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sábado, 22 de octubre de 2011

No seas pelotudo

Por costumbre, Santiago Manlleu se atribuye a sí mismo el optimismo. No lo arrulla la esperanza sino la sospecha de que, siendo el mundo tan minúsculo y la vida tan corta, la importancia de las cosas se aviene a menguar. "En realidad no le queda otra", le escuchamos decir. El análisis de la realidad - que es ambicioso por naturaleza, fantasea con transformarla - lo enciende de forma provisoria, en tanto vientre que engulle el ocasional erotismo de su tendencia a la enunciación. En última instancia nada de eso que discute con sus colegas sería tan determinante y todo sería una puesta en escena (donde él viene a ser el que mira). Esa ilusión lo seda, lo adormece en el tiempo.

Santiago Manlleu tiene casi 30 años. No tiene miedo porque no tiene credos. No siente que envejece. No se lamenta cuando le toca la nada, no aborrece de la soledad ni de su propio delirio. Habla solo, camina. Detesta la autoridad pero se esconde de ella antes que lesionarla; desconfía de la beligerancia, aún cuando su pensamiento profundo pide a gritos esa conducta.

Tiene sus detractores; él mismo es el primero de ellos. La suya es posición de poltrona, por así decirlo, de una abstracción sumisa y mediana, propia acaso de quien en esta vida no ha tenido la oportunidad de degustar los extremos (piensa Manlleu en Oliveira calentando la cama parisina; en Hans Castorp postergando todo y enfermando lentamente entre banquetes).

Posición infértil para que germinen militancias, puesto que al primer roce saltan la intimidación, el rezongo y la astronomía de las estrellas perdidas en el cosmos (Aldebarán, Orion, el Sirio): frente a los atroces años luz que nos separan de aquellos monstruos, todo se resamplea o desdibuja (Manlleu dice: ¡sí, tal cual! y agrega que ni siquiera hay que pensar en unidades astronómicas; el damero urbano, con sus millones de recorridos posibles, jaquea al pájaro en mano y lo desdignifica)

Posición incompatible con las convicciones de hierro, puesto que en cuanto se dispone a la acción cantan falta envido las reverberancias de lo múltiple, el remorder de las bifurcaciones pasadas o futuras (I shall be telling this with a sigh, recuerda Manlleu), los replanteos que desnaturalizan todo y hacen al embrollo.

Posición incompatible con el amor enamorado, si es que al amor es un absoluto y enamorarse una entrega como la de Juana de Arco, una entrega al fuego que no tolera el escamoteo y menos la frivolidad.

Posición que suele marginarlo de las grandes desdichas, al confesar burlonamente que, en retrospectiva, nunca tuvo grandes proyectos; o sí pero rápidamente desdeñados; o sí pero como la cosa no resultó como se esperaba es más fácil olvidarlos (el mejor recurso). Le permite admitir sin inventar explicaciones que varias mujeres lo rechazaron, o perder un partido de fútbol con amigos sin conocer la sensación de derrota. En el fondo sabe que para eludir desdichas es preciso eludir también grandes dichas (o al menos licuarlas con la pacificación del lenguaje). En nada se le va la vida a Manlleu. Por eso no se ve muriendo con las botas puestas; la muerte no tiene nada de solemne, y menos aún la suya. Sería Svalbard, conjeturamos, un buen lugar para que Manlleu pase el tiempo.

Para Manlleu, no obstante, los últimos fueron dias deprimentes. Mientras constataba cómo jugadores de River y Boca eran igualmente incapaces de darle la pelota a un compañero en un saque lateral, se fue convenciendo de que si las cosas mundanas le resultaran un poco - solo un poco - más gravitantes, probablemente él sería un asesino. Se fue convenciendo de que alberga una locura y que su recalcitrante templanza emotiva (ese deseo de ser invisible) es, tiene que ser, en realidad, un mecanismo de adaptación algo más sutil que el manicomio.

Entonces habla de esto con su amigo Turio Valez en una confitería. Le comenta lo magro que se siente a veces, que se hunde en una pelopincho de indiferencia. Turio, que es su amigo por algo, porque es un tipo vivo, le da vuelta el libro; "Vos mismo ves, Santiago, que todo es una puesta en escena; entonces ¿por qué no actuar? Si ninguna acción va a tener las consecuencias irreversibles que imaginan los que se apegan a lo mundano (porque no han visto el proscenio ni las bambalinas ni los hilos que cuelgan), más razón aún para actuar, moverse y dar súbitos virajes; la conciencia del escenario debería darte la más absoluta libertad. Elegí cosas en las que creer aunque tengas dudas, sé un actor profesional, no seas solo un observador porque, a largo plazo, es lo más parecido a la muerte en vida".

El buen consejo alerta a Santiago Manlleu; lo que lo adormece es justamente lo múltiple e indistinto de esa libertad. Lo fútil de enmarcarse en una improvisación teatral es que se le hace inconcebible un plan motor, un andarivel. Todo es más bien un discurrir. No es fácil moverse en función de algo que en el mismo momento en que se da el primer paso, ya ha cambiado de forma, de tamaño o de naturaleza. No puede Santiago moverse y afirmar, al mismo tiempo, que sigue pensando igual que antes. Todo es falso; como los bichos irrelevantes que aletean alrededor del farol.

Manlleu: ¡no seas pelotudo!, concluye Valez.

miércoles, 13 de julio de 2011

Un tren suburbano


Dentro de un tren suburbano pueden verse caras nuevas. Lo tomo mañana y tarde a la misma hora y esto es lo extraordinario: la gente que viaja es inédita, nunca antes la habían visto mis ojos. Es verdad que en cierta excursión pude identificar al mismo desconocido una segunda o tercera vez, y recreo unos destinos (el mío y el suyo) igual de taciturnos. Ahora bien: es difícil que ocurra algo así, puesto que en el vagón repleto no se busca a nadie con la mirada; la mirada está y los cuerpos se superponen ante ella, aún cuando quieren evitarse. Hace tiempo ví una persona el mismo día en el tren de ida y en el de vuelta, separados ambos por horas de actividades dispares, luego reunidos. Ahora yo no sé qué aspecto extraordinario hizo que reconociera a este hombre o mujer común, pero celebré conmigo mismo tal entrecruce. Supuse que hartos vaivenes programados a la vez en la ciudad natal no pueden esquivarse, y que cuando se reconocen solo están disfrazados de casualidad, con la gran inapetencia de otros que nos puebla de pronto quebrada.

Se da entonces este fenómeno diario, poco valorado, de ir desdoblando otros argentinos - tanto como yo, pero qué es un argentino - que nunca había visto antes y cuya existencia imaginable, o sea inexistente, me sorprende abroquelada sobre el conducto ferroviario (llamemos así a la prolongación no del todo encubierta de una línea de montaje fabril). Próximos, pero reluctantes a estarlo. Siendo que las vías se atribuyen la fatalidad de llevarnos a todos por el mismo, único, derrotero siempre, al maquinista no le queda más que la impuntualidad para escamotear el rumbo, y a nosotros una mansedumbre que tiene algo de atávica. Mientras esto sucede, la confluencia - ¿encuentro, reencuentro? - con los humanos a bordo es rutinaria cuando se la malinterpreta. En realidad es un momento irrepetible; solo allí y por esa vez tendré el placer de ver esas muecas enjutas, solo entonces serán parte de la misma desventura que nos lleva a cada uno al lugar acostumbrado cuando el día y los días se nos van en esto.

Volví a casa. Los desconocidos estaban en cantidades horrorosas, deambulaban por esta misma geografía-panal y se orientaban por los mismos nombres de calles, que evocan puertos de ultramar o gente muerta hace tiempo. Sufrí entonces como siempre la multiplicidad; la comprensión a duras penas poseída de que la vida que anima mi cuerpo es ultrasonido finito en el griterío de La Orbe, una cosa vasta y pulsante ella, una cosa angosta yo; una cosa angosta, irrelevante, trascendida por afano. A veces me da un fulminante alivio, porque concibo toda la pesada carga que no tengo que cargar; otras veces más bien inquieta, y mucho, porque la mente se dispara, sola solita, hacia una constelación de posibilidades imposibles, de huecos inciertos a ser llenados con algo. Porque Ray Davies a lo mejor fue sensato al suponer que "there must be more to life than just to live it" y que cada día nos guarda una oportunidad nueva, repetidamente desaprovechada. En el vagón del tren hay tiempo para recoger los rasgos y los semblantes, cada uno con su querella a cuestas. Miles de caras inofensivas, todas conocidas pero olvidadas, guardan su continuidad más allá del andén. Dieron una vuelta de llave, como yo recién, y están en sus nichos otra vez, en situación análoga a la mía. Enciendieron luces (ya es noche) y se desprendieron de ropa, quieren descansar, se insultaron con alguien que llegó nervioso o besaron otra boca, comieron una pizza fría, tienen proyectos y deberes que impregnan el aire de preocupación. Enciendieron el televisor para poner esa preocupación en suspenso, o al menos en entredicho. Todos estamos ahí ensayando un ritual de coordenadas muy concretas y súbitamente me pregunto cuándo fue que las elegí o si lo hice. Esto es lo que hay, parece.

Arriba del tren suburbano los viajantes pretenden seguir viviendo. Recelan, es evidente, del tiempo acumulado en esas andantes mazmorras que rechinan bajo los pies; semanas y semanas, cumpliendo condenas por sus delitos leves. Por eso buscan el aprovechamiento máximo del tiempo para mejorarse a sí mismos. Leen libros porque quieren que el tiempo pase más rápido (o que pase en otro lado); estudian de fotocopias, aún de pie, manchando renglones con tinta fosforescente porque hay un autor que quiere hacerse entender; escuchan música con audífonos porque prefieren encerrarse en el sonido viajero que traen consigo; conversan por teléfono para anticipar trabajo urgente, ventilar novedades poco fastuosas o pedir favores a ser cumplidos mientras ellos no pueden - porque están ahí todavía; las señoras que están sentadas tejen algún abrigo aún sin forma clara y las puntas de sus agujas lanzan chisporroteos indescifrables; mujeres jóvenes y viejas van encerando sus caras con un estándar de belleza; otros completan sudokus burlones y sopas de letras (acá espío y trato de anticiparme a encontrar una palabra que aún no tachó). Los más simples se duermen en posiciones tortuosas (¿cómo dejar la cabeza desplomada sobre el pecho?), dedican miradas libres de culpa a chicas casi perfectas, o se muerden las uñas y las cutículas con diferentes métodos. Los más raros se sientan cruzados de piernas sobre el piso de goma y pintan con tinta china en un bloc de hojas blancas, o resuelven con rápidas rotaciones un cubo de Rubik entre estación y estación, para desorganizarlo enseguida y tratar superar el récord marcado. Los que están más locos forran su pequeña bicicleta con cinta de enmascarar, hasta que ésta queda completamente forrada, sin motivo aparente más que el de desentumecer el cerebro. Derruir el tiempo. Hacerlo trotar sobre las vías.

Cierta vez en Retiro un señor anónimo casi anciano de sueter bordó y ojos apaisados me preguntó en qué estación me bajaba. Yo le contesté sin más, tal vez con la rara dicha de ser interpelado o por simple automatismo (digamos que uno no tiene pensado ni planea bajarse en una estación; simplemente se baja ahí, y esa es un poco la tragedia que intento superar). Las dos damas sentadas enfrente, en cambio, se negaron a contestarle haciendo uso de sus cartuchos de desconfianza típica. ¿Para qué le interesa saber, señor? ¿Qué le importa tanto, señor? El hombre no se justificaba, simplemente repreguntaba con vocación periodística y se mostraba perplejo ante la hostilidad. Para demostrar su punto, decía "yo me bajo en Tigre"; ¿Acaso tenía algo de malo saber? Si vamos a ser breves compañeros de viaje durante esta única vez en la vida, a quién puede dañar saber algo de las personas. Los demás terminaron pensando lo mismo, dado que el hombre pacientemente fue obteniendo las respuestas deseadas: Olivos, Martínez, Beccar. De pronto, todos allí ya sabíamos dónde nos bajábamos y eso nos aunaba. El hombre, el anciano-niño, ya recolectados los datos e iniciada la marcha del tren, iba indicándonos a cada uno cuántas estaciones nos faltaban para llegar a destino y a veces las enumeraba a modo de demostración. Aplicado en su memoria, no se equivocó ni una sola vez. Nosotros dabamos las gracias por la gentileza y nos mirábamos entre incómodos, un poco sarcásticos y definitivamente cómplices. El señor de sueter había completado una especie de intervención artística, una cuña de algo rompiendo la monocromía, una secta.

En Santiago, en un vagón de la línea roja que corre bajo la Alameda, recuerdo ahora a un grupo de niños que recitaba el orden exacto de las estaciones, a coro y viva voz, con los ojos cerrados para probar que no se estaban fijando en los planos luminosos sobre las puertas. Son líneas largas, de veintena o más estaciones; y las pías criaturas le atinaban bastante, ya se la tenían memorizada. No era un juego: era la construcción en marcha de las coordenadas mentales con las que deberán armar toda su vida, y con las cuales, no obstante, guardarán para siempre una distancia nunca superable.

La ética del viaje engaña: todo arriba del tren es incluso más mundano que siempre. No hay alegorías o revoques, nada rebalsa de sentido y éste debe ser sonsacado con el hábito paciente de entender que justamente allí, en ese lugar, en esa variación irrepetible de rostros es que despierta la singularidad de un día dado, y que hay que prestarle toda la atención posible. Un hábito que se verá recompensado en el largo plazo, cuando vuelva ese destello, esa división por cero, esa bruta disfunción intestina que rompe el acorazado del tiempo.

martes, 28 de diciembre de 2010

La canción de la lluvia


These things are clear to all from time to time.

¿Qué hacer con esa canción que me mostraste que tanto te gusta? Sí: algo tengo que hacer. Para darle cabida, para que no te pierdas. Ahora, sumarla a mi colección como otro anclaje de mi "capital cultural", incluso buscando el álbum completo en el que se incluyó, me parece solo una rutina. ¿Qué hacer? Escucharla una y otra vez hasta aburrirme, preguntándome como un loco qué puede significar esta canción en mi vida, sería como vaciarla y vaciarme, desmantelar toda esta imaginación invertida durante el día ¿Qué hago? ¿Decís que me aprenda la letra? ¿Que aprenda a cantarla? Puedo investigar un poco sobre el artista, su trayectoria, sus discos. Pero no quiero toquetear algo precioso que se puede romper en pedazos con un leve gesto torpe. Es increíble cómo nada es irrompible. ¿Sabés? Siento como si algo se escapara horriblemente de entre mis dedos, o peor, de lo que puedo delimitar con palabras. Qué pequeño tirano es el idioma cuando comprobás que no sirve para expresar ni de la mitad de lo que importa. Todo enunciado es malversación. Ahora me parece que la canción me gusta, creo que me gusta, solo porque te gustaba a vos, porque fuiste a internet, buscaste y la escuchamos juntos una vez. Solo una vez en la mañana; ¡qué miseria! No supe qué decir al respecto en ese momento porque no suelo emitir juicios tan inmediatos: ¿Me gustó o no? Qué se yo, pasó todo tan de golpe. En la memoria todo pasa de golpe ¿viste? Seguramente tendría otras mil cosas en la cabeza como para que de verdad le pudiera prestar atención a la música o a la letra. Deberíamos ser más tontos, tener solo unos pocos pensamientos no tan perennes como éstos. Pero entonces estabas vos ahí, y no había nada claro. No sabía si me estabas dando algo tuyo o me estabas sacando algo. Lo pienso en términos de propiedad, de dar y recibir y decir gracias, pero la canción no es tuya después de todo. Tampoco era tuyo ese pelo y esa sonrisa y ese gesto que hacías. Nada es de nadie, porque todo es del día que pasó. Entonces, cuando la escuchábamos, yo ni sabía qué iba a ocurrir después y estaba ansioso. Pero ahora siento esta incomodidad de que tengo que hacer algo más con eso, con esa canción, esas naves prendiéndose fuego junto al hombro de Orión. Empuñarlas, controlarlas ¿Dictar yo su significado? Sea como sea, no duerme, no quiere quedarse ahí, hay una inquietud nómade en mí que no puedo desterrar ni caminando varias cuadras por calles céntricas. Porque hasta hoy, cada vez que alguien menciona la canción o el artista me distraigo, dejo de pensar en lo que venía pensando, se me hace un vacío en el esternón y no sé por qué. No sé cómo llamarlo. Pienso que no retuve algo cúlmine. Una sombra que mutó en la periferia de mi campo visual, sin que pueda llegar a saber si fue un pez que saltó en el lago.

Quiero ser obvio; encontrarte y decirte "te acordás de esta canción, sí: ésta o aquella, me gustó, me gustó mucho, gracias por mostrármela, gracias por ese momento, lo podemos repetir eh, cuándo vos quieras". Algo así como bajarte a tierra de una vez, algo normal. Qué pequeño tirano es el idioma. Qué turbia, qué inmensa es la música, y qué raro lo que hace con la mente de uno.

martes, 29 de septiembre de 2009

Cáncer

Labios rojos. Curvas perfectas. Miradas de papel tapiz. Musas de grandes diseñadores y pasatiempo de miles de hombres aficionados al estupro mental. Favorecidas por la sutil combinatoria genética y por casi todos los cánones estéticos socialmente impuestos. Bijouterie de los orfebres de la iluminación eléctrica, del prosaico arte del copy-paste. Mutantes plásticos, sumisos a las reformas de la postproducción informática y otros anestesiantes certeros. Rehenes de una pátina higiénica como toda mediación posible. Inmaculadas militantes del vaticano trashumante de la moda. Sumergidas en un formol de momentáneo xenón ya ni defecan, ni orinan, ni respiran el aire enfermizo. Derrotadas, fulminadas bajo un meticuloso bronceado y un brillo cadavérico. Sometidas al imbécil congelador fotográfico y su mordaza. Repeticiones pixeladas de nada. Codificaciones o eslabones de una red criminal de castidad.

Cómo ansío tus muslos en los míos, pegoteados y saludables, y tu boca desbordándose como un panal destrozado, como gelatina.

martes, 18 de noviembre de 2008

Sin problemas

Me miraste y me dijiste "¿no podés dormir?"; te dije "no, no me acostumbro a dormir al lado de alguien"; me dijiste "¿pero qué, te molesto?"; te dije "no, pero no quiero dormir, me quedo mirándote y pensando que no estoy tan apurado por escaparme"; me dijiste "¿escaparte?"; te dije "sí, dormir, soñar"; entonces te diste vuelta y apoyando la cabeza en la almohada me miraste más seriamente y me dijiste "¿por qué?"; te dije "no me hagas tantas preguntas, no sé qué contestarte"; me dijiste "está bien, no siempre tenés que contestar"; entonces no te contesté e hicimos silencio un rato; de repente me dijiste "a mí me gusta dormir con alguien al lado"; te dije "¿por qué?"; me dijiste "porque sí, porque está bueno, está bueno despertarme y que estés ahí"; te dije "¿aunque no me pueda dormir y me mueva todo el tiempo?"; me dijiste "sí"; te dije "pero vos dijiste alguien, y ese alguien podría ser cualquiera"; me dijiste "ahora sos vos"; yo te dije "mañana quién sabe"; te reíste, te reíste porque pensaste lo mismo; entonces me volviste a dar la espalda, te acurrucaste y me dijiste algo que no me puedo acordar; te dije "en vez de dormir me quedo mirando por ejemplo esto" y dejé caer mi mano abierta en la curvatura tonta de tu cadera; no me dijiste nada pero me parece que te seguías riendo o ya estabas medio dormida de nuevo; te dije "cuando voy por la calle siento que la ciudad tiene como un pulso perfecto, todos están yendo del punto x al punto y, pero yo estoy a destiempo, estoy de paso como una corriente de aire o como una llovizna y esté donde esté, estoy ahí sin ninguna razón de peso"; te dije "solo da la casualidad de que hay una ciudad, edificios, gente, justo por donde yo camino"; no sé si me escuchaste; te dije "pero cuando estoy acá y vos estás acá, eso no me pasa tanto, por eso no puedo dormir ¿entendés?"; no sé si me escuchaste; te dije "a mí también me gusta dormir con alguien, con vos, al lado"; no sé si me escuchaste; te dije "ey!"; después ya no te dije más nada porque no me escuchabas y porque por fin ya me había dado sueño. Esa fue una de las últimas veces que hablamos. Ahora me duermo sin problemas.

jueves, 3 de julio de 2008

3 = 4

... entonces me siento en un comidas al paso de Belgrano a las cuatro de la tarde, ordeno dos choripanes porque con uno solo alcanza pero igual, por las dudas, porque no almorcé y el color verdoso-gusano-flúo de una Quilmes porrón que está fría sobre la mesa, donde se desencuentra con los dos primeros módulos de Comunicación III regurgitando nociones sobre idealismo, que es Hegel, y materialismo que es Marx (...) pero el joven Marx todavía está medio en el limbo, sin saber exactamente a qué pileta tirarse y por lo tanto se me hace un buen tipo encaramado al sincretismo, un poco como yo y un poco como todos los que están ahora a mi alrededor sin que repare muy bien en ellos, porque levanto la cabeza y veo que los dos televisores tienen a Crónica anunciando que liberaron a Ingrid Betancourt en un operativo y entiendo que de pronto Colombia vuelve a aparecer en el mapa y el malvado Uribe de pronto es un héroe y Chávez de pronto ya no apologiza a las Fuerzas Armadas Revolucionarias o directamente ni aparece, porque todo lo que nos rodea es aparecer y desaparecer de elementos varios; ahora está, ahora no está, como en el tren cuando me subo para ir a Retiro y lo que no está es el boleto porque las máquinas expendedoras no tragan monedas de diez centavos sin las muescas en los bordes, que ahora vienen así, y lo que sí está es el tan temido trovador pelilargo que no ha hecho un solo progreso desde la primera vez que lo escuché sodomizar a una indefensa guitarra a la sombra de sus balidos neosabinescos (...) pero ahí está poniéndole ganas a un todavía cantamos, todavía soñamos, todavía reímos, todavía esperamos, incluyendo una pequeña modificación ad-hoc sobre los treintamil desaparecidos y cerrando con un discurso sobre cuándo los culpables recibirán castigo en este país, para que un pasajero exaltado al que solo puedo verle la nuca le conteste que los garcas están todos con carpas en el congreso y que hay que poner una bomba para que salten todos, y así el diálogo y así la respuesta de que con violencia no, mientras el resto de los pasajeros hacemos el papel de siempre, de enclavarnos en nosotros justo cuando más expuestos estamos a todo lo otro, a la condición humana enlatada en en un vagón (...) caras prototípicas que no me miran, espaldas que me dan la espalda, y yo igual me sonrío y la ventana sí me deja espiar una ciudad iluminada por el último sol, que parece un suspiro de resignación similar al que sale de mis labios cuando intento recargar una tarjeta movistar pero la voz de mujer me responde en primera persona que lo siente, que no es posible en este momento y yo que ya entré como veinte veces el dichoso numerito que lo guardo para más tarde, pero más tarde no porque la última clase de Teorías del Aprendizaje dura tres horas interminables, porque cuando vuelvo a casa la final de la copa toyota libertadores también es un circo interminable y por eso llora el Patón Bauza, y por eso la madre de Ingrid llora también y por eso Lanata suelta unas dedicatorias previsibles en los Martín Fierro con las que luego se relamerá en su propio periódico y por eso por hoy ya no me importa nada, y por eso dan ganas de tener sexo o de escuchar un buen disco o de irse a dormir, y por eso se me congela el puntero del mouse y tengo que desenchufarlo y enchufarlo otra vez para que ande, como un respirador...

Todo esto me pasa mientras trato de no acordarme, y todo esto lo escribo y lo leo, también, para no acordarme. Todo esto, naturalmente, es en vano.

domingo, 15 de junio de 2008

Hipótesis al azar

Desprecio con rústica afabilidad a quienes solo perciben el negro o el blanco y cuyo discurso es tan afecto a dictámenes rotundos del tipo 'use y tire'. Su aversión al análisis (o al fundamento) los condena - gran paradoja - a una alarmante viceversa entre ambos pigmentos, según dónde apunten las giraldas en el muy contextual día de hoy. Pero aún antes he acabado despreciando mis propios escrúpulos; mi adicción al relativismo que incuba un cambalache de desmesuradas contingencias. Lo que me maravilla de estos dos abordajes es que, embusteramente antagónicos, sus prédicas versan en torno al mismo axioma: no tener nada en claro. Uno porque se apresura en la definición, otro porque la demora eternamente. Creo que, de camino a la felicidad, es hora de preguntarme dónde está el punto intermedio entre el gris y el negro; entre el gris y el blanco.

imagen: beccar

domingo, 8 de junio de 2008

Hipótesis al azar

Preconizo a las mujeres por mi sexo, pero sobre todo por su irrenunciable proclividad a la creatio ex nihilo. No sospecho a Dios, seguro, pero sí a la mujer y a su misteriosa orografía cognitiva, fértil en el desaire de los rótulos racionales con los que nosotros, los hombres, pretendemos embalsamar al universo. Qué es la inteligencia femenina, sino una lotería de confabulaciones; arena movediza para los lobos exégetas de la dialéctica. La mujer es un agrio veneno que mata causas y consecuencias, un altar donde los ejes cartesianos son ritualmente confinados al absurdo o al holocausto (que son sinónimos). La masculina inutilidad para pronosticar a las mujeres se corregiría con un cambio (una supresión) del verbo: no hay nada que pronosticar. La mujer es lo que elide al hombre cuanto más busca éste pronunciarse; el ingobierno de impulsos, el gambito del sexo - esa obstinación - que inspira mayores crueldades que el deleite. La mujer no se rastrea con coordenadas, y no existe posesión que la dilucide. El hecho de que, con todo, su cuerpo intercepte los sentidos - si tan solo fuera una especulación o un ser mitológico -, hace de esta negación algo tan perturbador y atractivo como un secreto.

imagen: perú y rivadavia - buenos aires

domingo, 1 de junio de 2008

Hipótesis al azar

La conquista del aburrimiento es la empresa más ardua de todas a las que me he encomendado. En ocasión de ciertos airosos fracasos, me tienta abreviar al mundo como un capricho rabelesiano sobre el que depositar mi fe sería de lo más ilógico. Qué titánico oficio implica reaceptar la pantomima del 'día a día' cada vez que lo prodigioso parpadea de súbito para sumirse luego en una bradicardia y morir. Y aún lo prodigioso ¿no abdica de su condición en el caso de perdurar? Parece que la satisfacción está sentenciada a la brevedad eterna (o a la constante intermitencia, para mayor exactitud). Voy redactando la vida en mil libretos corregidos sobre la marcha - arranco hojas, borroneo renglones, tacho escenas enteras como si nunca hubiesen ocurrido. Luego de alguna meditación falsamente perentoria intento reencauzar la órbita, mapear con lucidez, apostar sobre indicios alentadores. Pero más tarde o más temprano se incurre en aquel doble error, siempre perdonable y siempre igual: demasiada expectativa sobre fantasías; escasa vocación para adaptarse a lo que hay. ¿Debo culpar de esto a mi jovialidad?. Admitir que la esperanza (brindar por algo) es tan solo el imprescindible preámbulo de la decepción no me evita esfuerzos para esperanzarme: burdo desacato a otra forma de ser.

imagen: beccar

martes, 20 de mayo de 2008

Dormitorio

Este es el borrador de un sueño que voy a tener esta noche cuando me vaya a dormir. Todavía faltan ajustar algunos detalles, pero confío en que con el correr del día - y con trabajo - las piezas van a ir encajando. Todo indica que se llegará a tiempo para que, cuando finalmente mi cabeza se desplome en la almohada y los párpados se me cierren, este evento saldrá tal cual lo calculado; sin una sola falla que amerite queja alguna al despertarme.

En líneas generales se puede advertir que se viene un sueño raro, lo cual no es en sí mismo ninguna novedad. Sueños raros cuántos tuvimos ya, en los que una persona después era otra, en los que corríamos con las manos, en los que éramos ladrones en casas ajenas o en los que matábamos a alguien en algún bosque. Es la tendencia de moda; ya casi no se consiguen sueños que no tengan algo de raro. Según explican los expertos en marketing, los sueños normales han caído en desuso por sus pobres innovaciones con respecto a la normalidad de la vigilia, a la cual es dificil exponerse durante mucho tiempo sin que nos parezca insoportable.

Pero aquí corresponde plantearse una pregunta: ¿Qué tiene de raro soñar? Cuando todos los sueños que soñamos son raros, al final ¿No termina lo raro siendo lo normal? ¡Cuidado con eso! Porque lo que es raro lo es por ser infrecuente, con lo cual soñar cosas raras más de cuatro o cinco días seguidos ya empieza a no ser tan raro. Por eso nuestros sueños, en verdad, son perfectamente normales, lo cual nos lleva a otro desvío punzante: ¿No es acaso en el contexto de nuestros sueños que somos quienes realmente somos? ¿No es acaso estar despierto lo anormal, lo ficticio, lo ridículo? Según esta perspectiva, la necesidad de despertarse, ponerse un ropaje de creencias y meterse de lleno en las coordenadas mundanas (cepillarse los dientes, escuchar la radio, hacese el mate y todo lo demás) parte de un aborrecimiento explícito de nuestro ser, ese desorden, tan monstruosamente expuesto cuando nos dormirnos, cuando los rebordes por los que nos encarrilamos se atenúan hasta desaparecer.

Siguiendo esta lógica, entonces, vamos a entender que ambas instancias - el sueño y la vigilia - son refugios recíprocos: soñamos porque no soportamos la realidad. Volvemos a la realidad porque no soportamos soñar. O sea, no soportamos nada. Dormimos y nos mantenemos despiertos con la misma dinámica que inspiramos oxígeno y exhalamos dióxido de carbono. Son parte del ritmo que nos mantiene vivos a través de instancias que, paradójicamente, nos matarían si las dejáramos durar más de la cuenta. ¿Quién no huye de soñar demasiado? ¿Quién no huye de la rutina de la vida adulta?

Lo genial de este sueño que se está preparando para que yo sueñe esta noche es lo siguiente: es raro, como se anunció antes, pero lo es en el sentido de que es perfectamente real. Va a ser un sueño que muy bien me podría pasar en la vigilia o que incluso probablemente ya me haya ocurrido. Esto es lo que yo llamo "innovación"; porque lo que finalmente se logra es no retozar ni en el mundo del sueño, ni en el mundo de la vigilia. Por lo tanto, apunta a ese lugar donde tal vez me quiera quedar por un buen rato. No sé qué pensar porque es la primera vez que intento algo semejante.

Mañana cuando me despierte les cuento.

lunes, 28 de abril de 2008

Jirones de otros

Salís. Ves la calle y sabés que ya es de noche. Las luces eléctricas amarillentas le dan al aire un tinte que puede ser triste o alegre, según el punto de vista. Podrías ir por cualquiera de las dos veredas, pero siempre vas por la misma: la de enfrente. Cruzás la calle siempre por el medio, aprovechando que allá en la esquina el semáforo está rojo y ya pasaron los dos o tres últimos autos que habían girado. Cruzás en diagonal, además, orientándote siempre en dirección a donde tenés que ir. Eso de que te marquen andariveles no es para vos, y aunque piensen cualquier cosa, siempre vas a terminar en lo mismo. Cruzando por el medio, buscando ser lo más libre posible en la cuadratura empedernida de la traza. Ni siquiera lo pensás, es el instinto el que te guía. Es una maravilla que todavía no te hayan atropellado.

Mientras caminás las veredas, casi sin darte cuenta, vas teniendo pantallazos de lo que pasa dentro de los negocios que desparraman sus charcos de luz débil sobre el pavimento. Algunos ya cierran, pero otros están en su apogeo. Pasás por un gimnasio, y ves lo que parecen cientos de cuerpecitos diversos matándose en aparatosas cintas para correr, una al lado de la otra. La postal es desoladora, pero ellos en ese momento se deben estar sintiendo sanos y activos. Alcanzás a preguntarte cómo podrías hacer vos para sentirte más sano y más activo, pero la verdad ya no te importa. Al pasar por una bocacalle, al malabarista de turno se le acaba de caer al piso una de las antorchas encendidas; igual se pone contento, se ríe, y, resignado, sigue con las que le quedan para que los automovilistas simpaticen mientras esperan la luz verde. No es la primera vez, ni la última, que se equivoca. Más atrás, sobre la esquina, un hombre se ha detenido porque sus dos hijos pequeños, uno a cada lado, están anonadados por el espectáculo callejero, un retazo de Desolation Row en medio del hormigón.

Vas ensayando un diálogo en tu cabeza, y puede que hasta lo digas en voz alta. El diálogo que será, que puede ser, que pudo haber sido. De pronto, allí mismo en la calle, las ideas toman forma triunfal por un instante, las palabras parecen claras y los significados encajan con sus significantes. Pasa alguien, te escucha balbucear y te mira mal. Hacés como que venís cantando alguna canción, tarareás, aunque eso de cantar por la vía pública tampoco está muy bien visto. La idea entonces termina deslizándose por algún lado. Hacés un esfuerzo por recuperarla. De todas formas, nunca será igual cuando tengas enfrente al interlocutor real. Se lo dirás todo de una manera tan confusa y tan torpe que, si tenés un poco de suerte, no te entenderá nada.

Sos vos quien atraviesa la ciudad, o es la ciudad la que te atraviesa. Parece una pregunta retórica, pero por un momento te lo planteás en serio. Hace algún tiempo alguien te dijo que bien pudiste haber sido un fantasma. Y tal vez finalmente eso terminaste siendo. Sin duda sos ahora un fantasma para los otros que vienen y van por la vereda, fantasmas a su vez todos ellos. Fantasmas de verdad, porque los voladores, espectrales, luminosos, esos llamarían demasiado la atención. Lo específico de un fantasma de ley es que nadie lo ve, a nadie asusta.

Recordás muy bien que esta soledad en algún momento te provocaba placer. Eso de ser anónimo, de derivar por calles angostas, entre pensamientos arrojados a la vastedad estremecedora del mundo. Eso de ir y venir sin pertenecer a nada ni a nadie. Eso de imaginar que detrás de cualquiera de esas ventanas distantes, iluminadas como un velorio gigantesco, podría estar tu lugar, tu trabajo ideal, la tranquilidad económica o el amor de tu vida. En suma: lo definitivo, el puerto del cual ya nunca vas a querer zarpar. Te gustaba fantasear con ello sin realmente encontrarlo, porque la búsqueda, el simple barajar de infinitas posibilidades, la idea misma de un futuro, era todo eso lo que te hacía sentir en movimiento y, en algún punto, más allá del bien y del mal.

Pero hoy ya no es tan así. Hay personas que te dan el mundo y a los dos días te lo sacan; personas que vienen, se quedan un rato compartiendo algo y luego simplemente se van. Así funciona. El truco es que nunca se van del todo, de alguna forma esas personas siguen estando, aunque sea por el hecho de que ya no conseguís ser el mismo de antes. Tratás de explicarte cómo se pudo pasar de la presencia - la colmación constante - a la ausencia; te preguntás si estuviste o no en ese lugar tantas veces imaginado, pero que a la vez no creías necesitar. En ese lugar del cual no te querrías haber ido. Es cuando comprendés que tarde o temprano ibas a terminar aferrándote a algo, que tarde o temprano ibas a apostar un pleno o dos en el mundo externo, el de todos los días. Por fin lo hiciste, pero eso te costó esa caparazón prehistórica, apátrida, indolente que solías arrastrar por las calles medio muertas. Te costó la identidad. O, para ser más exactos, te dio una nueva.

Hay personas que se convierten en un lugar más que en una mera compañía o un trazo paralelo junto al tuyo. Al estar con ellas, lentamente aprendés un poco a ser a partir de ellas. Y cambiás. Las personas cambian en serio solo cuando se animan a perderse en un otro, a habitar en un otro. Te podrá chocar cuando alguien habla todo el tiempo en primera persona del plural, como lo dijiste cierta vez; te podrá causar miedo, pánico, terror la sola idea de que tus rasgos individuales - tus marcas de fábrica - empiecen a confundirse con los de otro. De golpe te echás un vistazo y ves que actuás distinto, que de alguna manera ya no te sentís vos. Yo no soy así, te repetís. En realidad soy más frío o más cálido o más fuerte o más débil o más joven o más viejo o más seguro o más inseguro. Ansiás reivindicar tus antiguos valores de compartimento estanco: el mundo es así, la vida es esto, la realidad es aquello, las cosas van por acá, lo otro va por allá y no me jodan. ¡Pero, maldición, que ya no podés estar tan convencido de nada! Tus gestos corporales, tus ideas, tu espacio, tu música, tu sexo, tu idiosincracia, quedan a merced del misterio impronunciable de ese ser que no sos vos, pero un poco tal vez sí. Y por supuesto que te da miedo, eso lo sabés. Sentís disolverte en algo que no llegás a entender del todo, sentís que no estás haciendo pie, o que levitás. A veces es tanto el miedo que te sumís en estado de alerta y empezás a poner barreras, a levantar murallas, a movilizar gendarmes. Invasión, pensás.

Pero reconocés, tenés que hacerlo, que tu subjetividad por sí misma no es tal, sino que se sirve siempre de otro para desarmarse y volverse a armar. Encontrar una persona - aunque después te deje o la dejes - es, en definitiva, encontrar el cuerpo donde vas a seguir escribiendo tu propia historia, y peor; alguien se va a entrometer a escribirla por vos, desmarcándola minuciosamente de tus planes y tus doctrinas y tus preconceptos. Es un proceso siempre incompleto en el que vas a admitir ser un poco "otro" cada día, aunque el miedo a lo nuevo (y su vaciamiento de certezas) te corroa las entrañas y aunque te paralice comprender que si esa persona luego de un tiempo se va - algo que es tan inexplicable como lo es, si lo pensás bien, su misma llegada - experimentarás algo parecido a desvanecerte, a dejar de ser, a no poder volver a casa. Serás ese fantasma que avanza a tientas por los meandros sin mapa de la vida, casi como antes, solo que ahora sabrás algo nuevo. Sabrás que no sos nada salvo un alma híbrida siendo remachada con jirones de otros. Y sabrás ¡por fin! que nada se tiene realmente sin la posibilidad de, algún día, perderlo.

Creeme que va a costar millones, pero en última instancia asumirás todos y cada uno de los riesgos de estar con alguien. Porque si antes, risueño, suponías que anidar en ese lugar equivaldría a ser dependiente, a perder tu individualidad, a desperdiciar un abanico de opciones potencialmente mejores, ahora súbitamente ves que sin esos riesgos las cosas se vuelven lentas, que la vida se te queda en stand-by. Nunca vas a poder cambiar por vos mismo. Y si no cambiás, nada de lo que hagas con tu tiempo tendrá sentido, básicamente porque no será tiempo ni será tuyo. No hay tiempo si no hay historia, y qué es el éxtasis de la soledad sino esa expectativa permanente de que algo empiece a fluir otra vez, de que venga alguien que pueda sentarse a tu lado y narrarte otro capítulo de tu propia historia.

Salís. Salís a la superficie luego de aspirar los vahos a grasa quemada que apestan la Estación Retiro del subte. Arriba, un hombre callado, moreno, de baja estatura, ocupa una de las boleterías cerradas con un tablero de ajedrez dispuesto para jugar, y un cartel de cartón que pinta "busco rival". Aún en los sitios más insospechados, te das cuenta ¿no?, aparecen instancias en las que se puede ganar o perder. Y ahora que estás un poco más dipuesto a perder, tenés que saber que, sí o sí, vas a ganar algo.

lunes, 10 de marzo de 2008

Esto solía ser un espacio en blanco

Lo que tengo ahora mismo es esta caja blanca, este marco vacío que debo colmar de inscripciones y no sé bien por qué. Mientras, como ahora, es invadido desde la parte superior por una prolija banda militar de letritas, me pregunto: ¿Quién me obliga a tener un blog?; ¿Cuánto me pagan por mantener el blog?; ¿Para qué sirve este blog?; ¿Quién lee mi blog? - Y así surgen las respectivas respuestas: Nadie. Nada. Para nada. Tres gatos locos. Y sin embargo nunca me libero de esta caja vacía a la que vuelvo cada dos o tres días, que me ordena "escribí algo, lo que sea" y yo, sumisión pura, escribo. Lo que sea.

Y la pregunta es la misma ¿Por qué? ¿Por qué escribir?

Según mi tesis, son cuatro las características esenciales de la pregunta que acabo de formular. La primera es que todo aquel que escribe (bien, mal, regular) en algún momento, sí o sí, se la hace. La segunda es que, no importan las vueltas que le dé, nunca llega a dar con una respuesta del todo satisfactoria. La tercera es que, por consiguiente, la pregunta le respirará en la nuca durante toda la vida. La cuarta es que aún así, en realidad, le importa un huevo: seguirá escribiendo.

Hay algo que parece ser verdad: se escribe para que alguien lea. Si nadie leyera, si las palabras sirvieran tan solo a un autoerotismo sofisticado, seguro que habría muchas mejores cosas que hacer. Más productivas, como le gusta decir mi viejo. Pero alguien lee, indefectiblemente. Alguien por ahí, hasta contra su propia voluntad, se tomará la molestia de entrar acá y leer estas mismas líneas que ahora estoy escribiendo, que ahora está usted leyendo. Y es ese misterio del "ahora" perpetuado, conjeturo, el que me tienta a entrar cada tanto a la "creación de entradas" con el morbo de manchar lo blanco de letras, aunque no tenga nada específico para decir. Como ahora.

Porque ahora no tengo nada específico para decir, no voy a engañar a nadie. Y sin embargo esta seducción de venir acá que aparece y es casi irresistible. Algunos hablan de obligación, de que el medio te obliga a salir con algún post nuevo con cierta regularidad. Dicen que si pasaron siete días y no salió nada nuevo, los lectores se cansan y no entran nunca más al blog. Yo, personalmente, me atrevo a dudar de tal afirmación: a los homo-sapiens todavía les cuesta leer de la pantalla, y no creo que la mayoría tenga ganas de devorarse una parrafada nueva cada dos días. Los blogeros no somos periodistas: tendríamos que rescatar esa posibilidad, ese derecho, de postear cuando se nos da la reverenda gana o cuando hay algo urgente que decir. Incluso, y me fui al otro lado del canal comunivativo, sospecho que muchos lectores experimentan cierto alvio al entrar a un blog asiduo y ver que aún no está actualizado desde la última vez. La vorágine de escribir por escribir lleva a una sobrecarga de cosas, de información, que termina nublando el entendimiento. A la gente que lee blogs, en el fondo, le da bastante p*** leer blogs.

Aún así, alguien lee. Aún así, estoy acá escribiendo. Sin nada para decir y ya voy por el quinto párrafo, ni más ni menos. El quinto párrafo de aleatoriedad compartida. Sin eufemismos, el quinto párrafo de boludeces que a nadie sirven pero que espero que todos lean. Ah, pero no soy el único. No estoy solo. Cuántos blogs habrá dando vueltas por ahí. De repente pareciera que todo el mundo escribe (o, por lo menos, todo el mundo con acceso a Internet, que en realidad es una pequeñita fracción del auténtico todo el mundo, pero bue, tengo toda la esperanza de que sabrán lo que quise decir). La adicción, por lo tanto, es generalizada. No soy yo el único enfermo que vuelve acá a escribir cualquier cosa porque sí. Es una psicosis colectiva, un holocausto de escritos, un escenario bélico espectacular donde estamos bombardeándonos mutuamente con palabras, esa munición que no se agota nunca.

Nadie pidió blogs. De repente estaban ahí, pero nadie los pidió. No hubo una necesidad desesperada de blogs que motivara comisiones de expertos trabajando en el tema. No hubo una demanda masiva o indignada de algún espacio digital para despuntar el vicio de la escritura. No hubo un reclamo de vecinos, ni un piquete, ni un plesbiscito para ver si salía, o no, el servicio de blogs. Como toda tecnología, apareció de la noche a la mañana (y no vengan con evolucionismoos, en la práctica sabemos que fue de la noche a la mañana) y cada uno se apropió de ella como pudo o como mejor le salió. De repente, muchos vimos que podíamos escribir. Que podíamos ser leídos. Pegó; es más civilizado que escribir graffitis en las piedras y el propósito es el mismo.

Algunos blogs son diarios íntimos de público dominio, con posts como "Envídienme: me comí un sanguche bueniiisimo en Costanera. Chau!". Otros tienen posts que no terminan nunca y que los lectores espían a ver hasta dónde llegan y dicen "uh!". La blogósfera es un océano de jeroglíficos con vida propia. No hay nada que podamos hacer para evitarlos o acabar con ellos; las letras aparecen con una magia que desconocemos porque creemos haberlas inventado, pero no. Las letras nos inventan a nosotros cada día, y nos retuercen, nos modelan. Cuando escribimos, como yo ahora, nos ilusionamos con ser artesanos con dominio total del lenguaje. Ah! Si supiéramos que en ese mismo momento, oculto en nuestros cromosomas, el alfabeto se ríe a carcajadas, mientras tira de las palancas de estos dedos movedizos, que tipean y tipean y tipean. Si supiéramos.

domingo, 23 de diciembre de 2007

Lista de elementos imprescindibles

a) una fachada o caparazón que refracte la indiferencia ajena con una indiferencia aún superior - b) un nutrido bagaje de valores morales indeclinables, como la honestidad, la transparencia, la dedicación o la tolerancia (pero pueden ser más) - c) una profesión, un título o un saber-hacer comprobable que cotice en el mercado laboral - d) buena presencia y trato cordial con los semejantes - e) el mínimo de caridad y/o condescendencia hacia quienes pertenecen a estamentos sociales inferiores - f) una sana envidia y el consiguiente deseo de superación ante quienes se ubican en los estamentos superiores - g) saber sonreír agradablemente cuando la situación lo amerite - h) un capital cultural más o menos competente, nutrido de ciertas lecturas clásicas, un segundo idioma y lo básico para comprender las normas o lenguajes protocolares, cada uno en su contexto - i) una meta clara, concisa, y una noción de los pasos a seguir para llegar a su concreción - j) conciencia plena de los propios derechos y de las vías diplomáticas para garantizar su cumplimiento - k) avidez medianamente constante de dinero con la consecuente capacidad de diseño de mecanismos legales para su periódica recaudación - l) un grupo de amigos con los cuales ir a tomar cerveza y que llamen para felicitar por el cumpleaños - m) gustos moderados, sin vicios ni excesos - n) mesura en la ira y la concupiscencia, aunque con un margen suficiente para el flujo de las pasiones naturales o explotables comercialmente - ñ) hábitat que puede ser más o menos modesto pero siempre higiénico - o) deseo esporádico y legítimo de vacaciones, aunque sin deponer la consiguiente motivación para volver a las tareas habituales - p) manifiesto, aunque convenientemente morigerado, inconformismo con el mundo circundante, especialmente en lo referido a responsabilidades suceptibles de hallar depositarios ajenos - q) un hambre inconfesable de viajes, exotismos y revelaciones mágicas, aunque con una férrea supeditación ante la realidad y las necesidades del sistema productivo - r) lápices y reglas para trazar las geometrías de generaciones venideras - s) conciencia del propio lugar en el espacio y la consiguiente resistencia a la tentación de tomar desvíos y acampar en zonas privadas - t) un credo, de índole religioso, político o ambos, sobre el cual poder fosilizar miedos, frustraciones e impulsos violentos - u) dosis no especificada de curiosidad por las preguntas filosóficas históricas, el devenir humano y los confines del universo - v) capacidad de reaccionar ante lo inesperado, descifrar lo desconocido y elaborar los duelos - w) toma de posición medianamente justificada frente a los temas de agenda que determinan los medios - x) una capacidad inquebrantable de simular y disimular en forma casi permanente - y) cordura - z) más cordura.

Todo lo cual se puede sintetizar en: encontrar la razón de ser en un mundo que no es tuyo.

Y esto viene a cuento. A veces las calles de Buenos Aires, de tan angostas se vuelven confidenciales y extrañas, como cuellos de botella donde el señor de corbata y portafolio cohabita con el lumpemproletario errante. Cada cual, sin proponérselo, delata con cuentagotas su historia desconocida. El primero habla de negocios, de logotipos estilizados, de un futuro brillante que podría ser amputado por un suicidio o accidente de tránsito, de varios brindis que, como los señaladores de un libro, irán anclando los sucesivos escalones ascendentes del éxito, entre conocidos perfumados y salas de convenciones y rodados de lujo. Probablemente se subiría a un púlpito para dictar saberes sobre el mundo de las finanzas, las inversiones y el panorama del sector terciario. El segundo, en cambio, habla de un mundo de desventuras sin forma, de trabajos temporales en sitios lejanos, de hoteles carcomidos por las ratoneras y desvelos casi eternos, en cuyos sonidos entrecortados por el silencio y las lágrimas sintió alguna vez la paz de la resignación. Probablemente solo huiría con ojos asustados y terminaría tumbado contra alguna balaustrada anónima como única comodidad, entre charcos de hojas, chicles viejos y maderas. ¿Y quién soy yo entre toda esa gente paralela que nunca llega a verse entre sí? ¿Qué hay para mí detrás de estas incontables ventanas vidriadas? ¿Cuál es exactamente mi rumbo en una cuadrícula perfecta de manzanas que amenaza con no tener horizonte?

En medio de este gran cementerio de mitos que algunos apodan con el eufemismo de "ciudad", es donde yo veo con incruenta nitidez mis carencias. Ahora que no volveré a casa, porque eso no existe más, es que tengo que armarme algo con todo eso que aparece y desaparece en el desenfreno. Y es donde comienzo a hacer mi lista, mi lista de elementos imprescindibles para sobrevivir. Tras mucho anotar, tachar lo que ya tengo, subrayar lo más urgente y garabatear miles de figuritas sin forma, esto es lo que queda. Para mi disgusto, se parece demasiado a una estrategia. Y demasiado poco a lo que sueño cuando, por fin, logro dormir.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Invención

Con que es aquí donde vienen a morir los buscadores de oro cuando, en medio de las depresiones tropicales, pierden el rumbo.

Mi rival, ahora cabizbajo, se quedó escribiendo "cuando pierden el rumbo" unas dos o tres veces, y enseguida volvió al silencio. Yo sabía qué responderle, pero tampoco dije nada. Solo atiné a quedarme callado frente al tablero (mientras imaginaba una tormenta terrible, de esas que nos regocijan aunque mucha gente muere). Debo admitir que el juego estaba casi perdido: sus piezas maquinalmente erguidas parecían un perfecto ardid industrial, no dejaban brecha alguna, y acaso yo ya estaba aburrido de jugar.

Pero seguía pensando en ganarle. Juego al ajedrez como a los dados: apostando. Muevo el caballo a este o a aquel casillero porque intuyo que puede funcionar, que puede servir en algún momento. ¿Por qué no? Muchos adversarios me han sorprendido con uno de esos caballos, olvidados en las propias trincheras por pura ingenuidad; su movimiento es enigmático, invisible (además de que siempre se las ingenian para escapar, vuelan). Las consecuencias, lógicamente, siempre han sido devastadoras para mí; nadie se recupera a tiempo del trauma de una horquilla (que es cuando el caballo enemigo amenaza al mismo tiempo a dos piezas, y uno tiene que optar cuál sigue y cuál se va, salvo que una de ellas sea el rey). Ah! Caballos malditos. Por eso adelanto los míos, sin mayor plan que ese, con la esperanza de replicar este tipo de proezas espectaculares cuando el otro se distraiga. A veces funciona.

Un rato después, ya anochecía, mi rival me dio jaque mate. No digo que fuese inesperado, porque a esas alturas estaba claro que mi rey tenía que morir sí o sí. Simplemente las blancas (yo era negras) tenían todo un repertorio de mates posibles para elegir, y yo no podía preverlos todos. Moviendo la torre del fondo (que siempre molestan aunque estén ahí lejos, casi fuera del tablero), la dama en diagonal, la dama de frente, hasta un peón adelantado. Cuando un peón mete miedo es porque algo no salió como debía. Pues bien, el mate escogido por mi rival, y a esto iba, fue uno de una belleza tan extraordinaria que ninguno de los dos dijo nada durante un par de minutos. Como cuando vas al cine y la película te deja mudo un rato, necesitando un lapso de tiempo para volver gradualmente al mundo real. Casi fue así.

Rival, oponente, contrincante, adversario, antagonista, contendiente. Suelo ser calmo en la derrota porque me derrotan seguido. La próxima vez deberé volver a la apertura del peón de rey, que es aquella en la que me muevo con mayor naturalidad. Claro que jugar con negras me condiciona muchísimo en tanto se me veda la primera jugada de la partida. Con las demás (aperturas) me confundo bastante. Siempre pensé, igual, que saber la teoría de las aperturas le quitaba gracia al juego, que sería como tener un libreto, un guión sobre qué mover, cuando, a dónde. No. Qué es eso. Cuál es la gracia de jugar un juego escrito de antemano. Por qué simplemente no colmarse con la primeridad descalza de lo que no tiene proyecto, con los espacios infinitos entre los renglones, con las diagonales de los carriles, las quebradas sobre las laderas o las napas en cuencas subterráneas. Qué diversión hay en dejarse arrestar por las recetas conocidas, las máximas que ya todo el mundo sabe que funcionan, los moldes de los que siempre salen esos muñequitos horneados. Por qué los catecismos, las constituciones, los códigos, los mapas, las deontologías, los pasos a seguir, la conciencia que regula el mundo (esa abuela). ¿No es mejor inventar algo distinto en cada movida, aunque el precio sea casi siempre la derrota? Cualquier victoria supone la derrota de pensar que ya está. Pero encontrar la verdad, nadie la encuentra. No tendría gracia; todo es invención.

Mi rival se había ido sin dirigirme la palabra. Se había ido por el camino de siempre, a su morada de siempre, y probablemente me volverá a ganar como me gana siempre. Seguí pensando dónde moví mal, donde se produjo el recodo detrás del cual mi rival vió la victoria clarísima. Pero luego me aburrí y dejé flotar la noche a través de sus susurros y sus ululares y sus clicks. Afuera alguien se movió entre las sombras; yo solo me senté en un escalón, esperando que se acercara.

Con que es aquí donde vienen a morir los buscadores de oro cuando, en medio de las depresiones tropicales, pierden el rumbo.
Con que es así como te ves parada a lo lejos, buscándome con la mirada.

Y con que era esto lo que narraban los atardeceres silenciosos, cuando al volver a casa pensando demasiado en todo, me hallaba solo y con la mente llena de cuerpos extraños.
Prefiero vivir en el misterio, la indefinición, el desatino. Y te querré ahí cuando pierda el rumbo yo también.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Paradoja

Che, cuando estaba al pedo se me ocurrió una pregunta:

¿Qué es exactamente lo que va a ocurrir el día en que se ponga de moda eludir las modas?

martes, 6 de noviembre de 2007

Adivinanza

Nunca supo cómo fue que aprendió a bajar siempre la cabeza. Hace poco se quedó despierto esperando el amanecer, y se dio cuenta de que estaba nublado. Nadie sabe que sigue rezando antes de dormirse. Nunca creyó en Dios. Detesta que los pies le asomen por debajo de la sábana. Cuando era chico se sabía de memoria cincuenta decimales del número pi. Rara vez termina algo de lo que empieza (se aburre rápido de todo, aunque siempre come lo mismo). Supone que aún tiene la mente de un niño, pero no está seguro. No cree que sea imprescindible pedir perdón. Piensa bastante en dinero, cosa que jamás le interesó. Hace décadas que no dibuja, y no sabe exactamente porqué dejó de hacerlo. Tal vez se haya aburrido. Dibujó él mismo todas las tarjetas de su primera comunión. Antes de ayer copió la cara de alguien en una caja vacía de cigarrillos y le salió perfecta. Últimamente fuma mucho. Dice que un fumador nunca realmente deja (a lo sumo espera más de la cuenta para encender el próximo). Se graduó con honores de una carrera que nunca le gustó. Cuando sale de su casa a trabajar tiene la impresión de que ese día va a ser diferente. Le dura un rato. Vive solo. Le molesta la gente que en el tren se abalanza sobre los asientos. Le molestan otras cosas también, pero nunca dice nada. Cuando tenía nueve años se cayó de una hamaca y se dio contra un borde, casi se desmaya. A los pocos días su familia se mudó y nunca más volvió a esa plaza. Sin darse cuenta se acuerda de ella todos los días. Se acuerda de muchas cosas. Le gusta salir a la ruta. Una noche no se podía dormir. Daba vueltas en la cama y hablaba para adentro. En vez de tomarse un té agarró el auto y se fue a Rosario. Ya van a ser quince años o más. Todavía no estaba completa la autopista, pero tardó menos de tres horas. En una estación de servicio se compró unos sandwiches de miga envasados al vacío. Se acuerda de eso también. Llegó cuando ya no estaba oscuro. No sabía realmente qué hacer pero estaba feliz, o algo por el estilo. Ese día tenía que ir a trabajar. Estacionó y se quedó sentado al volante mirando a unos chicos que iban para el colegio. Encendió la radio pero solo escuchó zumbidos. Después de un rato se aburrió otra vez. Nunca había estado en Rosario. Nunca había estado en ninguna parte. Llovía. En el viaje de vuelta casi se mata. Vendió el auto poco tiempo después. Una vez conoció a una mujer. Fue en la noche de año nuevo y se quedaron haciendo el amor bajo una escalera de incendios. Le pidió por teléfono que se vaya a vivir con él; ella le dijo que sí pero después cambió de planes. La vio hace poco en un shopping y miró para otro lado para no tener que saludarla. Iba sola. Desde entonces piensa que nadie se enamora de nadie. Le gustan los subtes. Cuando el subte está llegando se imagina que algún loco lo va a empujar a las vías. Dice que locos hay en todos lados. Mucho antes de lo de Rosario hablaron con un amigo, compraron unas máquinas en la zona sur y se pusieron a falsificar australes. No eran perfectos, pero salían bien. Los tiene guardados o los quemó. Nunca los descubrieron. El amigo murió pero no fue al entierro. Cree que tal vez lo cremaron. Quiere que a él también lo cremen. Es lo mejor, ya está viejo. Hace poco ganó dos mil pesos en la lotería provincial y puso unos juegos en el jardín de su casa para cuando su nieto lo fuera a visitar. Nunca tuvo hijos. Suele contar un sueño que tuvo hace cinco o cincuenta años: él corría por una ciudad y desde el aire lo perseguía un dirigible, con un motor ruidoso que le taladraba las orejas. A veces estaba lejos, a veces ahí nomás. Lo buscaba a él. No cree que haya podido escapar. Se acuerda de muchas cosas. Aunque ahora empieza a olvidarlas.

lunes, 24 de septiembre de 2007

Antievangelio del culo roto

Está bastante bien irrigada la creencia de que en la vida, para obtener lo que uno quiere, hay que romperse el culo. Se usa textualmente esa fórmula: "romperse el CULO", no se podría escoger alegoría más táctil. Está tan naturalizado, es tan obvio, tan indiscutible el adagio que nadie llega a pensarlo demasiado. Envilecidos pues, agachamos la cabeza, nos bajamos los lienzos y, efectivamente, nos sometemos litúrgicamente al sacramento de la rompida de culo. Primero nos rompemos el culo formándonos, después trabajando todos los días (en ese eficaz aserradero de culos neutralmente llamado "división del trabajo"). Con el tiempo le vamos tomando el saborcito a esto de tener el culo roto, lo cual allana el camino para que vengan terceros a contribuir con la faena (de rompernos el culo, y humillarnos, y de tratarnos como máquinas). Obran con la practicidad de saber que quien tiene el culo roto, ya bastante roto, no va a ofrecer demasiada resistencia.

Aún así, siendo unos miserables culeados, salimos y pavoneamos nuestro culo roto, capturando éste todo tipo de suspiros elogiosos por parte de colegas y adversarios. Y así, de a poco, empezamos a sentirnos realizados. Y diremos que nos apasiona rompernos el culo, que es nuestra vida, y que no imaginamos que habríamos hecho de no habernos roto el culo con tanto amor, con tanta dedicación.

En este fenómeno influyen, claro, las contrapartidas jugosísimas reservadas para los ciudadanos ejemplares que se rompen y se dejan romper el culo como Dios manda. Se sabe (aunque no se dice) que veremos el día en el que nos ganemos la potestad de romperle el culo a otros, lo cual aporta siempre cierta reciprocidad que redunda en equilibrio y satisfacción. Es que claro, después de mucho dejar que nos empomen, en algún momento queremos empomar nosotros eh. No sólo eso. También tendremos una contraprestación monetaria que costeará un búnker de lujo (o no tanto, depende) donde sanear nuestro culo roto (terapia a base de televisión, sexo marital y medicina alopática). Casa, un autito y familia (la familia es clave, porque hay que fomentar el cultivo de nuevos y jóvenes culos susceptibles de ser rotos, sino cómo seguimos). Tal trinidad representa la máxima aspiración del culeado exitoso. Es por este patrimonio, básicamente, que nos hemos adaptado ovejunamente, accediendo a la rompedura (o rotura) de culo canónica.

Eso sí. Hay culeados y culeados. No todos los culeados somos igual de virtuosos y por eso no todos obtienen los mismos réditos. Gran parte de los sujetos se pasan años, la vida, martirizándose el culo con sombrío empeño y apenas les alcanza para sobrevivir como comadrejas en albañales profundos. Es la diferencia entre un culeado-culeado (el proletario) y el culeado-virtuoso (los que, sometimiento anal mediante, podemos alcanzar puestos ejecutivos y sueldos de fábula). Pero no nos vamos a empantanar en esta distinción marxista; la lucha de clases se ve considerablemente matizada, en la práctica, por el hecho inconmutable de que todos los patriotas nos rompemos el culo de una u otra forma. Es el factor culo-roto, y no otra cosa, lo que nos iguala ante los anteojos plurales de la democracia.

Llega un momento en la vida de todo sujeto, por fin llega, en el cual tenemos el culo tan fantásticamente dilatado y amoratado y coagulado que ya no servimos más. Entonces podemos pasar a retiro y regodearnos con los jugosos frutos que tantos años de rompernos el culo nos han otorgado. Podremos seguir comprando autos, jugando al golf y visitando clínicas de prestigio con cierta asiduidad. Una exuberante vida de jubilado nos espera. Pero aún así, parece demasiado el tiempo improductivo que tenemos entre manos. Nos abruma. No tenemos idea de qué hacer con nosotros mismos: tan acostumbrados estábamos a rompernos el culo y ahora puede que nos sintamos un poco inútiles, un poco olvidados, y un poco cansados (claro, no sabemos qué hacer con un culo repentinamente casto). De la nada, aparece una nueva actividad que por mucho tiempo no se nos había exigido: pensar un poco. Y pensamos. Puede que nos cuestionemos si esto de romperse el culo mereció la pena. Tenemos un auto muy lindo, sí, y una familia maravillosa, sí, y una chimenea donde podemos calentarnos en invierno mientras tomamos un cafecito y admiramos cómo se desprenden densos jirones de lluvia sobre nuestro verde jardín, sí, sobre nuestras casas vecinas que son todas parecidas, todas lo mismo en este vecindario de mazapán.

Pero todo está, inesperadamente, vacío. Nuestra mente está vacía. No sabemos por qué. O sí, de alguna manera lo intuimos. Fuimos. Fuimos un culo para romper, fuimos serviles maratonistas en pos de un mito de felicidad individual, material, posesiva y ¿Ahora? Un culo roto, olvidado que tiene que peregrinar con unas neuronas perimidas, un cuerpo replegado, y las cuotas de la prepaga cuyo precio se incrementa cuanto más se acerca el infarto, el derrame o el patatús a elección. Creímos en el adagio, y nos rompimos el culo. Y ahora vemos que todo lo que obtuvimos con eso es una colchoneta de asombrosas boludeces que nos circunvalan muertas, mientras que, solos, nos vamos apagando, sin haber hecho otra cosa en la vida, no lo vamos a admitir, que rompernos el culo.

Y con varios tubos enchufados, broches que nos aferran torpemente al trencito ya inmóvil de la vida, suponemos que, a lo mejor, todo esto fue una farsa monumental. La nostalgia, empero, es inevitable. Nostalgia de los días infantes en los cuales teníamos un culo listo para ser roto, y un tiempo de soles extáticos, de días eternos, de noches ardorosas que nos invitaban al desvío; los que con tanta sensatez elegimos olvidar.

sábado, 11 de agosto de 2007

Válvulas oníricas

“Por la madrugada, digamos a las dos o a las tres, lo sé porque de a ratos miro el reloj (mientras puede que una colchoneta de nubes bajas esté regurgitando la luminiscencia de Capital y alrededores, lo que achica la noche, la priva de estrellas heladas), sucede que una armada de ideas me contamina el cerebro. Lo que alcanzo a saber con un mínimo de rigor estadístico es que son varias ideas ansiosas, disparando como cucarachas de pronto liberadas en un terreno extraño, ideas que serpentean y que se trastabillan las unas con las otras, haciendo gala de una inusitada torpeza, enlazándose de mil maneras nuevas que no atino a apresar con los dedos de la memoria, así dejándolas ir. Imposible hacer nada porque se echan a perder una vez traspasado lo repentino del momento. Claro que, como le ocurriría a cualquiera, apenas me puedo dormir con ese corso de ideas esquiando por mis recodos neuronales. Muchas de ellas se contradicen con comicidad, otras invitan a la muerte o al delirio. Las más intrépidas remontan hasta las mismísimas puertas giratorias de mi conciencia, donde pueden entrar y salir ad libitum sin un mínimo de pudor. A éstas las puedo ver. Están ahí, claramente delimitadas.”

“Veo que se cruza para este lado, ojo que esto viene a modo de ejemplo, un teatro. Puede ser un teatro elegante en una calle de Olivos (puede o no ser la misma sobre la que vivía, pero qué importancia tiene); en ese teatro, en ese escenario ante ese público, podría estar yo mismo actuando una obra de mi autoría; una obra que es acaso mi propia vida, o mi propia vida interpretada de diversas formas. Solo así se puede explicar cómo aquel gol errado increíblemente una tarde de colegio (el arquero gateando, la pelota mansita, el arco ahí nomás, y después las carcajadas) finalmente lo termine marcando en los primeros compases de la sonata Waldstein al principio del verano, cuando la navidad todavía era más que una formalidad de ofertas y promociones jugosas. En ese escenario también protagonizo una rotunda rapiña de sexo, en la que los espasmos de mis amadas (y un tornasolado gradual en sus vientres) delatan orgasmos poco comunes que se prolongan tanto como se me antoje, pero aún sigue doliendo la indiferencia de esa puta gallega que nunca alcancé a confundir con los enciclopedismos de mi supuesto orgullo. Unas tras otras, las imágenes del virtuosismo y la derrota piensan por mí, me arrinconan y pisotean su propia huella en doble mano por todo mi cuerpo. Uy! si en este estado pudiera sentarme y recobrar cada hilo, cada voz, cada concepto, sería posible para mí hacer lo que sea. Estoy muy seguro, muy seguro, de que en alguna chispa de todas esas está la contraseña de algo que sirva para dominarme por completo. Cosa que no me vendría nada mal en tanto siempre, por algún motivo, quedo situado más bien del lado opuesto a mi voluntad.”

“Pero después ya con el día, con la luz, las cosas pierden todo sentido: la existencia no vuelve a ser más que esa ficción de viceversas ensayadas, donde los moldes sociales conspiran en cada vacilación, donde el sol no se permite alumbrar más que una colonia de seres que van y vuelven como cultivos ambulantes por el mismo zodíaco que éticas ancianas les han trazado, en sus biblias ruminando cómo imitar provechosamente las Fórmulas del Éxito. Con todos ellos habré de irme yo también, a la caza del dinero y el bienestar (a los que me han acostumbrado bien, por otra parte) hacia los templos donde se me pedirá pasión por cosas que me son monolíticamente ajenas, así todo el tiempo (que tiende a durar pero que muy pronto ya no será nada). Procuraré pues que vean a un sujeto precavido, un sujeto higiénico, un sujeto modular, un sujeto ambicioso pero manso, para que con una o dos zanahorias pendulando frente a mis ojos me muden para dónde más les convenga. Hasta es mejor que ni me vean, para el caso; mejor será que me confundan con el fondo, la escenografía, con esa pátina ecualizadora que dibuja a los bichos caminantes en el plano de las edificaciones y las murallas y las torres de alta tensión. Supongo que no me será tan difícil, además, todos lo recomiendan.”

“Al menos durante unos años estará la noche; esa carencia de luz y esa soledad que es sin dudas la máxima falla que tenemos. En esa soledad, también la más entendible de las compañías, la próxima vez estaré bien atento a cuando las válvulas oníricas revienten en pedazos y las ideas infernales vuelvan al control del mundo. Tal vez, gracias al empleo astuto de las palabras o a algo de suerte (que nunca está de más), pueda descifrarlas, dotarlas de un cuerpo mortal y así mimetizarme con ellas. Si lo consigo, ese mundo, en ese momento puntual, será al fin una posesión soberana. Y ya no volveré. Ya no más ese holograma de síntomas en la epidermis que, con su arte de aparentar, no hacen más que burlarse, reírse de mí en plena vigilia.”

martes, 22 de mayo de 2007

Derroteros en la arena

El atardecer naranja tiembla en tus pupilas; será, tal vez, que algo teme en su negrura. El océano, ya gris, también calla, y algo nos convence de que es hora de alejarnos. Conforme andamos, las playas distantes se desvanecen en murmullos; te voy siguiendo detrás y veo cómo tus pies dibujan derroteros en la arena. Cómo se alarga tu sombra. Te voy siguiendo detrás; siempre detrás, como dejándote ir. Y así, mientras tanto, sigo escribiendo:

"No hay nada en ella que sea demasiado trivial. Se narra a sí misma como una gota de corrosión pura que busca el mundo sin altisonancias, incluso sin coordenadas corpóreas. Apenas dos o tres invitaciones que me ha dejado caer como promesas; por ejemplo, cuando nuestros dedos se entreveraron inquietos por un momento, (ese momento, buscado) y sus ojos resinosos me miraron alucinados. Pero ¿Cómo catalogar entonces todo eso? De ser lujuria, es de una cepa que no calcina, sino que más bien paraliza. Por lo demás toda ella es un ánima fría, taciturna. Casi siempre, inaprensible".

A veces no impugno mirarte porque no me queda otra opción. Más bien pronto, un día, te vas a ir, te vas a disipar como si fueras en realidad una veta en algún cristal empañado. El devenir me llevará a olvidarte. Tantas cosas he tenido que olvidar que ya ni me acuerdo. Qué hay que sea distinto esta vez, me pregunto mientras te miro. Y no lo sé. Confío que nada, solo el desenlace inevitable, ese que se vislumbra varias jugadas antes, y después del cual ya no vas a volver, ni a escuchar cuando te invoque con mis palabras equilibristas. Por eso te observo a veces, con algo de fastidio, enterado de que tus formas son las de mi vía crucis y mi mansa locura. Al final, quién te dice, voy a hacerte migrar de mi cabeza. Es cuestión de burlar uno esos albedríos poco lúcidos que salen a cabalgar envueltos en misterio, sobre todo cuando es verano y no hay nada que los entretenga.

Pero hoy, entonces, te anhelo sin razón alguna. O tal vez con; nunca logré evitar la sospecha agnóstica de que las cosas no pueden ocurrir porque sí. Procuro, por supuesto, que no te des cuenta, porque en general soy un poco cobarde. Por eso esta meticulosa indiferencia. Por eso también espero, y cómo, a que te duermas, a que tus párpados caigan rendidos de una buena vez. Sólo entonces consiento en vulnerarte, percibirte con osadía en la penumbra, aunque no dejo de pensar que si de pronto abrieras tus ojos, o falsamente sonrieras desde un sueño, podrías clausurar la brecha antes de tiempo. Luego, me aparto. Es como un ritual; casi me desprecio al suponer que alcanzará con eso, con esa cuaresma infinita junto a tu talla inmóvil, semidesnuda y, sin embago, aún enfática.

Espero. Falta un poco. Ahora el cielo va prolongando su oscurecer, depositando sobre la planicie toda su melancolía. Estamos atrapados en ese rato fantasmal en el que no es más de día, pero tampoco de noche. Las ráfagas de aire que estriban desde el sudeste dejan inhalar un océano intermitente y en lo alto Sirio tirita congelada. Todo lo que sin esfuerzo vislumbro cómo querrá volver, cuando no sea más que un resto diurno agonizando al dormitar. Sonrío vagamente al pensar en casa y en las grietas de la ruina cotidiana; pero vuelvo al sol tajante bajo el que estúpidamente vimos caducar el día como una pérdida, como un dulce desperdicio.

Te miro de nuevo. Y se me ocurre imaginar tu cara cuando ya no la pueda imaginar. Supongo entonces: una ausencia de electricidad imprecisa, ya sin trazos, incapaz siquiera de moverse. Distante. Descarto que a la larga, cuando los días sean demasiados y la apatía coagule como debe, ya no me va a perder el hálito de tu aparición. Mientras tanto, escribo:

“La pensé, pero no la pensé así nunca. Está aquí mismo, muy cerca. Si extendiera mi brazo la tocaría; pero apenas me muevo. En cambio, me quedo atónito ante los vasos sanguíneos que se bifurcan como genealogías debajo de su piel. Su piel, que es una perfecta hoja de calcar desocultando el andamiaje sombrío de su musculatura. Y por debajo estos filamentos morados que aparentan nadar hacia la comisura de sus labios. Si la miro fijo, muy fijo, en un par de segundos intuyo en mi saliva el latido de su boca al dejarse besar. Sólo por ese instante perecedero su espectro se encarna, su sexo se dilata, su porosidad se degrada con sumisión hacia un brote de desborde físico, de enfermedad, de una fruición incomensurable”.

Esta noche sos algo especial. Estás demasiado viva; respirás demasiado y tus globos oculares oscilan como un periscopio. Sos la mujer sin héroes que ambicioné diseñar tantas veces; sos la opinión en el núcleo de la ciencia. Puedo amar tu idioma, la órbita cárnea de tus pechos ínfimos, la falacia de tu carcajada agria cuando condena. Llego a vacilar porque siento que me delatás, cuando te volvés porque sí. Cada mísero ademán tuyo se me va por la cabeza como una bocanada de humo avinagrado, como una borrachera que, delirante, entibia mis cánones y los empasta unos contra otros, reformándolos. Cómo me animo, no sabés, a creer que no me importás en lo más mínimo. Pero bajo este calor, y afuera esa oscuridad febril, entiendo que no existe el gesto que te suprima.

La mayoría de las veces, como ahora, no nos decimos nada, porque no hay nada para decir. Solo te quedas ahí acurrucada, atenazada a tu pantomima. Las nubes, que hoy tienen bordes dorados, se desflecan con pereza en un vértice de la ventana. Oímos música, como una música que alguien ha puesto a sonar, y en cierta forma nos trenzamos a través de ella, lamiéndonos en la síncopa, entregados al vaho seductor de su timbre. Dejo, y vos también, que suene. Música. Ojalá las cronologías detuvieran su huída hacia ninguna parte y nos abandonaran a una cuarentena en la que no me faltes. Y mientras tanto no parecés entender. Que me llevás. Que hoy me llevás a dónde querés, porque estás maldita.

Y me llevás de vuelta al mar. Mientras, escribo con el dedo en la arena húmeda:

“Será, tal vez, que algo temen en su negrura. Las olas, al zanjarle un camino en la laguna infinita del mar; el viento, al desenhebrar su cabellera con gentileza exagerada; la luz solar, al descubrir su cuerpo con la incredulidad de un amante que no la merece. Temen, sin duda. Pero ella no se puede dar cuenta, porque hoy por fin no es más que ella misma, aislada de golpe en el monólogo de su imperfección. Alguien que, desde lejos, ya no es el esbozo de la imaginación más perversa, ni una figura perdida en la topografía de mis desesperanzas. Sino alguien que, desde lejos, sólo creo divisar moviéndose en el agua”.

Desde lejos. Siempre en otra parte.

Como dejándote ir, como olvidándote para siempre, mientras tus pies van dibujando derroteros en la arena.

miércoles, 28 de febrero de 2007

Anatomía de la modernidad


El cuerpo popular no supone frontera alguna. Se trata tan solo de una partícula inmersa en el viento cosmogónico del universo, en ese fluir impreciso donde se entremezclan y reencuentran permanentemente todos los estados de las cosas existentes. No hay separación entre un sujeto-cuerpo y un objeto-naturaleza. La piel no es una muralla divisora, sino una membrana permeable que permite al cuerpo sumergirse de manera poco juiciosa en otros cuerpos semejantes, proyectarse hacia el domino de lo impredecible, de lo caótico, de lo incontrolable, de lo misterioso. No es un cuerpo que pueda (o quiera) recluirse en esa parcela de alambre perimetral electrificado que hoy llamamos “individuo”, sino uno que deja correr sus impulsos más profundos y con ellos anega el mundo sin pruritos ni segundas intenciones. Es, por ende, un cuerpo incontrolable, sin cauce, difuso, que a través de sus cavidades jugosas y sus protuberancias turgentes se constituye en una nebulosa comunitaria con otros cuerpos. No hay sujeto. No hay individuo. Hay un mundo unificado donde todo vive. El mundo epitomizado en una plaza medieval en semanas de Carnaval, donde caen los estamentos sociales y zozobran las coartadas físicas; donde el fraseo incoherente que canta John Lennon en “I Am The Walrus” se revestiría de súbito sentido: “I am he, as you are he, as you are me and we are all together".

Es el cuerpo popular de las épocas premodernas. Ese mismo que la modernidad se encargará de aniquilar, al amparo de una implacable racionalidad matemática que primero comete la osadía de aplicar cierto principio de electrólisis al mundo, aislando así al hombre de su sustrato natural, y después nos pone en una disyuntiva: ¿A cuál de estos dos nuevos entes conceptuales (naturaleza y hombre) pertenece el cuerpo humano?

La concepción moderna nos trae algo nuevo: un sujeto, un individuo, algo que transita en la naturaleza pero que ya no pertenece a ella. Entonces, el cuerpo humano adquiere un significado mucho más problemático y ambiguo que antes. Por un lado, es aquel que reafirmará la individualidad de los sujetos al exteriorizar las diferencias a través de los rasgos físicos (sobre todo en el rostro); por otro lado, será trascendido por este mismo ente conceptual de “individuo”, a través de ciertas figuras extra-corporales como el “artista” del renacimiento. Se podría decir, con un poco de humor, que el cuerpo hace el trabajo sucio de individualizar al sujeto para que luego éste, muy desagradecido, lo desplace y lo jerarquice por debajo, como un objeto más.

Los primeros modernos se atreven a tomar posición; el cuerpo humano es parte de esa naturaleza objetivada, que no se debe comprender con las patrañas sensoriales del dolor y el placer, sino con triángulos y ecuaciones y formulitas anotadas en un pizarrón. Bajo cierta perspectiva, puede decirse que sigue siendo lo que era antes: una parte integrante que fluye por los canales del universo natural. El detalle es que ahora el papel central de la comedia de la vida lo ocupa la persona, el individuo, el sujeto. Persona, individuo y sujeto que, en un alarde de abstracción, se da el lujo de separarse de su propio cuerpo y considerarlo un elemento más de la naturaleza, una cosa susceptible de ser mensurada y calculada como cualquier potus o gatito del vecino. El cuerpo es “un otro” y, como tal, pierde su carácter sagrado.

La naturaleza, y por ende el cuerpo, se hacen controlables a través de la ciencia. El sujeto regula su cuerpo; las membranas antes permeables se pueblan de murallas y gendarmes; las aberturas húmedas que antes nos hacían mundo son ahora soeces; los fluidos corporales se privatizan y los impulsos irracionales deben ser templados. El cuerpo se cierra y se pone así al servicio del individuo racional; ese que no quiere ser parte de otros ni del universo, ese que no quiere ser invadido, ese que quiere ser él mismo y preservarse ante las amenazas de otros. El cuerpo aparece entonces concebido como una posesión más, una herramienta que le permite al individuo obtener información de la naturaleza pero sin mezclarse con ella. Vos allá y yo acá. Nadie me quita mi ser yo mismo.

Es René Descartes quien, a través de sus meditaciones, propicia las bases de esta cosmovisión. Según sus elucubraciones, el cuerpo es un elemento que, como cualquier objeto de la naturaleza sensible, se percibe; es decir, sabemos que está ahí no porque nosotros seamos ese cuerpo sino porque lo percibimos. Sentimos nuestros dolores internos, vemos nuestras extremidades, tocamos nuestra piel. Por lo tanto, el cuerpo es un ente externo; el cuerpo no es la esencia de nuestro ser; nuestro ser no puede constituirse sobre algo que tengamos que sentir como un estímulo que nos llega desde afuera sino que, justamente, debe solamente ser. “Cogito Ergo Sum”. El ser es el que tiene conciencia de esos estímulos, el cuerpo es quien los envía desde afuera de esa conciencia. Son cosas diferentes.

¿Puede considerarse que un sujeto está efectivamente dentro del cuerpo, como si éste fuera una especie de jaula? El cuerpo premoderno no era un mero portador de almas, espíritus o esencias sino un todo indivisible. Indivisible no solo con respecto a sus supuestas partes internas sino con relación a la integridad del universo natural. La modernidad, en cambio, dirá que el cuerpo es ese resto lúgubre que sigue estando cuando decimos que el individuo ha muerto; es eso que se corrompe y se marchita. Eso que podemos manipular sin culpas como un ensamblado industrial de huesos, músculos y tendones. Es “ese monstruo amable y torpe que nos ha tocado cuidar, esa sombra hecha carne que se yergue sobre dos patas como un oso y se lava a sí misma y desde dentro de su sangre”.

Pero en este entramado hay una contradicción incómoda: el individuo trasciende al cuerpo y lo utiliza, pero a su vez es su prisionero, está atado a él. Entonces aparece el problema que pone en aprietos a nuestro amigo René; conceptualmente el cuerpo objeto está separado del espíritu sujeto pero, en la realidad material… ¿Pueden ambas cosas ser por separado? ¿No siguen formando acaso parte de una ontología única que no se puede dividir más que en términos de abstracción pura? ¿Puede el alma ser sin cuerpo? ¿Puede el cuerpo ser sin alma?, o mejor dicho ¿Tiene el mismo status un cuerpo vivo que uno muerto? (Recordemos que Descartes perturbadoramente equipara su propio cuerpo a un cadáver). Si nuestro cuerpo es lacerado ¿No sufre acaso nuestro espíritu?

Más allá de los cuestionamientos, cabe advertir que este pensamiento es la implicancia a nivel filosófico de un “proceso civilizatorio” político que corresponde al moderno ejemplar. La especificidad de lo que hemos llamado “cuerpo popular” está en los impulsos liberados, en los instintos incontenibles, en el irrefrenado flujo de humores hacia el mundo a través de aberturas irrestrictas. Ese cuerpo entrelazado con la naturaleza, impredecible, volcán de pulsiones ingobernables se convirtió, en cierto momento, en un cuerpo peligroso. Los cuerpos naturales aman el caos, se destruyen recíprocamente, no pueden explicarse ni controlarse. La vida humana, por extensión, está signada por el miedo. Los espacios de la vida son entonces espacios indefinidos de oscuridad y amenazas inasequibles, espacios sin forma, ni contorno, ni lugar, donde nada puede pensarse ni anticiparse. Es el dominio del puro impulso. Del puro instinto.

En nombre de un novedoso concepto como el de “bienestar humano” (antepuesto bruscamente al bienestar espiritual de la vida eterna) se hace necesario empezar a trazar límites. Límites que contengan los impulsos corporales y repriman sus instintos potencialmente destructivos. El cuerpo debe entonces replegarse sobre sí mismo; debe cerrar las aberturas que lo comunicaban aleatoriamente con el mundo-caos y de esta manera fundar un nuevo espacio ordenado de paquetes atomizados, medibles, clasificables, previsibles, jerarquizables. En una palabra: individuos. Este es el proyecto civilizatorio, y tiene éxito. El miedo al entorno disminuye, porque éste se hace calculable. Ahora todos guardan la compostura, los buenos modos, y cualquier pequeño gesto corporal que evoque el caos animalesco de antaño es impugnado como una aberración. Nadie va a salir desnudo a la calle, nadie va a aparecer gritando desaforadamente por ahí, nadie va a vomitar en la mesa, nadie nos va a partir un palazo en la cabeza porque sí, nadie nos va a violar ni acometer indiscretamente en nuestra privada existencia. Es la moral. Es el orden. Es la seguridad. Es el bienestar.

Este proceso civilizatorio también cuenta con el cuerpo como una esencial herramienta de la técnica. El cuerpo utilitario, el “cuerpo máquina” de nuestras modernas rutinas. Una vez moralizado y atomizado, el cuerpo es susceptible de descomponerse a gusto en unidades concretas de movimiento racional, lo que permite controlar, medir, contrastar y clasificar a los cuerpos en función de maximizar su utilidad para ciertos fines. Espacios tales como la escuela, la milicia, el hospital, la oficina y la fábrica están orientados al ordenamiento de cuerpos en una suerte de “base de datos” de impecable minuciosidad, en donde cada dato es calculado y cada centímetro es medido.

Marchas militares de ineluctable sincronía y coordinación de movimientos; alumnos del colegio formados en hilera según la división, ordenados según la estatura y tomando distancia uno del otro; empleados escudriñados con cámaras de TV mientras tiempos de productividad son rigurosamente medidos y analizados en gráficos de barras. La prisión y el monasterio le han ganado a la vida: los horarios y las rutinas productivas se han naturalizado en el cuerpo. Cuerpos discretos, emplazados en jerarquías, abarcables en puntos fijos en el espacio, secuenciados según movimientos ajedrecísticos con arreglo a fines. Siempre es necesaria una clasificación, un ordenamiento, un sometimiento simultáneo sin brechas, un panóptico que permita observar a todos, un mecanismo de relojería que dicte los pasos a dar. El proceso moderno, civilizatorio o como se quiera llamarlo se encarga de que los cuerpos tengan una forma precisa, un lugar propio, un movimiento predecible; que funcione como una máquina orientada a tareas cada vez más concretas y productivas.

¿Qué poderes orquestan semejante burocracia? Poderes sin nombre y sin rostro, poderes encarnados en la misma racionalización técnica que es una ontología con vida propia, que se autoconstruye permanentemente, reafirmándose, interponiéndose como fin en sí misma más allá de la voluntad de cualquier grupo identificable de hombres. El cuerpo está al servicio de la técnica.

Y la técnica está al servicio de la técnica misma, a ese fetichismo de la productividad burguesa. Los gestos improductivos, los impulsos corporales de la animalidad del hombre se ocultan, se velan, se condenan. El cuerpo moderno se proyecta hacia su propia supervivencia, hacia un simple estar en el mundo, hacia la reproducción sistemática y medible de las formas, sin que se le permita escuchar el llamado profundo de lo natural, de lo caótico, de esas vísceras revueltas que quieren volver a eclosionar porque sí, sin preguntas, sin registros, sin historia.

Hombres modernos, somos solo agentes que, como trenes, recorremos las trazas preexistentes del entramado racional, incapaces de pensarnos por fuera de ellas, consagradas nuestras biologías finitas a la construcción del aparato técnico. No tanto trabajamos para vivir como vivimos para trabajar; nuestra existencia tiene sentido en tanto seamos útiles, en tanto seamos perfectas herramientas de productividad. Desde el más remunerado ejecutivo al más ad-honorem cadete, todos asumen su papel y saben que el trabajo es dignidad; las horas no laborables, los recreos, los momentos de esparcimiento son funcionales en tanto sirven para recuperar energías y poder seguir con lo mismo al día siguiente. El hedonismo, el relax, los lujos, la belleza, el entretenimiento industrial operan para acolchonar los bordes filosos de la máquina y evitar que el cuerpo se quiebre, o que estalle en pedazos. Pero que no se nos ocurra a definirnos como humanos a través de lo no productivo, de lo que no sirve para nada. El individuo del “piensoluegoexisto” cartesiano, el sujeto higiénico, recatado, “civilizado”, la tuerca contada y numerada en la línea de montaje; son entidades conceptuales diferentes que remiten a un denominador común: la dictadura sobre el cuerpo cárneo, ajeno, objetivo, que debe ser contenido de sus impulsos para que no falle el aceitado mecanismo de la modernidad.

El proyecto civilizatorio es mezquino. Amortigua el miedo al entorno, pero potencia un nuevo tipo de miedo; el que aparece en el interior mismo del nuevo individuo. Es el miedo que surge de la represión constante de los instintos; el miedo a la desaprobación; el miedo al estado que vela por el orden; el miedo a la sociedad que lo juzga todo con ojo avizor; el miedo a los desvíos oscuros del camino, el miedo a las miradas fijas y a los cuerpos que se aproximan demasiado. Es la vergüenza, es el pudor, es la culpa, es rendirse ante un súper-yo dominante que absorbe las presiones externas y las retransmite desde adentro, las hace internas. El individuo moderno es pura tensión entre un manojo de impulsos y una dura restricción moral. Y de esta contradicción se nutren nuestras frustraciones, locuras y crímenes, que proliferan en esos inmensos océanos de insatisfacción llamados ciudades.

Y aún así, empotrado en un destino parcelado y etiquetado de herramienta, el individuo moderno le teme, más que nada, a la muerte. Hablar del instinto básico de supervivencia no alcanza para explicar el fanatismo por las cirugías estéticas, el terror de la vejez, el fetichismo de la “vida sana”, el dolor insoportable de la pérdida, el alargamiento obstinado de la vida, incluso a través de sueros y respiradores cuando apenas quedan signos vegetales ¿Qué nos ata tanto a este mundo-fábrica? ¿Qué nos impide encontrar sentido alguna a la idea de dejar de existir? Acaso la ingenua idea del progreso, de que la inteligencia del hombre es capaz de lograr en la vida terrena la verdadera felicidad, aquella que la vida en el Reino de los Cielos había prometido una vez a los religiosos. Pero la inteligencia del hombre no domina; sino la de una máquina anónima que, a través de esa promesa de felicidad, nos mantiene vivos antes que muertos. Porque así le convenimos: con este apego apasionado a una existencia miserable.