctimas han confesado en reiteradas ocasiones que si bien el ataque de un caza-pitos supone un vituperio silencioso, más ultrajante resulta aún la desilusión del mismo atribuible a unos recursos naturales poco robustos o que, simplemente, atraviesan un mal día. Se produce así una variable harto secreta del síndrome de Estocolmo: la víctima del escrutinio se siente tal pero, subsumida bajo el noble rechazo, persigue la aprobación de ese ojo crítico que se sabe jerarquizado para emitir un dictamen contundente. El alivio de pasar desapercibido se torna, pues, agridulce.

Evitar el asedio los caza-pitos es una misión que requiere un ojo atento y cierto arte de escaparse. Lo más sencillo es esperar a la privacidad justa en un escenario menos dado a la verbena. Si se quiere, no obstante, poner a punto la resistencia a la mirada no fortuita del otro, o bien explorar los rebordes sórdidos de la a veces demasiado anodina vida urbana, el baño de Retiro - con su séquito de turbulentos vijías - es el lugar más apropiado para tal fin.

miércoles, 30 de junio de 2010

Echenme a patadas

Retomo con un impromptu del “nuevo” Exile On Main St. remasterizado y con bonus tracks y con nuevo packaging y con documental para TV y con toda la movida.

Una movida bastante mediática – Jagger en Cannes a la cabeza – que en el caso de los Stones ya empieza a resultar cansina cuando te das cuenta de que todos los años son noticia por algún motivo más bien tirando a superfluo (o por la palmera, o por Scorsese). No sé quién habrá sido el necesitado de dinero fresco esta vez; Jagger y Richards no. Mick Taylor por ahí sí. Seguramente la discográfica, que ya no sabe qué hacer para venderte un CD original.

O sí sabe, puesto que me lo compré.

Sea cual sea el caso, a Exile On Main St. no le sienta para nada bien este vedetismo. Es el disco maldito. El disco maldito, puto y oscuro de los Rolling Stones, aquel que los ubica todavía en el panteón de los peligros terrenales y no en el safari de la idolatría pop. ¿Qué tienen que hacer ahora los animadores de shows de noticias hablando de un disco mítico que nunca escucharon? ¿O babeando en cámara ante el pack deluxe como si éste les significara algo? ¿O reproduciendo por todas partes un “guau, se reedita el mejor disco de los Rolling Stones”, como si esto fuera un hecho comprobable y como si interesara siempre catalogar algo como lo mejor, lo peor, lo más o lo menos?

Salvando el ardor de los fans de siempre, todo lo mediático sobre los Stones ya parece un montaje de entusiasmo publicitario fingido (con torpeza). Urticante en algún punto, aunque tampoco para rasgarse las vestiduras: desde el comienzo que Exile On Main St., en todo su hecho artístico, fue algo para vender. No es de extrañar que ahora salga a la reventa, y que sea caro.

Porque ocurre que Exile On Main St. es, pese a todo su misterio, un álbum popular.

“Pese a” porque, por ejemplo, no tuvo ni tiene hits. “Pese a” por ese mixing que acaricia lo amateur y siempre tendrá ese sonido “chiquito”, como que está metido en una lata de atún. ¡Ah! Pero que es popular, lo es y cómo. Básicamente se han dicho sobre Exile tantas veces tantas cosas que ya no queda mucha opción, salvo caer en lugares comunes y hacer como si nada.

(que es lo que trataré de evitar, sin éxito, en esta entrada)

Lo que sí no voy a decir es eso de “ah, escribir sobre un disco como Exile es tan difícil / complicado / imposible porque las palabras no le hacen justicia / honor / sombra”, porque no, no es difícil: las palabras manan porque ellas son lo único que tenemos cuando hay una hoja en blanco y miles de sensaciones pasando por tu cabeza.

Y Exile On Main St. es un poco eso: miles de sensaciones.

Pasando por tu cabeza.

Es el gran disco de los Stones por antonomasia, sin importar que haya mucha gente que no se lo traga demasiado (el mismo Jagger, sin ir más lejos) y sin importar que andá a saber cuántos te tiran – sin repetir y sin soplar – más de dos títulos del tracklist.

Ante tamaña popularidad, que encima crece y crece, sus creadores tuvieron que ponerse a ensayar varias veces varios temas del disco para tocar en vivo, sabiendo que el popolo quiere escucharlos más seguido. Solo para comprobar que la mayoría les sale bien para la mierda.

No porque sean temas de mierda (pese a las comparaciones tópicas, el White Album no es lo que aquí nos ocupa), sino porque tienden a comunicarse en el ecosistema irrepetible en el que fueron creados – Nellcote, Francia, el exilo, las anécdotas – y fuera del cual pierden esa pátina extraña que sí recubre una escucha a Exile de principio a fin, asociándolo todo, apelmazándolo todo, buscando y encontrándolo todo. Algo hace que las versiones en vivo de, por ejemplo, Tumbling Dice o All Down The Line se paseen rutinarias, sobresignificadas y como sapos de otro pozo en el parque de diversiones que son los Stones en vivo hoy en día. Algo hace, al escuchar el álbum, que estas canciones solo pertenezcan a Exile, que solo tengan sentido dentro de Exile, que solo sean sublimes dentro de Exile, y que uno no pueda ni quiera imaginarlas en otro disco.

Una frase hecha: el todo es más que la suma de las partes. Horrible, pero que me sirve. Exile On Main St. no se valora criticando canción por canción ni se abarca comparándolo con el resto de la discografía Stone.

De hecho, es hasta raro caer en la cuenta que este rejunte (eso es, un rejunte) proviene en gran parte de descartes de Sticky Fingers, Let It Bleed y Beggars Banquet; escuchando Exile uno se olvidó que esta misma banda hizo esos otros álbumes; Exile es como otro mundo. Un microcosmos. El invernadero capaz de preservar una de esas encrucijadas sobre cuyos caminos tributarios mejor ni preguntarse (y sin embargo acá estoy, haciendo eso mismo; qué tipo boludo).

Por eso es un álbum maravilloso.

Por eso es un álbum.

La primera vez que lo escuché me pareció impresentable. ¿A mí me van a hacer devorar que esto es un tótem cultural después de cosas como Brown Sugar, Gimme Shelter, Sympathy For The Devil?

Después vino la especificidad, me dejé de comparar al disco con todas esas canciones y ahora ya no puedo creer que no me gustara, pero tal desprecio tiene su lógica a la distancia y sé que no estuve solo: nada te prepara para algo como Exile.

En la práctica, no se lo recomiendo a nadie como disco para debutar con esta banda (miedo a que me lo tiren por la cabeza), pero aún escuchando varias veces todos los demás álbumes con anterioridad – que son un número, eh – con Exile es empezar todo de cero y tirarse en la pileta a ver qué canción y qué tropiezo. O sea: cada uno tendrá su propio trip con esto, y será una formidable experiencia vicaria de ese happening desbordante, vital, que existió por obra y gracia de los Stones en Villefranche-sur-mer allá en 1971, o será una cosa rayana en el sinsentido, en el bodoque.

O ambas cosas alternativamente.

Cualquiera sea el caso, no me toquen una nota por favor, que así está perfecto.

Exile On Main St. no es el típico álbum. ¡Ni siquiera es el típico álbum doble! Lo primero que impacta y que sigue impactando es lo poco profesional que suena. Hasta se puede presumir que es el primer álbum lo-fi hecho por una banda de alcurnia.

Lo registraron en pleno verano en un sótano choto de varios compartimentos, sin luz natural ni aire, donde las cuerdas se desafinaban solas por la humedad, con unos cables tirados hacia el estudio móvil por la ventana de la cocina y con energía eléctrica ilegalmente prestada por las vías ferroviarias de por ahí (era una mansión de no sé cuántos doblones, ok, pero se entiende la idea). Y ni hablar de las horribles mezclas que empantanan la voz de Jagger hasta fundirlo en un monoblock de alaridos. Como suele suceder en estos casos, todos andaban entre medio curdas y medio dormidos y medio drogados y con un montón de tipos que ni cortan ni pinchan pululando en la casa a todas horas.

Los estándares de la industria, bien gracias. Fechas organizadas en un estudio para plasmar un diseño, bien gracias. Una idea previa de cuál es la estación de destino, en qué va a terminar todo esto, bien gracias. Muchas gracias.

Exile On Main St. es el acto puro de – resumimos – una panzada de libertinos (iba a poner forajidos, pero sonaba tan obvio y tan mentira) tocando cualquier cosa del alma en un sótano.

Como cuando vas con tus amigos a una sala de ensayo, solo que en vez de tus amigos hay una banda jodidamente buena que ya rodó unos cuantos (y unas cuantas) y que después de horas de hacer cualquiera, de repente se miran en medio de la noche, dicen "bue vamos" y te ametrallan la cuca con alguna zapada final.

Es el soundtrack de una vacación colectiva: tipos con fortuna pero sin agendas ni obligaciones, dándose a una bohemia de lujo, durmiendo a cualquier hora, de noche al casino, a cada rato pileta, playa, porro, opiáceos y sexo con quien anduviera rondando por la vida. Y que nos regalan este holograma sonoro para engañarnos y hacernos ver que estuvimos un poco ahí, atisbando.

Suerte que Mick Jagger en un momento se avivó, puso fin a la pachanga y con los pies otra vez en la tierra (a Mick estas cositas de andar sin rumbo por la vida no le van tanto) terminaron el trabajo en Los Angeles, limándole un poco los bordes de la excesiva espontaneidad, meta emparchar acá, meta agregar voces de coristas allá. Sino vaya uno a saber qué colección de demos habría quedado dando vueltas por ahí.

Eso es lo que hace de Exile un bicho singular que se escurre divinamente de comparaciones y varas para medir. Eso es lo que lo convierte también en esa síntesis incunable, casi un museo que cada uno lleva en su cabeza, de las diferentes músicas del jardín cultural norteamericano (y epa! que son británicos y estaban en Francia, o sea, nada que ver) y que a la vez se manda esos sonidos inéditos, enterrados pero inéditos, hasta entonces postergados por el discurrir de la creación.

Porque les salió lo que les salió, porque esto es algo de la música que se la pasaron amontonando y absorbiendo como autistas, esto es lo que tenían dando vueltas para escupir en ese momento en ese lugar y entonces palo y a la bolsa. Salvo los refinamientos finales en L.A., no hubo más limitación para tocar que la propia humanidad de los integrantes de la banda (que no es lo mismo que una suma de solistas), es decir: sus propias limitaciones. Exile es, lejos, el álbum más personal y “de autor” de los Rolling Stones y así sale: un hueso muy duro de roer, pero con un tuétano casi inagotable, eterno.

No debería defraudar, entonces, que el disco bonus de la nueva edición aporte poco al legado de Exile On Main St.

Los outtakes pueden ser de las mismas sesiones en esa misma casa, pero así descolgados no te meten en la maraña de sensaciones del álbum original. Y es que el álbum hace exactamente años que ya está cristalizado para siempre: nadie puede pensar en agregarle un tema o sacarle otro. Los de afuera simplemente son de palo, dejaron pasar el tren y listo.

Por eso, antes que una parte perdida del opus original, el disco bonus pasa mejor como el nuevo álbum de estudio los Stones, con la conveniencia – a lo Tattoo You – de que las canciones son de períodos más prolíficos. Con los retoques de Jagger, Richards, e incluso la vuelta de Mick Taylor (chau Wood por un ratito), temas como el funky Pass The Wine y Plundered My Soul se destacan y suman un bienvenido híbrido entre el feeling vitrólico de antaño – sótanos y casinos – y la respetable parsimonia actual que remite a Streets Of Love. El single Plundered My Soul, particularmente, suena un poco al suflé de Exile, y aunque no lo podemos encajar en ningún lado, pinta como clásico (y la voz de Mick se sabe que es la de ahora, pero no parece tanto).

Después hay para repartir caramelos. La torch-ballad Following The River sabe al viejo Dylan sin dejar de ser casi una canción de recetario; Good Time Women es puro Bleed hasta que enseguida caes: así sonaba Tumbling Dice antes de ser Tumbling Dice; lo más insólito es la reutilización del riff de Paint It Black en Aladdin Story (So Divine), con el efecto casi humorístico de que enseguida se amalgama en la nueva lógica de la nueva canción y al final ya no se piensa más en que volvió Mr. Jones.

El disco uno: lo mismo de siempre y estoy de huelga para ahondar en detalles, porque no hace falta.

La fina madera de siempre con un sonido rejuvenecido pero hasta ahí; las mezclas siguen siendo la misma incorrección, las voces de Jagger y Richards el mismo entongue que pone los pelos de punta y las canciones la misma catacumba soñadora de pura música y puro abandono.

Está Rip This Joint con su punkabilly desaforado machacando cabezas de buey.

Está Just Wanna See His Face y su indie vudú predestinando la metamorfosis de Tom Waits.

Está Rocks Off con los borboteos amontonados de heroína (“I can’t even feel the pain no more”) y esas guitarras new-wave en el fantasmagórico break.

Está Ventilator Blues, maligna, sórdida, que te frunce el toor ya desde su título.

Está Let It Loose con su liturgia de quien quiere probar todos los daños posibles.

Y antes de que siga diciendo pavadas está Soul Survivor, maravillosamente exhausta como siempre, diciendo chau, diciendo que está amaneciendo, diciendo se acaba la fiesta y ese sentimiento tan extraño que se apodera de nosotros entonces, que parece mirar mitad atrás con congoja, mitad adelante con euforia.

Pero sobre todo están esos riffs blues de la hostia de Richards y Taylor apuntalados por la sección rítmica más puta y pura del rock: Wyman (aunque muchas veces el bajo lo toca otro) y Charlie el genio.

Al final Exile On Main St. termina entrando; uno nunca está seguro de si es porque te lo repiten tantas veces que al final te forzás a creerlo, o porque es tan así que al final no hay otra que desasnarte o quedar como un pelele. Lo mismo da. Y no es que haga falta tener muchos detalles de las circunstancias en las que fue grabado, allí en Nellcote lejos del asedio impositivo de la Reina zátrapa; Exile es una experiencia en sí misma, que conlleva todas las demás experiencias juntas, aquellas que vos, que estás ahí escuchando rock and roll, le quieras arrebatar. Con esto solo ya alcanza para levantar la copa del amor y brindar por este disco que, permítanme ser medio solemne y boludo otra vez, está sin la más mínima duda entre los mejores y peores que nos hemos dado como humanidad.

Publicado en Revista Spazz

jueves, 3 de diciembre de 2009

Árboles


ESCENA XII - Personajes: Árbol 1 - Árbol 2 - (presumiblemente hayas, los dos) - Pájaro.

Árbol 1 y Árbol 2 (presumiblemente hayas) conversan acaloradamente al borde de un acantilado, en un sector reservado de la Costa Atlántica Bonaerense. A sus pies, la espuma salada lame las rocas con pronunciada lascividad, y entre sus follajes el viento filtra un perfume a yodo. Es el atardecer, y la desdibujada sombra de nuestros héroes llega hasta la superficie rugosa del Mar Argentino.

ÁRBOL 1: Qué viento, viejo, y qué océano tan ancho. Será por estas cosas que hay que plantarse más que nunca en la parcelita de tierra en la que nacimos, largar una buena mata de raíces y no moverse más, como se nos ha enseñado desde que éramos unos yuyitos acunados en macetas. Total, decime, vos que sos alto y de madera dura, ¿De qué nos perdemos? ¿De qué nos perdemos siendo árboles?

ÁRBOL 2: (con tono de fanfarria, si pudiera mirar al cielo, lo haría) ¿De qué nos perdemos siendo árboles? ¡Vos me estás cargando! ¡De nada! ¡De qué te vas a perder! Siendo árboles vemos más allá del horizonte, nos abandonamos a ese placer del viento narrador entre nuestras ramas, bebemos de las napas más dulces que corren bajo la hierba, escuchamos los ultrasonidos que nos llegan desde el lecho submarino, y sobre todo, sobre todo, nunca damos esas cosas que otros llaman "pasos en falso" y que en nuestro caso nos terminarían arrojando al mismo océano, como verás. No. Nosotros siempre seremos los vijías del mundo.

PÁJARO: (interviene sin que se lo solicite desde una rama, perteneciente no se sabe muy bien si a Árbol 1 o a Árbol 2 o a un tercero en discordia) ¡Parecen sabias tus palabras, oh gran árbol que hoy me cobijas de las tormentas del ancho mundo! Pero cuando el sol caiga habré de volar e irme, y aunque no te olvidaré, sabes bien que ya no he de volver. No más, amigo árbol, porque entre tanto mi vida se desvanece y tengo mucho aún por recorrer. Ruego al aire que me traiga vientos propicios para cruzar este gran mar, y sabré que al menos habré volado tan alto como para ver aquello que mis ojos no conocen.

Pájaro levanta vuelo y planea en dirección al mar, donde no se ve ni una isla emerger del gran manto de agua. Árbol 2 mira amenazadoramente a Árbol 1, y levanta las cejas como preguntando "y al pajarraco quién le dio vela en este entierro". A Árbol 1 le asalta de golpe este vertiginoso deseo de irse volando, pero todavía no dice nada. Se quedan callados y quietos, mirando el mar.

miércoles, 14 de octubre de 2009

¡Que la chupen!

Que la chupe Maradona. Que la chupe Toti Pasman. Que la chupe Tabarez. Que la chupe Lio Messi. Que la chupe Ronaldo. Que la chupe San Palermo. Que la chupe Riquelme. Que la chupe Buonanotte. Que la chupe Cholo Simeone. Que la chupe Sensini. Que la chupe Chamot. Que la chupe Tino Asprilla. Que la chupe Guardiola. Que la chupe Mariano Closs. Que la chupe Colorado Liberman. Que la chupe Gordo Bonadeo. Que la chupe Héctor Magnetto. Que la chupe D'Elia. Que la chupe De Angeli. Que la chupe Jorge Rafael Videla. Que la chupe Matilde Menéndez. Que la chupe Fujimori. Que la chupe(te) De La Rúa. Que la chupe Ahmadinejad. Que la chupe Dimtri Mevdedev. Que la chupe Michelle Obama. Que la chupe Zapatero. Que la chupe Amalia Granata. Que la chupe Adrián Suar. Que la chupe Carlos Sims. Que la chupe Rafa Nadal. Que la chupe Micheletti. Que la chupe Marta Minujín. Que la chupe Jennifer Aniston. Que la chupe Laura Pausini. Que la chupe Gary Kasparov. Que la chupe Indio Solari. Que la chupe Cumbio. Que la chupe Félix de Amador. Que la chupe Don Juan Manuel de Rosas. Que la chupe Piotr Ilich Tchaikovsky. Que la chupe Juana de Arco. Que la chupe Robespierre. Que la chupe Hegel. Que la chupe Torquemada. Que la chupe Santo Tomás de Aquino. Que la chupe Calígula. Que la chupe Adán y Eva.

Chupémosla todos. Pero por favor, que esta selección Argentina empiece a jugar al fútbol, la reconcha bien de su madre.

martes, 13 de octubre de 2009

26.522 - Un cuento de terror

Voy a exagerar, mi fiebre no es tan alta

Finalmente, la Ley Mordaza y Grillete de Control Absolutista, Totalitario e Inquisidor de Medios Klu Klux Klan quedó aprobada en el "Honorable" Senado de La Nación el pasado sábado 10 de octubre por la madrugada.

Una madrugada triste.

Una madrugada oscura y nefasta para la democracia, para la libertad de expresión, para las instituciones ciudadanas y para el diálogo entre compatriotas, ultrajados ya por tanto ánimo de confrontación, de litigio, de debate, de tanto atropello que insiste en dividir a los argentinos, que somos, ante todo, derechos y humanos.

Una forma lamentable de comenzar este fin de semana largo en el que nos preparábamos para disfrutar unas minivacaciones en la costa y para celebrar el día en que la civilización europea descubrió la salvaje e inhóspita América para poblarla de riqueza, de pax romana y de iglesias. De todo aquello que aún se nos quiere negar.

La Ley Mordaza y Grillete de Control Arbitrario, Déspota y Dictador de Medios Klu Klux Klan representa un auténtico paso atrás, un retroceso de diez, veinte, doscientos millones de años para quienes amamos este hermoso país que, bendecido por Dios - a juzgar por sus latifundios, la princesa Máxima y una población más bien tirando a blanca y/o caucásica - aún no puede levantar cabeza por culpa del revanchismo de una pareja de monarcas que quieren hacernos creer solo una parte de la historia.

Fue una larga sesión en la Cámara Baja, una sesión de falsos debates y varias infamias la que terminó perpetrando la embestida K al Congreso, a la Justicia, a la Constitución, a la independencia de poderes, a los emprendimientos individuales, al libre mercado, a la libertad de culto, a la bandera y la escarapela, a los próceres, a la patria.

Favorecidos por un parlamento ilegítimo que no nos representa, envalentonados por la sordera ante el claro mensaje que dejaron las urnas en las pasadas elecciones, asistidos por senadores tránsfugas y traidores que recibieron numerosos aprietes, amenazas, teléfonos pinchados y cocktails de bombas molotov, los K pudieron finalmente hacerse con el control total de los medios en la Argentina, por intermedio del cual atarán de manos y pies a todo aquel que quiera decir lo que ellos no quieran escuchar.

Como no escucharon al Rabino Bergman. No escucharon a Macri. No escucharon Mirtha Legrand. No escucharon ni a Botonelli ni a Siniestre.

Van por todo. Son insaciables. Quieren más.

Vivimos en una Argentina socialmente crispada que atraviesa uno de los momentos más críticos de su historia.

Los alarmantes índices de pobreza e indigencia siguen disparándose a tasas filipinas; hoy en día la situación es tan grave que ya es corriente ver chicos castizos con gorra o capucha en las calles de Capital Federal, e incluso limpiavidrios y demás menesterosos.

La inseguridad llega a tal extremo que los delincuentes ya no hacen secuestros express, ni entran a robar countries, ni trafican autopartes, ni venden efedrina, sino que directamente salen a matar a tiros a cualquiera que salga de su casa.

La hiperinflación rampante que día a día se sufre en los comercios ya no puede disimularse por más manipulaciones corruptas de Moreno en el IndeK.

El flagelo del desempleo progresa mientras los sindicatos se dedican a politizar las factorías y sus líneas de producción fordistas.

El sector agrario está totalmente paralizado y se encuentra a punto de comenzar la importarción de ensalada de radicheta.

Las inversiones extranjeras prefieren recalar en países que se van para arriba como Chile, Brasil, Uruguay, Paraguay, Haití, Belice y la Isla de Pascua.

Los piquetes solo generan caos y miedo todos los días y atentan contra el libre derecho a circular por rutas de peaje.

La pripe porcina y el dengue amenazan con exterminar a toda la población a través de una muerte lenta y cruel.

La selección de fútbol no sabe a qué juega, Messi no puede ni parar una pelota y estamos a punto de quedar afuera de Sudáfrica 2010, única alegría que le queda a la gente con cómo está el país en su bicentenario.

Marcelo Tinelli pierde rating.

El paco, etc.

En este contexto de ruina total, el ex presidente en funciones y su esposa nos siguen entreteniendo con cosas de poca importancia como Honduras, juicios a militares y la aprobación apurada - sin consenso - de la Ley Mordaza y Grillete de Control Tirano, Nazi y Autoritario de Medios Klu Klux Klan, que acerca a la Argentina cada vez más a Venezuela, Bolivia, Cuba, URRS, Vietnam, Irán, Afganistán, Al Quaeda, IRA, ETA, FARC, Congo Belga y otros.

A través de la nueva Autoridad de Aplicación consagrada en el artículo 14, entregarán licencias a amigos, parientes, conocidos, contratistas, artistas, sindicalistas, cooperativas, ONG's, organizaciones civiles y demás obsecuentes de diversa estirpe. Con la pauta publicitaria oficial, llenarán las arcas de aquellas voces dispuestas a hablar bien de ellos, al tiempo que desfinanciarán y asfixiarán al periodismo independiente que quiere decir la verdad. Aplicando el artículo 161, avasallarán derechos adquiridos, destruirán propiedad privada y desguazarán a los grandes multimedios del país, cuya única e inalienable función es auditar a los gobiernos para que hacerles llegar lo que la gente expresa en la docta mesa de café. Saldrán a secuestrar, matar y cobrar impuestos a periodistas, ensayistas, columnistas, lobbystas, oportunistas y a todo aquel que piense diferente.

Ya no podremos, por ejemplo, ver a Mauricio Macri exponer sus inagotables credenciales de cultura política, a Gabriela Michetti deleitar con su profundo conocimiento de la realidad circundante, a De Nárvaez dando cátedra con sus audaces propuestas, a Mirtha Legrand poniendo en aprietos a todos con sus preguntas como dentelladas, a Botonelli y Siniestre ilustrándonos con sus apasionantes entrevistas en TN, o a la crisis causando dos nuevas muertes. Todo desaparecerá.

Mientras tanto, Brasil organiza los juegos Olímpicos.

Mientras tanto, Chile va al mundial.

Mientras tanto, Uruguay crece.

Mientras tanto, Colombia sigue luchando contra la droga.

Mientras tanto, Honduras defiende la constitución.

Solo nosotros nos hundimos.

Todo gracias a la Ley Mordaza y Grillete de Control Stalinista, Sandinista y Chavista de Medios Klu Klux Klan.

A preparar las cacerolas, las alhajas y el miedo; nos vemos en Callao y Santa Fe.

martes, 29 de septiembre de 2009

Democratizadora ley de destrucción de medios K

¿Qué se encuentra en los medios sobre la Ley de Medios? Básicamente, desinformación.

Se habla mucho, demasiado. Se dice poco, nada.

Debemos sospechar, suponiendo que realmente nos interesa lo que pasa y lo que puede pasar a nuestro alrededor, de la información ausente, la que se retacea, se censura o no se publica en los medios de comunicación. Pero mucho más aún debemos - y no solo porque es más fácil - sospechar de aquella que de repente empieza a manar como un aluvión incesante, como un zumbido de sordomudo que se da manija a lo pavote sin más argumento que pronósticos agoreros o, también, coloridas promesas de edenes y encantamientos. No hay peor desinformación, y me sujeto con uñas y dientes a mi propia opinión, que el exceso de información que no sirve para nada.

Afortunadamente, el tema de la Ley de Radiodifusión se ha arraigado con fuerza en la agenda mediática, ya sea a causa de la infatuación de algunos o del espanto de otros, dados lógicamente por la relación directa entre las competencias del proyecto y las actividades que realizan estos algunos y estos otros. No es que no exista el debate, como acusa, frustrada en TN, la legisladora Patricia Bullrich; al contrario, hay un debate encendido, jugado de pasiones e intereses, que colma a toda hora el espectro audiovisual y los periódicos y los blogs y todo lo demás. Todos (los que aparecen en los medios) se pronuncian. Todos (los que aparecen en los medios) quieren decir algo al respecto. En principio, es casi para pellizcarse de incredulidad que este debate esté floreciendo y que no haya muerto antes de gatear, como tantas otras veces, en extemporales freezers guardados por lobbystas y operadores de diversa calaña. Hay que repetirlo a riesgo de caer en el cliché que trato de criticar: que ya de por sí se esté hablando de esto, y que ni el más aguerrido de los contreras se atreva a sostener que es mejor mantener la actual Ley 22.285, es un triunfo (no del gobierno, no de la democracia; un triunfo sin depositario, un triunfo puro).

Pero, como canta la canción, el debate hace bien tanto como hace mal. Y así como es legítimo celebrar que se hable y se hable coralmente de algo tan necesario y tan pendiente, también es legítimo cuestionar, sospechar (me gusta "sospechar" porque lo mío no es la fe ciega) acerca de qué se habla y qué se dice y qué se opina. En síntesis: cuál es el valor de servicio de todo lo que se informa sobre el proyecto. Un debate en el que todos hablan, todos se encienden y todos velan por sus intereses e ideologías, así como es a todas luces democrático y polifónico, solo puede generar confusión en el espectador cuando no está anclado a nada. Mejor dicho, cuando está anclado a la propia cruzada, al embanderamiento enamoradizo, al atrincheramiento en una posición irreductible que no se presume deba ser explicada. Mejor dicho aún, cuando está anclado, tan solo, a símbolos.

Lo que se está sacando a relucir en el debate sobre la Ley de Medios consiste, a mi entender, en una suerte de pautado guión discursivo que varía diametralmente según el "bando" en el que unos y otros actores militen, según quién pague sueldo o sobresueldo, según de dónde llueva la pauta publicitaria o la dádiva de turno. He aquí el problema de la mayoría de las cuestiones políticas importantes - y la ley de medios es, como ninguna, una cuestión importante - que se debaten en la democracia televisada, esta especie de batalla naval cuyas coordenadas son verbos y símbolos: el problema es que terminamos arrancándonos los pelos y los ojos en torno a significantes comodines, vacíos e inútiles (tales como "libertad de expresión", "derechos humanos", "democracia", "dictadura", "pluralidad de voces", "K") pero a nadie (o a pocos) se le ocurre leer textualmente un mísero artículo de la ley al aire y discutir a fondo - durante días y bajo muchas luces - sus implicancias, sus eventuales resultados, su justicia o injusticia, algo que haga a la "educación" del oyente, el tan mentado "ciudadano común" que, porque no le queda otra, habla siempre por boca de ganso. El ganso es los medios.

¿Cuán exasperante puede llegar a ser un debate cuando la dichosa ley es llamada de maneras tan irreconciliables como "Ley de control de medios K", "Ley de destrucción de medios", "Ley de Radio Defunción" (los que están en contra) y "Ley de medios para todos", "Ley anti-monopolio" o "Ley de medios democráticos" (los que están a favor)? En última instancia, se ve a leguas que hasta la forma de nominar las cosas (los sustantivos) responde a interpretaciones libres pero interesadas que nunca aparecen cabalmente argumentadas y se quieren hacer pasar por llana información. Ese es, por llamarlo de alguna manera, el drama de significación del debate sobre la ley: no es aberrante o condenable que haya posiciones tomadas a favor o en contra (nunca podría serlo), pero se cae en la manipulación - incluso en la llana mentira - cuando ninguno de los que hablan y hablan y repiten y repiten conceptos como si fueran verdades reveladas tiene la suficiente honestidad como para blanquear esas posiciones y justificarlas con la letra de ley.

Clarín bombardea con institucionales autocompasivos y mete zócalos en TN sobre la "Ley de Medios K" (la "K" te mata). Sus empleados (casi tirando más bien a "empapelados") se refieren a la "mordaza" al periodismo, a los cercenamientos de la "libertad de expresión" y a la amenaza inminente de los "derechos adquiridos". Morales Solá especula desde el llano y desde su columna en La Nación con la creación de un holding mediático propiedad de los Kirchner que vendría a reemplazar un monopolio por otro, al tiempo que denuncia el desguace de los grupos mediáticos actuales con el non-sancto objetivo de someter a los periodistas al ya tópico "estilo autoritario K". Cuando no se compara el proyecto con las políticas de Hugo Chávez o Evo Morales (viles demonios), gente como Vila lo hace nada menos que con la última dictadura militar. Macri y Cobos se ponen la camiseta y acusan al gobierno de atropellar la sanción de la ley con un congreso que "no es el que eligió el pueblo en las últimas elecciones"; no dudan en hablar de "improvisación" cuando la ley recibe cambios en una de las cámaras y acusan a ciertos bloques de diputados (como el Socialismo) de "venderse" y "traicionar a sus votantes" cuando, luego de lograr algunos cambios explícitamente solicitados por ellos mismos, votan a favor de la ley. Ninguna de estas espectaculares acusaciones, conspiraciones y escenarios apocalípticos aparecen jamás respaldados con la cita de algún artículo concreto, con número, apartado e inciso, de la letra de la ley. No aparece el artículo que demuestre ni la mordaza, ni el ataque a la libertad de expresión, ni la coima ni nada de nada de lo que sostienen.

Del otro lado la retórica no necesariamente resulta más servicial. En Radio Nacional, ATC y Página 12 (escenarios de los discursos con una mayor militancia - esa es la palabra - a favor de la ley) se asume que el nuevo proyecto es poco menos que la panacea simplemente porque la actual ley es un decreto promulgado por una dictadura genocida (obviando que algunos de los mayores defectos de la regulación vigente fueron introducidos en democracia). Frente a las acusaciones de la oposición, se limitan a burlarse de Macri o Cobos (blanco fácil si los hay), hablan de gorilismo, de que es todo mentira y que hay que tomarlo como de quien viene, o sea, Grupo Clarín. Ninguna de estas celebraciones exaltadas de alegría y esperanzas aparecen solventadas por alguna cita de la ley que despeje dudas. Unos y otros declaran para su tribuna de fieles convencidos, dejando información clave y útil que podría convencer a muchos más flotando en una nebulosa.

En esencia, tenemos una especie de duelo de simbolos en medio de una problemática que de simbólica - incurriré en un marxismo algo ortodoxo - tiene poco y nada (siempre están la tajada grande y la tajada chica y la no tajada detrás). La ley es democrática o no es democrática. La ley fomenta la libertad de expresión o atenta contra ella. La ley desmantela monopolios o los reemplaza por otros aún más siniestros. La ley está hecha a imagen y semejanza de las potencias europeas o a imagen y semejanza de Venezuela y Cuba. La ley es de todo un pueblo o de los nefastísimos "K". Y así sucesivamente. Quien haya podido leer el proyecto de ley y tenga un mínimo de conocimiento técnico sobre las cuestiones que en ella se dirimen tienen los elementos para, con esfuerzo, superar estas engañosas dicotomías y decidir con cierto conocimiento de causa de qué lado está la razón, a quién le creen más y a quiénes menos (cosa que personalmente ya hice). Pero el ya mencionado "ciudadano medio", que nunca va a leer la ley entera pero irónicamente es a quien más le compete todo lo que está en juego, no tiene nada en claro y nadie le explica nada. En cambio, se le ofrecen slogans atractivamente marketeados como quien anda vendiendo puerta por puerta. Así, no tiene a qué aferrarse más allá de la simpatía o el grado de identificación que le produzan Mirtha Legrand o Sandra Russo; Joaquín Morales Solá o Victor Hugo Morales (cada uno con su moral, permítaseme el oportuno chiste malo); Macri o Cristina; Merkel o Chávez.

Los buenos y los malos. Los malos y los buenos.

Con esta introducción me propongo dar inicio a un ciclo de posteos acerca del nuevo proyecto de Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (tal es su título, escasamente aludido) en donde intentaré, con lo que tengo a mano (entre otras cosas, el texto completo del proyecto), reflexionar sobre lo que se dice en los medios sobre la ley y lo que la ley dice sobre (los futuros) medios. Es bueno que haya un debate; esto es lo que, desde mi lugar, puedo y quiero aportar en este momento tan importante de la vida democrática argentina. Naturalmente, esto también es una invitación implícita a quien lea para contrastar con su propios puntos de vista a riesgo de que, en un intento por aclarar un poco las cosas, terminemos embrollándonos cada vez más.

Que es lo que siempre termina pasando.