martes, 15 de agosto de 2006

Luz (en una esquina y en un asiento de tren)

Veo tan solo un mosaico bidimensional de puntos que repudian la luz cada uno a su antojo. Aún así, no abrazan caprichos: aparentan ponerse de acuerdo para proyectar un reflejo nítido que hace tiempo solemos entender como normal.

La mía, también.

Tu cara.

Los volúmenes, los contornos, las texturas en tu superficie. Todo lo que veo ahora allí... no es más que la ilusión óptica de un juego de luces y sombras. Y ni eso, ya que las que llamamos "sombras" reúnen apenas a aquellas coordenadas que absorben más luz, o la reciben en menor cantidad. Entonces, un juego de qué. De luces y otras luces. Luces con mayor o menor intensidad. ¡Ni eso! Apenas reflejos. Ya la había usado; esa es la palabra.

Sin luz, francamente, no sé qué sos.

Con luz, es tu cara.

Cada vez un poco más familiar. Más vieja. Más otra vez.

Pero sabés qué. Me gusta. Y quiero hacer de cuenta, quiero dejarme engañar. Voy a actuar por un ratito a creer que tenés luz propia. Y que iluminás. Y que estás ahí. Soy un tonto.

No pude verte más allá de la ficción; creí imaginarte.

Y en esa imagen, lo confieso, he vuelto a perderme de la manera más cruel.

2 comentarios:

Lorena dijo...

Es curioso como luchamos tanto por tener luz propia aún sabiendo que lo más posible es que no lo consigamos, excepto en la imaginación de algunos, y solo por momentos breves...pero para el ser humano creo que eso es más que suficiente, halagador...algún día sería bueno conseguirlo para variar un poco el día a día, pasará a ser una meta personal.

Fede dijo...

Vamos, viejo, que Galeano decía que todos somos fueguitos, y los Caballeros del Zodíaco tenían el "cosmos", ¿cómo no vamos a tener luz propia?