jueves 26 de marzo de 2009

Really happening

15 step - airbag - there there - all i need - kid a - karma police - nude - weird fishes / arpeggi - the national anthem - the gloaming - no surprises - pyramid song - street spirit (fade out) - jigsaw falling into place - idioteque - bodysnatchers - how to disappear completely [BIS] videotape - paranoid android - house of cards - reckoner - planet telex [BIS] go slowly - 2+2=5 - everything in its right place - creep.


En determinado momento de Idioteque, Thom Yorke declama con elocuencia que "this is really happening"; dos canciones más tarde, en How To Disappear Completely, se despacha con una frase similar, pero al revés: "this isn't happening". Con toda probabilidad, no hay contradicción más clarividente - más sincera - para desentrañar con el lenguaje lo que se pudo haber sentido en el Club Ciudad de Buenos Aires la noche del último feriado, cuando Radiohead por fin se presentó en Argentina por única vez.

Porque ¿Cuántas veces nos habremos detenido, sumidos en la vorágine de un apretujamiento de nervios y transpiración, a caer en que sí, esto "realmente está sucediendo"? ¿Y cuántas más nos habremos quedado mudos, convencidos de que - más allá de toda evidencia - la irrealidad prevalecía triunfal? Y así, canción tras canción hasta que, sin advertirlo (por estar en las nubes), las dos horas se pasaran volando con el inconfundible regusto de lo efímero, lo inaprensible, o quizás lo onírico.

¿Demasiado aspaviento para un espectáculo de música y luces? Tal vez, pero hay que entenderlo en perspectiva: luego de años oyendo estas canciones en cinta, CD, mp3, streaming o el soporte que sea; luego de años escuchándolas en habitaciones vacías, bares concurridos, trenes repletos o autos varados en el tránsito; luego de años incorporándolas a la memoria, a la piel, haciéndolas símbolos o usándolas de señaladores para las páginas de nuestras vidas, de nuestras secretas elucubraciones mentales... Luego de todo eso, es muy difícil creerse la corporalidad brutal de la banda en vivo. No es tan sencillo como pareciera aceptar que los flacos están ahí y están tocando. Que no es que otra vez le dimos "play" a algo y nos pusimos, como de costumbre, a ensoñar.

Mi hipótesis, no obstante, es que a pesar de la borrachera y la resaca, Radiohead realmente pasó en el Club Ciudad. Que un tímido pero expresivo Thom Yorke, un circunspecto Jonny Greenwood, un afable Ed O'Brien, un sobrio Phil Selway y un entusiasmadísimo Colin Greenwood pasaron en el Club Ciudad. Y que dieron un show desbordante, intenso, de esos que no estamos acostumbrados a presenciar. Un show que amén del profesionalismo impecable (luces impecables, sonido impecable, performance impecable) trascendió el mero circo para convertirse en un genuino ritual, capaz de lo sumamente vandálico (2+2=5, sobre el final) como de lo solitario e íntimo (Pyramid Song, y un nudo en la garganta).

Pero la inteligencia del setlist no se agotó en su ancho abanico de emociones. Haber interpretado In Rainbows casi en su totalidad sirvió para confirmar en carne viva sus credenciales de álbum clásico. Weird Fishes, con sus intoxicantes arpegios a todo volumen, se logró inmisucir como un viejo hit; Jigsaw Falling Into Place, esa obra maestra del crescendo y el no dar respiro, dinamitó todo con una virulenta versión eléctrica que bien pudo haber aniquilado a su público; Reckoner directamente fue como un himno. El único signo de debilidad lo aportó Nude, una canción vieja en la peor connotación de la palabra, una parodia apenas maquillada por sus lujosos colchones de cuerdas y la fenomenal performance vocal de Yorke (y su voz de sirena en un naufragio).

Otro acierto relevante fue la inclusión de un puñado de arreglos alternativos entre tanto calco de estudio, sobre todo en los números más electrónicos del recurrente Kid A y Hail To The Thief, como la embrujadísima The Gloaming ("genie let out of the bottle, it is now the witching hour"), una monstruosa The National Anthem con el escenario prendiéndose fuego y la excelente versión neo-fiestera de Everything In Its Right Place (introducida con un pequeño homenaje de Thom a Tim Buckley y Song To The Siren) con su extensa coda llena de clicks y beeps y cositas funky ante las cuales era improbable mantener el cuerpo estático.

El segmento bajonero de rigor estuvo capitaneado por esa sobrecogedora oda a la muerte que es Pyramid Song, que con su elegante piano a lo Satie, su psicodelia y sus guitarras tocadas como cellos fue el único, y oportuno, giño al olvidado Amnesiac. Complementaron una versión algo plana de No Surprises y la sorpresiva inclusión de su análoga Go Slowly, un tema del disco bonus In Rainbows que amenaza todo el tiempo con reventar sin hacerlo nunca. La depresiva in-extremis How To Disappear Completely, fue tocada expresamente (O'Brien dixit) para homenajear a los 30.000 desaparecidos del PRN en el feriado del 24 de marzo, gesto que fusionó de manera brillante la correccion política clásica con el humor negro.

El Radiohead más guitarrero también se sumó a la deliciosa marea de contrastes, aunque el legendario The Bends fue escasamente revisitado. En compensación, se presentó quizás el tema más emotivo de aquel álbum, la desolada Street Spirit, mientras que Planet Telex, con su tremolo a lo How Soon Is Now?, fue una grotesca medusa de distorsión pegoteándose a los oídos. Otros momentos bien al palo fueron otorgados por el infravalorado Hail To The Thief (el final de There There y 2+2=5 provocaron la absoluta apoteosis del público) y la ubérrima Paranoid Android, el momento clave; el momento en el que muchos de los presentes nos apiolamos de que todo esto estaba "really happening".

La frutilla del postre fue, inesperadamente o no tanto, Creep, aquel hit maldito de Pablo Honey al que se le da más prensa (positiva y negativa) de la que merece. Una canción adolescente, sólida como cualquier otra, ostensiblemente manoteada del clásico de Phil Everly y The Hollies The Air That I Breathe y llevada a la inmortalidad por esos paranoides eructos eléctricos de Jonny Greenwood. La respuesta de amor y odio que genera en los fans hace que su inclusión no pueda escapar a los comentarios y bisbiseos. Luego de años de repudio por parte de propia la banda, la aparición de Creep puede ser leida de múltiples maneras: una señal de pura y llana hipocresía; una reconciliación con las raíces; una crítica implícita al snobismo que la banda abrazó con discos como Kid A; una ironía apenas disfrazada; una pequeña concesión a la nostalgia por ser este el primer tour en Sudamérica; o cualquier cosa.

Poco importa después de todo, ya que el final-final, con Yorke en primer plano, cantando casi a cappella las siempre resonantes "What the hell I'm doing here, I don't belong here" y el público coreando a todo pulmón, fue un epílogo más que apropiado para uno de los mejores conciertos de rock que jamás se hayan visto en Buenos Aires.

BONUS:

LAS ENTRADAS: carííííísimas, nos vieron la cara, pero ya fue.
EL LUGAR: medio choto, pero así suelen ser los festivales, qué se le va hacer.
LA GENTE: quilombera, empujones, forcejeos, desmayos, paquetes masculinos en mi culo, encima varios filmando como boludos con las camaritas y celulares, pero bue.
KRAFTWERK: muy groso, especialmente Radioactivity.
LA PORTUARIA: muy groso también, qué se yo.

Se nota que me chupa todo un huevo después del flor de recital que se mandó Radiohead ¿no?

lunes 9 de febrero de 2009

Vida o muerte

Cada vez que salen a la luz casos de eutanasia como el de Eluana Englaro – la italiana que vivió 17 años en coma irreversible hasta que le desconectaron la alimentación artificial – las pasiones humanas se ven azuzadas de tal manera que casi nadie puede o quiere permanecer indiferente ante los hechos. Hechos que, por lo general, le ocurren a gente anónima, gente desconocida, gente que muchas veces vive a miles de kilómetros, en otros países o continentes. Hechos que, además, no son más que coletazos de acontecimientos olvidados: accidentes, tragedias de hace diez o veinte años que ya nadie tiene presentes y cuyas consecuencias a nadie afectan (exceptuando, claro está, a los familiares de las víctimas). En suma: hechos que, tristes como son, pertenecen al ámbito estricto de lo privado.

Con todo, ante el anuncio público de una eventual eutanasia, algo explota. De pronto los medios del mundo comienzan a publicar fotos sonrientes de la persona (¿la llamamos víctima? ¿la llamamos sobreviviente? ¿la llamamos algo?) en sus portadas. Los políticos se ven irresitiblemente movidos a pronunciarse - y actuar - con una vehemencia que desafía cualquier razón (lo de Berlusconi declarando que Eluana podría tener un hijo es maravilloso), para ser insultados como parias y aplaudidos como héroes. La iglesia, por su parte, se lanza a proferir advertencias y tampoco sus dichos caen en saco roto; conmueven o resienten profundamente a quien las reciba. Gente “equis” que hasta hace poco nada sabía - y que probablemente siga sin saber - del tema se aglomera en las puertas de alguna clínica encendiendo velas, desplegando pancartas e improvisando martirios (tales como bloquear el paso de una ambulancia). A todo esto, los familiares que resolvieron, con el aval de la justicia, la desconexión de respiradores y sondas sienten de golpe que el mundo los señala con el índice, aprobándolos y condenándolos por partes iguales, casi sin medias tintas. El hecho en principio lejano, privado, anónimo, de repente ha conmovido una fibra colectiva irrefrenable; y sin proponérselo en absoluto – porque ya tiene bastante – calienta el caldo para el más variopinto guiso de dogmas y fanatismos.

No es para menos: despues de todo la persona, esa persona sonriente y viva que nos mira desde diarios y revistas, va a morir. Y no solo eso, sino que va a morir asesinada. ¿Quién puede mantenerse ajeno?

Uno de los aspectos más perturbadores de este tipo de debates – y acá cuentan también los que versan sobre el aborto o el suicidio – es cómo siempre acaban planteándose en términos de “vida” versus “muerte”, como si se tratara de un superclásico del domingo. La postura a adoptar no es a favor o en contra de la eutanasia: es a favor o en contra de “la vida” y a favor o en contra de “la muerte”. Claro que sin obviar las sutilezas semánticas de rigor: los que dicen bancar a “la vida” acusarán a sus antagonistas de apoyar a “la muerte”. Los que apoyan a “la muerte" replicarán, con un poco más de ayuda del léxico, que en realidad están a favor de “la muerte digna” y acusarán a sus oponenetes de defender “la vida en condiciones indignas”. Lo que comienza como una discusión sobre un procedimiento clínico concreto (mantener, o no, viva a una persona con mecanismos artificiales) termina jugándose en un terreno tan abstracto que se hace insoluble, quimérico. Y aún así, ambos términos están tan arraigados en nuestra cultura simbólica que son pocas las personas que se toman un minuto para extrañarse de su propio discurso y preguntarse: ¿Existe acaso algo más tenebrosamente ridículo que pronunciarse a favor o en contra de la vida y de la muerte?

Esta aparatosa danza de significantes vacíos, la utilización de “la vida” y “la muerte” como palabras-comodines que se llenan con el sentido que la ideología disponga, no responde simplemente a una manipulación intencional del lenguaje. Hay algo estructural, mucho más problemático, obrando en los entretelones de casos como el de Eluana: y eso es, sin más, el pensamiento que concibe la vida y la muerte como opuestos. Esta falsa antinomia, esta nefasta y horrenda antinomia sigue siendo - a pesar del racionalismo y el iluminismo y el secularismo y toda esa inútil parafernalia moderna - el molde del que se extrae buena parte de la cosmovisión occidental.

La vida y la muerte son inseparables. Son lo mismo. No existe, no es concebible, no es pensable la una sin la otra. Solo aspira a morir quien está vivo; solo vive quien aspira a morir. La vida es un proceso bioquímico que, al realizarse, no tiene otra opción que destruirse a sí mismo y a otras vidas, cumpliendo así su ciclo para dar comienzo a otros nuevos. ¿Cómo? Tomemos el ejemplo de la cadena alimenticia: ¿De qué nos alimentamos? De seres vivos - lechugas, peces, vacas - que, para cumplir con la burocracia nutritiva, deben previamente pasar por el trámite de morir (o incluso abortar la procreación como ocurre con las frutas y las semillas). En síntesis; nos alimentamos de muerte, de vida, para seguir viviendo. Si preferimos un abordaje menos prosaico, aunque análogo, entonces digamos que la muerte no niega la vida sino que la reafirma y le da valor. Solo ante la muerte podemos observar, con plena certeza y más que nunca, que eso que se está completando es vida y no algún fenómeno monstruoso. Y es solo ante la perspectiva de la propia muerte - algún día, viejos, enfermos o estrolados contra una vidriera - que podemos argumentar que nuestra vida tiene algún valor (de igual forma que el placer sexual se disfruta por su condición efímera; quien lograra provocar un orgasmo perpetuo podría jactarse de haber inventado la más siniestra de las torturas).

Cuando, guiados por alguna retorcida superstición, pretendemos separar de la vida la naturaleza de la muerte, aislándola como si fuera una cosa diferente y negadora, ésta se transforma en un fantasma pútrido, incomprensible, terrorífico, como bien lo caracteriza Settembrini en La Montaña Mágica. Y ese concepto puramente negativo de la muerte, que la asocia con imaginería macabra y colores oscuros, es el que lleva a estos enfrentamientos increíbles en los que se elige entre estar a favor de la vida o de la muerte, armando bandos de cruzados que se descalifican mutuamente, con todo el pathos que el protocolo de la imbecilidad exige.

Lo profundamente irónico es que esta deplorable concepción de la vida y la muerte como antónimos se inspira tanto en la religión como en el secularismo moderno. Son el Antiguo Testamento y el Evangelio los que introducen con fuerza esta idea extravagante de la “salvación”, de salvarse y salvarnos. ¿Salvarnos de qué? De la muerte, claro, socia por excelencia el pecado original. ¿Qué logró Jesús al resucitar sino hacernos zafar de la muerte? Es a partir de la mitología bíblica que toda una civilización entendió, sin más, que la muerte, esa especie de enemigo, de terror, era algo de lo que debíamos - o debemos aún - ser salvados. Lo interesante es que, una vez derrotada, la muerte quedaba reducida a nada, a un mero boquete en la eternidad. Es por eso que en la Edad Media, momento histórico asociado al mayor oscurantismo religioso, la muerte biológica ya no tenía mala reputación; después de todo, era el momento en el que por fin se abandonaba este Valle de Lágrimas para retozar eternamente en la gracia divina. Nuestros antepasados de la Edad Media - cuyos carnavales celebraban el nacimiento, el sexo y la muerte como una misma cosa - hubieran llorado de la risa de solo pensar en mantener viva a una persona a través de tubos y sondas.

Es con el advenimiento de la igualmente extravagante idea de “progreso” que la ecuación de la muerte vuelve a oscurecerse. Dado que por intermedio de la industria y las artes la plenitud puede alcanzarse físicamente, aquí y ahora, en este mismo mundo, la degradación de la muerte se convierte en un soberano insulto a la humanidad. Y esta vez, iluminismo mediante, ya no hay Reino de los Cielos que valga. La Iglesia sigue proclamando la salvación, pero los tiempos que corren ya no le creen. ¿Qué mejor demostración que la propia postura de la Iglesia sobre la eutanasia? Le parece más piadoso mantener artificialmente con vida a alguien que debería haber muerto hace rato, que dejarlo cruzar el umbral y llegar hasta Dios. A pesar de amparar su postura en una supuesta “sacralidad de la vida”, la Iglesia parece tenerle demasiada fe a la medicina, y muy poca a sus buenas noticias de felicidad eterna.

¿Qué estoy queriendo probar con toda esta disgresión? ¿Que es absurdo llorar seres queridos que fallecen? ¿Que no es tan terrible pegarle un tiro a cualquiera en la cabeza? No. Solamente procuro resaltar la bestialidad de algunos discursos que se dieron con respecto al caso de Eluana Englaro. Hacía diecisiete años que sobrevivía como un conjunto de funciones sin conciencia de sí, sin esperanza alguna de recobrarla; ¿Qué extraño sentido de la compasión quiere ver vivir a toda costa a alguien en ese estado? ¿Qué tan infame puede ser que una colección de tejidos alimentados por electricidad y fármacos se deslice de a poco a su anhelada, a su prometida muerte? ¿De dónde viene ese fanatismo que carga contra un padre que simplemente hizo lo que creyó adecuado, después de esperar en vano diecisiete años? ¿Qué tan terrible, qué tan doloroso, qué tan malo puede ser morir en estas circunstancias?

sábado 22 de noviembre de 2008

No hay banda - White Album 1968 - 2008

¿Qué nombre le ponemos al álbum? No sé, ni idea, a ver... ¿Cómo le habíamos puesto al anterior? "Banda de Corazones Solitarios del Sargento Pimienta" ¿no? El nombre de una banda ficticia. ¿Y por qué no hacemos lo mismo? O sea, otra banda ficticia. ¿Qué bandas ficticias se nos pueden ocurrir esta vez? Bueno, teniendo en cuenta cómo andamos por casa, una buena banda ficticia sería "The Beatles". De hecho.


Hoy, justamente, se cumplen cuarenta años - ¿ya? ¡cuarenta años! ¡cómo pasa el tiempo! - de la publicación de The Beatles, noveno álbum de estudio de la banda de rock ficticia del mismo nombre (décimo si contamos el EP "Magical Mystery Tour"). Son treinta canciones distribuidas en dos discos que suman noventa y tres minutos con cuarenta y tres segundos de pura música. Más allá de lo que ciertos trasnochados fans de los Beatles suelen sostener con loca pasión, los temas son en general bastante flojos. Aún así, el alienante efecto de aura que aporta el nombre sacrosanto "The Beatles", sumado a la frondosa megalomanía que se inhala desde los crujientes riffeos de Back In The USSR hasta el edulcorado final "joligudense" de Goodnight, convierten automáticamente a esta más bien inocua proyección de egos paralelos en una obra... ¿Maestra? Para ser justos, digamos, en todo caso: digna de ser discutida.

Sí, digna de ser discutida aunque, en rigor, en estos cuarenta años se ha discutido hasta el hartazgo; como todo lo que han hecho y dejado de hacer los cuatro "fabulosos" de Liverpool pero, si cabe, aún más. Casi es imposible abordar cualquier verbalización sobre The Beatles - que en un rapto de ingenio la plebe ha rebautizado como el White Album - sin desplomarse en los más arratonados clichés. Tan imposible es, que yo mismo incursionaré, aquí mismo, en unos cuantos.

Empecemos por aquel que tiene que ver con si-tendría-que-haber-sido-o-no-un-álbum-simple. No, no tendría que haber sido un álbum simple. De haberlo sido, no habría llamado tanto la atención de los mitos y las leyendas. Porque ¿Qué tiene de llamativo un disco de los Beatles repleto de grandes canciones? Para eso están Rubber Soul, Revolver, el referido Sgt. Pepper's y tantos otros. No. Precisamente lo subversivo del White Album es que los Beatles renuncian a cualquier cosa que huela a control de calidad - incluso aquella que proviniese de ellos mismos - y le vomitan al oyente sus conspiraciones más espontáneas y descabelladas. Tras años de fatigante meticulosidad para hallar hasta el más recóndito ribete de coherencia - que los llevó a dejar de tocar en vivo para convertirse en bicharracos de estudio -, los Beatles se animan a ser cuatro tipos locos y exclamar con alegría "ey! somos los Beatles, podemos hacer lo que se nos ocurra (la gente lo va adorar, y si no, ¡Nos importa un soberano huevo!)". El nombre sacrosanto, que en otra oportunidad podría haber ejercido como un ajustado corsé - el que intentó abrocharles George Martin, quien quería solo canciones dignas de los "Beatles" - sorpresivamente hizo que se les suelte la correa. Eran tan poderosos entonces que podrían intentar, literalmente, cualquier cosa. No iban a fallar de ningún modo.

El White Album es una obra catártica, pero de catarsis individual. John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr no solo se liberan, en cierta forma, del supuesto estándar que los Beatles debían alcanzar por llamarse así, sino que fundamentalmente se liberan uno del otro. Todos, incluso Ringo en su escala, tienen pista libre para hacer con sus ideas lo que se les antoje la reverenda gana, sin censura de nada ni nadie, casi como si estuvieran trabajando en un proyecto solista. Y aquí aparece otro viejo y conocido cliché: aquel que dice que The Beatles suena como cuatro - dos y medio para ser justos - álbumes solistas entongados. Paul McCartney grabando Why Don't We Do It In The Road? solo con Ringo (a quien había apartado de la batería en Back In The USSR para tocar él mismo el ritmo que quería); Harrison invitando por su cuenta a Clapton a tocar en su While My Guitar Gently Weeps, Lennon con su novia japonesa masturbándose con las cintas de Revolution 9; son postales que hablan de cómo se gesta el álbum. Cada uno en la suya, alejado y desinteresado de los otros tres, elucubrando sus propios proyectos sin contar demasiado con nadie más. La sinergia que hasta entonces los convertía en algo mucho más grande que la suma de las partes, ya no existe más. Los Beatles para 1968 son cualquier cosa, excepto una banda de rock.

Y se nota desde kilómetros escuchando el álbum. Las canciones, en su mayoría, suenan secas, plomizas y carentes de gracia; esa vibración especial (única, compacta) por la que la habitación cambia de aire o de textura cada vez que suenan los Beatles, simplemente está ausente. Son viñetas desencantadas que solo parecen estar ahí para vehiculizar los caprichos fatuos de cuatro flacos, talentosos pero mezquinos, haciendo más o menos lo primero que se les viene a la cabeza. La cosa no se queda ahí: hay canciones verdaderamente impresentables en el álbum, y no hablo en términos relativos. Ringo, por ejemplo, debuta como compositor con resultados catastróficos (Don't Pass Me By); todo bien, adentro. A McCartney, indulgente consigo mismo, se le escapa una ventosidad anal y saca Why Don't We Do It In The Road?; todo bien, palo y a la bolsa. Lennon, sin quedarse corto ante tanto desatino, idea un collage cacofónico de diez minutos; todo bien, suma.

Pero lo que pierde en calidad intrínseca, el White Album lo gana en enigma. Lo gana en amplitud. Lo gana en alcance. Se ve claramente a los Beatles intentando una huída hacia todas partes, como una colonia de insectos que disparan para cualquier lado cuando se levanta una pierda del jardín; el resultado es, valga la redundancia, el álbum más increíblemente disparatado que existe. Lejos. Habrá obras más ambiciosas, más complejas, más elaboradas, sin dudas. Pero ninguna más incoherente; ninguna más sinuosa; ninguna más encantadoramente anárquica. En The Beatles cualquier cosa puede ocurrir, nada queda descartado y todo género está al alcance de la mano. Desde el ska de Ob-la-di Ob-la-da (diez años antes de Madness y The Specials) o el hard-rock extremo de Helter Skelter, hasta el country de Rocky Raccoon o la música concreta de Revolution 9, el álbum, hablando mal y pronto, da para todo. Un poco deja la impresión de que los Beatles quisieron escribir una enciclopedia que abarcara todos los tipos de canción que habían escuchado en sus vidas. Diría que, si esa fue la intención, no estuvieron nada errados.

Aún así, escuchar el White Album entero es un plan chino. En lo personal, hace años que se me hace una experiencia hondamente frustrante; tanto que ya ni lo intento. En determinado momento, antes de que termine el primer CD, el diluvio de temas "medio pelo" - aunque alternados con ocasionales joyas - se hace tan copioso que me genera un grave malestar y termino apagándolo todo con la cabeza quemada (y una sensación ambigua de alivio y fracaso).

Todavía me acuerdo cuando vi por primera vez los CD's en las bateas del Musimundo de Unicenter; una cosa gorda y completamente blanca, con una cubierta minimalista (diseñada por Richard Hamilton) que recuerda a una lápida, y títulos improbables como Everybody's Got Something To Hide Except Me And My Monkey. La fascinación fue inmediata, y cuando finalmente lo tuve en mis manos - regalo de navidad - me sumergí en su laberinto con un abandono exquisito. Mirando una por una las minúsculas fotos del librito, aprendiéndome poco a poco, afanosamente, el orden de las canciones y después las letras: un laborioso acto de amor que hoy en día ya no podría replicar con ningún otro álbum. Con el correr del tiempo, me volví mucho más gruñón e intolerante ante números auténticamente espantosos como Birthday, o simplemente abúlicos como I'm So Tired o Rocky Raccoon.

De todas formas sigue siendo, para mí, un artefacto muy especial. Siempre me gusta pensar en el White Album como la "Rayuela" del rock: un profuso mosaico de fragmentos para recortar y armar a gusto, saltando de un tema al otro, cambiando las secuencias, salteándose sin culpa las partes que se hacen engorrosas o sencillamente escuchado mis canciones favoritas (y las de todo el mundo), como la preciosa While My Guitar Gently Weeps, la imponente Dear Prudence o esa impactante gema dadaísta llamada Happiness Is A Warm Gun.

Entonces ahí está. Cuarenta años para uno de los álbumes más mitológicos, sino el más mitológico, que se haya grabado. No. No es el mejor álbum de los Beatles. Hay discos mejores de ellos mismos y muchísimos discos mejores de otras bandas. Hay discos más interesantes, más contundentes, más emocionales, más expresivos o con más propósito. Eso sí: no hay ningún disco igual. The Beatles, con esa cubierta sin maquillaje que anuncia de antemano las verrugas contenidas dentro, es en sí mismo una especie de un solo ejemplar. Tal vez por eso, merezca ser juzgado con una vara completamente diferente a la que usualmente se usa. Y en ese caso, un juicio definitivo sobre el mismo parece imposible, además de fútil.

Felicidades al White Album, y por cuarenta años más.

martes 18 de noviembre de 2008

Sin problemas

Me miraste y me dijiste "¿no podés dormir?"; te dije "no, no me acostumbro a dormir al lado de alguien"; me dijiste "¿pero qué, te molesto?"; te dije "no, pero no quiero dormir, me quedo mirándote y pensando que no estoy tan apurado por escaparme"; me dijiste "¿escaparte?"; te dije "sí, dormir, soñar"; entonces te diste vuelta y apoyando la cabeza en la almohada me miraste más seriamente y me dijiste "¿por qué?"; te dije "no me hagas tantas preguntas, no sé qué contestarte"; me dijiste "está bien, no siempre tenés que contestar"; entonces no te contesté e hicimos silencio un rato; de repente me dijiste "a mí me gusta dormir con alguien al lado"; te dije "¿por qué?"; me dijiste "porque sí, porque está bueno, está bueno despertarme y que estés ahí"; te dije "¿aunque no me pueda dormir y me mueva todo el tiempo?"; me dijiste "sí"; te dije "pero vos dijiste alguien, y ese alguien podría ser cualquiera"; me dijiste "ahora sos vos"; yo te dije "mañana quién sabe"; te reíste, te reíste porque pensaste lo mismo; entonces me volviste a dar la espalda, te acurrucaste y me dijiste algo que no me puedo acordar; te dije "en vez de dormir me quedo mirando por ejemplo esto" y dejé caer mi mano abierta en la curvatura tonta de tu cadera; no me dijiste nada pero me parece que te seguías riendo o ya estabas medio dormida de nuevo; te dije "cuando voy por la calle siento que la ciudad tiene como un pulso perfecto, todos están yendo del punto x al punto y, pero yo estoy a destiempo, estoy de paso como una corriente de aire o como una llovizna y esté donde esté, estoy ahí sin ninguna razón de peso"; te dije "solo da la casualidad de que hay una ciudad, edificios, gente, justo por donde yo camino"; no sé si me escuchaste; te dije "pero cuando estoy acá y vos estás acá, eso no me pasa tanto, por eso no puedo dormir ¿entendés?"; no sé si me escuchaste; te dije "a mí también me gusta dormir con alguien, con vos, al lado"; no sé si me escuchaste; te dije "ey!"; después ya no te dije más nada porque no me escuchabas y porque por fin ya me había dado sueño. Esa fue una de las últimas veces que hablamos. Ahora me duermo sin problemas.

martes 11 de noviembre de 2008

Ahí nomás...

Ahí nomás...

Igual:

A- El último álbum tampoco es para andar tirando cohetes.
B- Los precios de las entradas van a ser para desaparecer completamente y nunca ser encontrados.
C- Después del gran concierto de Maroon 5 de esta noche, a quién le puede importar esto...

En. Fin.

lunes 3 de noviembre de 2008

Ariembre

living well is the best revenge - i took your name - what's the frecuency kenneth? - drive - driver 8 - man-sized wreath - ignoreland - fall on me - electrolite - imitation of life - hollow man - everybody hurts - she just wants to be - the one i love - nightswimming - let me in - horse to water - bad day - orange crush - it's the end of the world as we know it (and i feel fine) [BIS] supernatural superserious - losing my religion - great beyond - man on the moon.


Twentieth century go and sleep.
Really deep.
We won’t blink.

Electrolite

Empezó noviembre. En mi caso particular, empezó noviembre con un soberano recital de R.E.M. en el Personal Fest, lo que me inspiró a chapucear uno de los más inefables títulos de la historia de este blog. Comentarios derogatorios de cualquier tipo: abstenerse, claro está.

Fue una espera diferente a otras, sin la adrenalina de luces que se apagan de golpe o de roadies probando instrumentos. Ni siquiera fue una espera, ya que apenas terminaron de tocar los Kaiser Chiefs en el segundo escenario - todavía no había encontrado mi lugar reservado entre la masa - en el escenario de enfrente apareció R.E.M. y procedió, como quien dice, a romperla.

Esta no es la típica banda de sexo, drogas y rock n' roll que uno iría a ver para hacer pogo o gesticular cuernitos a la Beavis and Butthead. Los tipos tomaron el nombre al azar de una enciclopedia y eso lo dice casi todo. R.E.M. - Rapid Eye Movement - es la fase del sueño en la que soñamos; en los sueños residirá acaso el dejo poético de un sustantivo propio que alardea ciencia y saber. Si su bandita universitaria no la hubiera pegado, estos tipos estarían en sus casas de Georgia, conjeturo, recortando enredaderas para que queden más prolijas y trabajando en negocios de computación. O administrando una granja, como lo hace hoy el ex batero Bill Berry en un elocuente ejemplo de lo mundano.

Por suerte para muchos, la banda la pegó y los otros tres - Michael Stipe, Michael Mills y Peter Buck - siguen grabando discos y haciendo giras, aunque alguno argumente, sin originalidad y con razón, que ya están lejos de sus días de gloria. Claro: no tiene mucho sentido hablar de "días de gloria" para bandas que ya han trascendido algo tan vulgar como el tiempo. R.E.M. fue y volvió muchas veces: el 1ro de noviembre, anteayer, volvió a Buenos Aires (después del Hot Festival en 2001) para presentar su flamante disco Accelerate.

Tal vez la palabra "profesional" sea demasiado glacial para calificar lo que fueron el sonido, lo visual y la performance de la banda. No obstante, ni más ni menos que eso fueron; profesionales. Kilómetros y años de giras encima no se cargan en vano; amén de la excelente reputación que tienen como banda en directo, la cual fue totalmente avalada en las puntuales dos horas de show que brindaron. Todo salió como tenía que salir: el sonido potente; la banda ajustada como un par de calzas; Stipe robándose la noche con sus credenciales de showman y una voz impecable que parecía directamente de estudio; y las pantallas gigantes dinamizando con un arte visual de una calidad inverosímil. En suma, hacieron valer el billete invertido.

El setlist se dio el grosero lujo de omitir material de los primeros dos álbumes, lo cual sería apenas un frívolo detalle sino fuera que Murmur (1983) es una de las obras de arte más perfectas que ha parido el rock - esto no es ocurrencia mía solamente - y que su sucesor Reckoning (1984) no le va en zaga. Un gesto al que no termino de prodigar aquiescencia, aún sabiendo que "el R.E.M. de la gente", apareció mucho después con el pase de IRS a Warner y el éxito espectacular de Out Of Time (1991) y Automatic For The People (1992). Que hace rato se hayan constituido en una rentable banda de (pequeños) estadios para (pequeños) burgueses no elimina que, en sus albores, R.E.M. hayan sido los padrinos absolutos de lo alternativo-indie-under o como-quieras-llamarlo. Y si la gente no lo sabe o lo olvidó, hay que recordárselo; hay que escupirle en la cara mitos como Radio Free Europe - temazo fundacional que hace años casi no tocan - o South Central Rain.

Sea como sea, que aún descartando su obra maestra hayan brindado un setlist del carajo, por decirlo así, habla a las claras del intimidante repertorio que hornearon estos muchachos en veinticinco años de trayectoria. Para compensar la mencionada omisión, dejaron constancia de todos los demás álbumes a excepción de Up (1998) y Around The Sun (2004). En efecto, hasta incluyeron un tema de Fables Of The Reconstruction (1985), aquel oscuro y poco mencionado tercer LP del cual no florecieron ni éxitos ni clásicos reconocidos. ¿La canción? Driver 8 ("we can reach our destination, but we're still a ways away"), dedicada expresamente a Barack Obama, en quien Stipe parece tener depositadas muchas esperanzas.

Esta canción, la más vieja de toda la noche (Stipe mismo lo reconoció: "this is a very old song"), sirvió de hecho para abrir el fuego del segmento más politizado, a lo largo del cual siguieron Man-Size Wreath, furibundo tema de Accelerate dedicado a George W. Bush, y Ignoreland, tema igualmente furibundo (esa carrera-hacia-el-estribillo me liquida) dedicado al otro Bush, al que no tiene la W. pero es igual de odiable y que también invadió Irak en algún momento. Por si no quedaba claro, Stipe subrayó que él - y todos los que compartían el escenario - odian al actual gobierno de EEUU, ese "very big and very strange place" del cual provienen.

Los guiños a las viejas épocas de IRS culminaron con la preciosa Fall On Me de Lifes Rich Pageant (1986), más las infaltables It's The End Of The World As We Know It - cerrando el show - y The One I Love, en la que Stipe fue presa de la síndrome-Bono y bajó del escenario para abrazarse con la gente; ocurrencia bastante ridícula si se tiene en cuenta que estabámos coreando una de las canciones más odiosas jamás escritas ("A simple prop to occupy my time, this one goes on to the one I love").

Como era de esperarse, Automatic For The People recibió una cobertura exhaustiva en la que no faltaron los clásicos Everybody Hurts, ramplona como siempre pero efectiva, Man On The Moon, Drive, la mencionada Ignoreland y la increíble, espeluznante, tristísima Nightswimming inaugurando el "momento bajonero" de la noche, con Mills al piano. En contraste, el otro caballito de batalla, Out Of Time, solo figuró a través de - no podía ser de otra manera - Losing My Religion, una de esas canciones monumentales de ácido desoxirribonucleico que nos sale cantar de memoria aunque no hayamos visto Out Of Time ni en figuritas (que no es mi caso, lógico, yo sí lo ví en figuritas).

Siguiendo con el desglose, se despacharon con tres (TRES!) canciones de Monster (1994), tal vez con la intención de reivindicar un álbum poco respetado, lo que dio como resultado algunos de los recodos menos memorables de la velada (salvando What's The Frequency, Kenneth?, claro). Hubo dos de Reveal (2001) - incluida la cantarina Imitation Of Life - y una sola de New Adventures In Hi-Fi (1996) - por lejos mi disco preferido de los cinco que sacaron en los 90 -, la hermosa Electrolite. Naturalmente, Accelerate fue profusamente promocionado con sus cuatro primeros temas, entre ellos el corte Supernatural Superserious que sonó a clásico en el BIS, más Horse To Water.

El momento más espectacular del show provino, sin embargo, del álbum Green (1988): una estremecedora rendición de Orange Crush, una cosa titánica que hizo saltar todo con su feedback desatado y su apoteósico coro, mientras Stipe correteaba por ahí medio loquito gritando con un megáfono. Bad Day y The Great Beyond, solo hallables en el compilado In Time, completaron el generoso panorama de un concierto que para mí ya es inolvidable.

¿Temas que extrañé? Muchos o muchísimos pero... ¿Qué más se le puede reclamar a un espectáculo de dos horas? Sí, podrían haber tocado Begin The Begin, que es mi canción favorita del grupo. De hecho, la tendrían que haber tocado. De hecho, cuentan los rumores malintencionados que estaba anotada en uno de los setlists que Stipe desparramó sobre el público al finalizar el concierto. Faltaron algunos hits como Stand (que de todas formas no me mueve tanto) y clásicos como These Days. Faltó que tocaran algo más de Hi-Fi, como la impresionante E-Bow The Letter. Faltó Houston, por lejos la mejor canción del último disco. Faltó, faltó, faltó. Siempre falta algo si nos lo proponemos.

Me cuesta hilvanar alguna conclusión profunda o remate con gancho para quedarse pensando. Las palabras se hacen fútiles con bandas como R.E.M., que hace tiempo que son leyenda y todo lo que se pueda escribir de ellos queda pequeño en comparación con lo que inspiraron y siguen inspirando sus canciones. Solo invito a seguir escuchando los discos y esperar a que vuelvan pronto a tocarnos más Murmur y más Reckoning.

SOBRE LOS APERITIVOS:

MARS VOLTA: Realmente no me pude meter en lo que vino a ofrecer The Mars Volta y tampoco me esforcé demasiado para tratar. Me acerqué a escucharlos con alguna expectativa, básicamente por Frances The Mute, una obra cumbre del rock progresivo de la cual no tocaron nada. De hecho, solamente interpretaron cuatro canciones (Drunkship Of Lanterns, Viscera Eyes, Wax Simulacra y Goliath) que sonaron todas más o menos a lo mismo: una zapada deforme y epiléptica para la cual no estaba demasiado predispuesto, a decir verdad. Una de las grandes virtudes de Frances The Mute es su cuidado balance entre freak-outs ensordecedores y pasajes más misteriosos donde hay lugar para el jazz, la psicodelia y hasta la música concreta. Lo de Mars Volta el sábado se hizo muy predecible y hasta monótono: estuvo bien que fuera improvisado, pero faltaron matices y picos de tensión. Se hizo muy difícil distinguir algo entre los aporreos interminables de Rodríguez López y los grititos de Bixer-Zavala. No es que me disguste este tipo de música: lo dije, me encanta Frances The Mute, solo que no estaba psicológicamente preparado para ese free-jazz-metal cósmico que trajeron, o como diablos se denomine esa cosa. Goliath, con sus claras influencias de King Crimson, fue lo que más disfruté. Cuando se fueron del escenario, no obstante, les agradecí de corazón el haberse llamado a silencio.

BLOC PARTY: No conozco Bloc Party y luego del derretimiento parcial de mi cerebro causado por los Mars Volta no tenía muchas pilas para iniciarme. Los escuché de lejos comiendo un paty y no sonaron para nada mal, pero tampoco me llamaron mucho la atención. Por momentos me recordaron a New Order. Fue música de fondo. No puedo opinar mucho.

KAISER CHIEFS: Divertidos y saltarines pero dolorosamente inocuos. El guitarrista parecía un Byrd. El cantante, un Beach Boy. El bajista, un Stroke. Suenan como un refrito de Blur y Supergrass, que a su vez eran un refrito de XTC. Honestamente estoy medio hasta los huevos de refritos; hace falta en Inglaterra alguien que quiera hacer algo original. Urgente. Es ante este tipo de fiascos que se me ocurre revalorizar un poco la propuesta ultra-arriesgada de Mars Volta. De todas formas reconozco que para lo que se proponen son muy efectivos: le ponen onda, son simpáticos, hacen canciones bailables y coreables y toda la bola. No tienen personalidad ni contenido alguno pero te hacen pasar el rato, como quien se divierte en una fiesta de cumpleaños. Ellos mismos no podían ponerlo más claro: everything is average nowadays.

viernes 31 de octubre de 2008

Pilgrimage (Peregrinaje)

Ahí contraté todo lo que son turcos ladrones, geishas desnudas, carminas buranas y ansiolíticos para duendes de belfos con silueta de cono. Todo lo que tiene que ver con el síndromo, el palíndromo y el anticonceptivo de emergencia. Todo lo relacionado con el gran vertidor de epopeyas y los profes proxenetas que acopian cantimpalo. Porque ahora en el campo está muy en boga lo que llaman un rollo, un amigovio, un perejil, un tuerca. Están saliendo también mucho los arcos y flechas, los ombúes/portales, los magos del tenis, los obstetras metaleros y, cúando no, los piluqui. Y ahora, más adelante, se avecinan las diligencias del miedo (Quiroga va en coche al muere, supuse), los potros del ártico y las águilas de mal agüero con sus capas luctuosas y sus chambergos.

Para qué quiero yo ahora los pisos de goma, los tubos de helio, los cristales de azufre y las bambalinas transatlántias. Hay huecos en la ciudad donde se mea, se lamenta, se duerme y se derraman lágrimas de aceite de oliva extra-virgen. En estas calles se han visto remises alados, purretes en remojo, algas pluricéfalas, entierros en cápsula y tantos de esos jardines verticales que se recorren con la velocidad de los sueños. Y quién pudiera regresar a los días venturosos, de lunas errabundas, volcanes calcinados y médanos de oro, allí donde pastan los coloridos mandriles, los desplumados buitres, los homínidos de pueblerinas certezas. Fue allí donde alcé mis binoculares al astro rey y descubrí el triangular secreto de los caleidoscopios.

Todo lo vinculado al caudal, al fueye, al metatango y a la esclerosis. Casi todo lo que importa menos que un ópalo, un zafiro de gloria, un mocasín en la penumbra. Aquello que vinculamos con la esfinge macabra, el mártir soldado, el shot de fernet o la Colombia uribista que intercambia rehenes por porcentajes en las encuestas de popularidad. Si me nombran que me nombren esclavo, servidor, hijastro de ésta, mi patria égloga y de deidades greco-romanas, de Machiavelli y Macbeth, su servidor literario incondicional. O que me lleven con respirador artificial a las planicies de Alabama donde los del norte han liberado al supermercado, por fin oh! por fin, de los confederados negreros, de estancias e inquilinatos, de fatigadas banderolas de la Confederación.

Y, en caso de ser posible, mi último deseo; abandonar de una vez este tablero, esta jaula de vidrio, este calendario que no es más que un obstinado mapeo del tiempo, para montar de una vez sobre las tormentas de Arabia y regresar por los avinagrados ríos y las avinagradas noches hasta la aorta desgarrada de mi pueblo, mi Mecca, mi Medina, mi última visión, mi última montaña o despojo de nombres, con la ansiosa esperanza de que en algún postrero refugio del espíritu se me versione en mil mañanas distintas, en mil frutos comestibles, en mil iones que serán disparados por lo incalculable del universo esquelético, tendiendo un rechinante puente entre el mundo de los aún-no-nacidos y el de los felizmente muertos. Ese puente que es la vida, esa cosa imposible de escribir, que es el desatino al elegir, que es la ignorancia o la indiferencia, que son las muecas impías del orgasmo, que es el vacío tenebroso del futuro, futuro espeso, del color de un vendaval, de un laberinto, de un esófago-acueducto romano que encauza mis pensamientos-vómitos hacia el albañal de los sueños, o de un vulgar Cristo en miniatura - yo mismo - que al tercer día resucita, arte de magia, y descorre la piedra de la vagina de su madre María en el pesebre viviente: sepulcro del sexo, hábitat de juglares con cosquillas y néctares frutícolas, volviendo a nacer como cuando su vientre de tambor alumbró una ciudad, y de cuando sus pechos de propóleo amamantaron una ciudad, una Roma, una Getsemaní, una Atlántida, una Buenos Aires correosa y enamorada de la lluvia, una Habana en 1959, y sus coches antiguos como tumbas rodantes, como epitafiando que aquí yace una utopía, una religión, un ideal, un amor, un sistema de seres humanos que se devoran mutuamente hasta el hartazgo pero que, aún, siguen exclamando: ¡MÁS!.

Tales los colores de mi ensoñación, magra como esta tristeza.

martes 21 de octubre de 2008

President

Más de una vez le han preguntado a Herminius Watt en qué país le gustaría vivir si no lo hiciera ya en esta habitual - e irresoluta - República Argentina. La mayoría de las veces ha contestado sin mentiras: en Estados Unidos.

Tal respuesta, me comenta, tiende a provocar en sus interlocutores reacciones que pendulan entre la la sorpresa y el rechazo (con sus correspondientes muecas incrédulas). Sorpresa y rechazo que suele comprender con inmediatez, lo cual lo lleva a no defender demasiado su torpe elección para, en cambio, aclarar que ¡claro!, también le gustarían Inglaterra, España, Letonia, Marruecos, Egipto, Singapur, Islas Maldivas, etc.

Tenemos claro que para incorporar una experiencia de vida culta y cool y literata hay que mandarse a Europa (aterrizando en pólis como Amsterdam o Barcelona, más bien, y no en Zürich o Liverpool) ¿Para qué? Para amamantar la modernidad progre de la Unión; para viajar en pulcros trenes bala entre ciudadelas medievales; para comprar vinilos, hablar en lenguas y conocer gente bella al amparo de pintorescas luces.

Si, por el contrario, quisiéramos descubrir las vísceras profundas de una Latinoamérica de la que formamos parte sin tal vez sospecharlo - tan cosmopolitas que somos en B.A. -, nada más exótico que internarse una temporada en Bolivia y Perú (Paraguay nunca va a estar de moda, que nos perdone Saturnino) ¿Y para qué? Para volver - porque de allá volvemos - exclamando que cómo puede ser que estos cholos tomen coca-cola de bolsitas y que se amontonen como animalejos en colectivos maltrechos y que vivan o hablen o huelan así (eso sí: el paisaje, increíble).

Últimamente parece que también otorga mucho status irse a Nueva Zelanda a trabajar de mesero, valet parking o cualquier cosa. Te hacés unos dólares, conocés un país pletórico de animales curiosos, selvas vacías y montañas nevadas, además de que los locales vienen con todas las ventajas primermundistas (hablan inglés, juegan al rubgy, navegan, gente civilizada) sin sus contraindicaciones (no te van a hablar de armas de destrucción masiva, ni del precio del petróleo, además de que son, fundamentalmente, muy pocos).

El último grito de la moda, según entendemos, es Costa Rica. Ni Panamá ni Nicaragua: Costa Rica. Litorales Atlántico y Pacífico a una conveniente hora de distancia; mucha playa, sol y algún que otro chubasco tropical; no mucho más para ver o hacer. Da para fogatas en la arena, escuchar dub en algún bar rústico, fumarse todos los porros del mundo y filosofar sobre la existencia o no de un alma inmortal. Si alguien se puede sacar toda esa modorra de encima, hay un par de junglas para hacer canopy y otras aventurillas turístico-familiares súper espontáneas. Sobre la plebe vernácula y su forma de vida, poco y nada para interesarse. Óptimo.

Y Herminius, ante tanta oferta tentadora, contesta: en Estados Unidos. Tierra de los seres más fóbicos y estresados del planeta; paraíso del consumo épico de huevadas y el coleccionismo de rifles; autores intelectuales del fast-food y el cine pochoclero; factoría de insulsos prejucios; vaticano del culto al propio ombligo; fan-club del anodino libre mercado. Este Herminius debe ser un pelotudo.

Así lo explica él con sus propias palabras: "vos anda a vivir a donde quieras; pero si realmente querés entender el mundo contradictorio en el que vivimos, hay que ir a las fuentes. Y los EEUU son la fuente, el manantial; todas las incongruencias y fabulaciones sobre las que construimos nuestra vida de cada día se encuentran condensadas en ese extraño conglomerado de gente agrupada bajo el administrativo nombre de "Estados Unidos de América" (denominación de la cual los lugareños rescatan el "América", para furia del resto del continente).

No nos engañemos: Estados Unidos, así como lo ven, es una de las mayores potencias culturales del mundo. Y aquí hablamos de cultura "culta" como de cultura popular y masiva. El mismo país que fabrica cantidades incomprensibles de bombas - tantas que a cada rato necesita salir a dejarlas caer por ahí - es el país que parió cineastas como Woody Allen, artistas como Bob Dylan y ensayistas como Susan Sontag. El mismo país repleto de niños obesos que solo comen papas fritas es el país que produjo películas magistrales como "El Padrino", sátiras de culto como "Los Simpsons" y obras musicales seminales como "The Black Saint And The Sinner Lady". El mismo país que nos vende carroña como "American Idol" nos da las películas de David Lynch. El mismo país donde cada tanto algún estudiante sale a los tiros por la facu nos dejó la poesía de Whitman, Elliot y Poe. El mismo país que ve viable construir una muralla en una de sus fronteras (al mejor estilo de la dinastía Ming) es el mismo que le abrió las puertas a inmigrantes de las más variadas procedencias y religiones. El mismo país cuyos habitantes no tienen la menor idea de dónde queda ni qué es Chile - es solo un ejemplo milimétrico - es el que desarrolló los artefactos de información más poderosos de la historia como lo son la televisión e Internet. El mismo país que encolumna un sistema financiero mastodóntico regido por el laissez-faire no duda en nacionalizar todo lo que camine cuando los numeritos se caen. El mismo país que vota a Bush y marcha con él en su cruzada mesiánica, lo condena a la temible mazmorra del papelón. El mismo país que alumbra a Martin Luther King, lo mata.

Y así, sucesivamente.

Este video incómodo, hasta shockeante, da una idea tenebrosa del costado más choto de los Estados Unidos. El republicano John McCain, que basó su campaña en cuestionar el patriotismo y la legitimidad de su rival Obama, se encuentra cara a cara con "la sal de la tierra" que lo va a votar y no puede disimular su disgusto. Es en parte su culpa, cierto, pero si le queda algo de ética e inteligencia, debería odiarse a sí mismo por asociarse a semejante nivel de ignominia. Y la misma nación que mece la cuna de estos renacuajos de inoperante cerebro es la que nos da, oh! tantas cosas.



Un asco. Pero Herminius Watt no tiene dudas: Estados Unidos es un país fascinante.

jueves 9 de octubre de 2008

NOTICIA DE ÚLTIMO MOMENTO: Interpol intensifica la búsqueda de Mano "Invisible" del Mercado, peligrosa villana prófuga desde el siglo XVIII cuando se coló por una hendija de la pintoresca novela de ciencia-ficción intitulada "La Riqueza de las Naciones". Sospechada de propiciar repetidos descalabros vandálicos en balanzas comerciales, índices de precios, bolsas de valores, almacenes de la esquina y bolsillos de pobres pantalones, se le acusa además de mal desempeño en sus funciones, incumplimiento de sus promesas y difusión de ingentes patrañas tales como "el derrame", "la libertad de elegir" y la "ley de oferta-demanda", entre muchas otras. Según expertos del organismo internacional, cuesta bastante seguirle el rastro, ya que nadie la vio por última vez (claro, porque es invisible) con excepción de un par de savants conocidos como un tal Friedman y un tal Hayek, ambos demasiado muertos como para poder testificar. Aunque su máximo golpe - sumamente sangriento - data de 1929, los expertos afirman que volvió a las andanzas en los años 70 y 80 - de la mano de sus secuaces Bonnie "Margarita" y Clyde "Ronaldito" -, y muchos temen que quiera revisitar la escena del crimen en estos precisos días. No por ser harto conocido su modus-operandi deja de ser eficaz. Apadrinada por sus ingenuos peones - conocidos como "los garcas" o "los ratas" (aunque una ínfima minoría adepta al eufemismo y el decoro sigue denominándolos "banqueros") - esta peligrosa villana hace metástasis con un pueril disfraz de sensualidad para luego explotar como dinamita justamente en aquellos tejidos que le dan más albergue y hospitalidad. Los detectives-espías más encumbrados afirman que su nomadismo representa una dificultad no menor para las pesquisas, aunque creen saber que le gusta retozar entre Despachos Vidriados y Campos de Golf de los Estados Fundidos de América, aunque otros aseveran que últimamente ha encontrado una calidez y una complicidad análogas en la otra orilla del Pacífico, donde le han bajado los lienzos de la Gran Muralla y de la Ciudad Prohibida para sentir el incomparable tacto de su invisible dedo mayor en el achinado orificio rectal. Si usted puede proporcionar alguna información, llame de inmediato al 911; estaremos esperando su ayuda casi desesperadamente, antes de que todo lo que usted y yo conocemos se vaya a la mierda.

A la memoria del Prof. Nicolás Casullo

lunes 15 de septiembre de 2008

1943 - 2008

Mierda. Bueno, igual siempre va a estar el tintinear de ese si en los primeros murmullos de Echoes, sumergiéndose poco a poco en las entrañas de un Atlántico de veintitrés minutos; o la exclamativa fanfarria de Summer '68 ("I hardly even like you, I shouldn' care at all") para darle cuerda a la nostalgia en ese álbum que trae, sí o sí, la receta para un auténtico desayuno beduino, carne de camello de por medio (y el de Fränkisches también, quién sabe cuál preferiría Alan); o el nervioso martilleo de Paintbox inventariando todas las formas de lo que se llama un jardín colgante de sonidos, cuando todavía se desbordaban de los long-play un par de simples de un par de minutos (para deleite popular); o esa reforma de la rutina cotidiana british en It Would Be So Nice - too meet someday -; o el imperioso mambo de aceites y vinagres lisérgicos en Remember A Day (trepar tu manzano favorito, claro); o la extrañeza de aquella Sea-saw land donde las carreteras se llenan de flores de plástico y de platitos de café llenos (pero llenos eh!) de secretos; o los nubarrones de Sysyphus (nubarrones de locura) avistándose desde una costa de cascabeles; o correte que es un día ocupado y tengo cosas en la cabeza; o la despedida demencial de The Great Gig In The Sky, un torbellino giratorio de alaridos que viene con este razonamiento: Why should be afraid of dying?

Eso: por qué. Ni el tecladista más rápido del oeste, ni el singer-songwriter más prolífico, ni el rock-star más carismático. Richard Wright, otro tipo más que se va y no vuelve. Pero!!!... nos deja cosas para escuchar.

sábado 6 de septiembre de 2008

Miniblitzkrieg de cupidos

Cuán menos tortuoso resulta abordar damicelas cuando se tiene toda esta logística detrás, un moderador de la talla de R., intermediario sigiloso que cataloga las ánimas solitarias, mártir y amante secreto que derriba las empalizadas de la timidez, cupido de incógnito que saca fichas y expone hilachas sin rehuirle a la discreción, que escruta de reojo entre los antojadizos significantes del lenguaje no verbal cuando, a las cinco de la madrugada dominguera, es gobernado por la dinastía de Morfeo y Dionisos, y que persigue las coincidencias más idóneas (que, seamos justos, no son tales para versados en la comedia del chamuyo) de manera personalizada, acometiéndolo como un arte, como si la vida de un lienzo se tratara y cada amalgama sexual una pincelada perfecta, única, irrepetible. Más que un favor o un servicio, es un privilegio y cuesta bastante más que un Malbec, un Merlot o un Syrah, sobre todo cuando la faena le implica sodomizar a su albo Peugeot, someter su somnolencia a agudos decibelios feminoides y dormitar tan solo tres horas, ya tenuemente amanecidas.

jueves 24 de julio de 2008

El patriota

Hace una semana me quedé estudiando hasta tarde y pude ver en vivo, por televisión, el extravagante desenlace del debate que se llevó adelante en el Senado por la infausta Resolución 125. ¿Por qué uso el adjetivo "extravagante"? Me cuesta explicarlo más allá del aura de irrealidad que parecía envolver toda la puesta en escena. Porque...

¿Qué hace que una instrumentación aduanera tenga a todos, a los 72 senadores, reunidos por primera vez en el recinto desde 1983?; ¿Qué hace que Eduardo Menem saque a su hermano del sanatorio y lo mande en un estado lamentable a emitir un voto?; ¿Qué hace que a las tres de la mañana unos tipos estén sentados mirando una pantalla gigante como en una suerte de festival de rock?; ¿Qué hace que una plaza parezca salida de una historieta de Asterix por las carpas que hay instaladas?; ¿Qué hace que los televisores se dividan en cuatro recuadros para transmitir sillas vacías o rostros haciendo gestos?; ¿Qué hace que se grafiquen titulares como "Llegó Rached" o "¿Dónde está Cobos?"?; ¿Qué hace que a un vicepresidente se le quiebre la voz y recuerde anécdotas de su juventud antes de cumplir con el deber de su voto?; ¿Qué hace que, ante su decisión, la reacción espontánea de muchos sea cargar una virgen de nosédónde y cantar el "oíd mortales" a llanto pelado?; ¿Qué hace que miles de sujetos estemos en vilo, a las cuatro de la mañana, escuchando estas anécdotas, mirando estas pantallas, tragándonos discursos infinitos, en vez de irnos a dormir?;

¿Esto es lo bueno de la democracia?; ¿O es solo un dramático y genial y entretenido reality-show?

Son muchas preguntas que tal vez tengan todas una misma respuesta. Ciertamente no vale la pena encontrarla, ahora que cosas mucho más importantes han quedado resueltas. O no, porque nunca se sabe: la historia de Argentina tiene esa capacidad de volver a sorprender cuando uno se creía que ya lo había visto todo. Y esa capacidad, también (y por suerte) de obligarnos a estar un poco más despiertos, a reaccionar, a pensar aunque sea "¿Qué es lo que pasa acá?". Aún cuando tal cosa como una respuesta definitiva nunca llegue, porque en este país pareciera que todo es coyuntura.

Lo más irreal entre lo irreal: la decisión final de Julio Cobos cuando tuvo que romper el 36 a 36. Mentiría si dijera que no la esperaba, (una lenta, agonizante espera) y aún así me quedé helado, como incrédulo, cuando escuché de su boca: "La historia me juzgará, perdón si me equivoco, mi voto no es positivo". El momento venía ya tan deseado, tan inflado, tan demorado, tan sobrecargado de morbo, que, efectivamente, esa escueta sentencia va quedar en la historia, aunque luego nadie lo juzgue, y aunque realmente no lo merezca. Aún debo admitir que el gesto de liquidar - cuando estuvo en sus manos y en las de nadie más - una ley que había sido convertida (por los medios, por la oposición, por el mismo oficialismo) casi que en la razón de existir del gobierno al que él mismo pertenece por voto popular, no es un gesto nada menor. Hay quienes dijeron que tuvo muchos huevos para hacer algo así (los del campo lo agasajaron con un afiche nada alegórico al respecto). Yo digo que, por lo que la difunta ley implicaba en términos de proyecto político, había que tener el doble de huevos para votar positivamente.

Huevos o no huevos, la Resolución 125 es historia. Poco antes de que Cobos apretara el botón de la bomba-H, la busqué en Internet e intenté entenderla, con la ilusión de determinar, de una buena vez y para siempre, si era una ley sensata o una ley insensata o una ley con cosas sensatas y cosas que no. Sus tecnicismos no me dijeron nada (espero no dar vergüenza si confieso que no sé muy bien qué significa "alícuota"), por lo que tendré que resignarme al misterio, como todos. Después pensé, dado lo poco que fue referida la letra de la ley en el debate del Senado (y en todos lados), que no es tan importante entender de estas cosas, por fortuna. Hay otros aspectos más interesantes que tienen que ver con los símbolos y los epifenómenos que exceden largamente los aspectos técnicos de una política agropecuaria. Justamente a ellos, dos o tres cositas nomás, me quería referir.

Primero lo más importante: el significado que los medios y el ámbito político en general le atribuyeron a la decisión de Cobos. Ni había salido el sol que la historia, siempre apresurada, ya lo estaba juzgando: además de votar contra una ley con la que no estaba de acuerdo, parece que Cobos acabó con la arrogancia, derrotó a la obsecuencia, dio por tierra con un "estilo", le dio nuevos aires a la democracia, le dio esperanzas a la clase política, revitalizó el valor de las propias convicciones, se perfiló como presidenciable, escuchó la voz del pueblo, aportó un ejemplo de diálogo y consenso, demostró agallas, fue honesto, fue valiente, fue patriota, encontró la vacuna contra el cáncer, resolvió la cuadratura del círculo y fundó una nueva sociedad global. Con razón estaba tan nervioso al rogar con la mirada, con los gestos, que no le tiren el fardo a él; no cualquiera está listo para ser tan groso de la noche a la mañana (o, más bien, de la mañana a la mañana-pero-un-poco-más-tarde).

Hace tres años, Lorenzo Borocotó, diputado electo por la Ciudad para la bancada del PRO, se pasó al bloque kirchnerista antes de asumir. Fue, lo recordarán, un escándalo mayúsculo, una traición; el tipo era - y nadie lo defendió - una lacra política, un garca total, un oportunista que había vomitado sobre los votos que le dieron el puesto. Los medios pusieron el grito en el cielo; la democracia estaba herida de muerte. Hasta se recurrió a la justicia para que semejante paria no pudiera jurar. Cobos, ahora, tiene otra chapa: él sí puede, aunque lo hayan votado, unirse alegremente al bloque opositor para abortar una ley clave de una política que es la causa - al menos verbal - de este gobierno. No solo está muy bien, sino que es poco menos que Jesucristo que viene de visita y encima trae una torta.

Entiendo que no es lo mismo: Cobos ya había manifestado cierta disidencia con respecto a la forma en la que se manejó el diálogo con el campo, además de que, en definitiva, el hombre tiene todo el derecho de votar según su opinión como miembro del Senado. Pero si hubo un 60% del padrón que lo eligió para vicepresidente, implícitamente apoyando las políticas kirchneristas, el espíritu de su gesto no se aleja tanto del de Borocotó como para dividir las aguas simbólicas tan abruptamente. ¿Y qué si Borocotó cambió de opinión y fue, "sincero" y "transparente" al respecto? ¿Y qué si Cobos votó en contra para despegarse de un gobierno erosionado y, de paso, darle el golpe de gracia?

En realidad el debate no pasa por estos gestos, de grandeza o de bajeza según quién los emita, sino por la valorización que se haga del gobierno de Cristina Kirchner, el cual puede ser buenísimo, bueno, mediocre, malo o malísimo. Hoy la prensa parece coincidir en que es malísimo (o que no le conviene, lo cual a sus efectos es lo mismo), y por eso mismo cualquier maniobra opositora se convierte en epopeya por default, como cualquier maniobra oficialista es obsecuente, arrogante y divide al país, también por default. No hay más evidente prueba de cómo los medios asignan los significados con un margen de maniobrabilidad impresionante, y de cómo los que estamos del otro lado, cual loritos amaestrados, abrazamos a los héroes y detestamos a los canallas que alguien nos inventa. El peligro está en que, un buen día, ya no seamos capaces de distinguir a los héroes y canallas falsos de los verdaderos.

La segunda cuestión tiene que ver con el argumento de Cobos para sostener su decisión. El hombre no habló (porque no debe saber ni le debe interesar) de la resolución, ni de sus vericuetos técnicos, ni de las compensaciones, ni de sus objetivos, ni de sus posibles límites. Se limitó a opinar que no veía lógico sancionar una ley sin consenso. A primera vista, parece una postura muy sensata; es fácil convencer a cualquiera de que la Argentina no puede estar tan dividida por una mera cuestión agropecuaria, o industrial, o de turismo o de lo que sea (suponiendo que sea solo esa la causa ¿no?).

Hasta que uno lo piensa un poco más y se pregunta si acaso es condición sinequanon para una ley gozar de "consenso". ¿No se trata la democracia, justamente, de aceptar la legislación más allá de estar de acuerdo o no? Cuando no haya mucho en juego tal vez sí, tal vez podamos imaginar junto a Cobos un escenario idílico en el que todos estén más o menos de acuerdo, pero ninguna ley importante que afecte intereses de peso puede llegar a tener tal cosa como consenso. Ni acá, ni en ningún país democrático del mundo. Una ley que aumente los salarios no tendrá el consenso de los patrones. Una ley que aumente las tarifas no tendrá el consenso de los usuarios. Y así sucesivamente. Después sí: expresarse, manifestarse, hacer lobby en contra o favor de una ley, se puede hacer (aunque sin llegar a niveles cuasi-extorsivos como en el caso del Campo). Pero que el Congreso finalmente la apruebe o no, no es algo que tenga que ver estrictamente con el consenso; en los sistemas democráticos, debería estar claro, la mitad más uno ya es mayoría. ¿Acaso había consenso, en este caso, para que NO se promulgara la ley? No, tampoco. Y aún así, hay que aceptarlo. No es la muerte de nadie, en principio.

Finalmente, un tercer interrogante, y es el que más me incomoda de todos. ¿Qué bicho tienen en el cerebro ciertos habitantes de este país para, con cacerolazos, banderazos y manifestaciones, apoyar tan masivamente a un sector minúsculo que produce soja?; ¿Dónde están los cacerolazos y banderazos para pedir que haya mejores sueldos, más vacaciones o mejores hospitales?; ¿Dónde están las manifestaciones para pedir que no haya más hambre o gente viviendo en villas? Entiendo que la clase media marche por sus ahorros en el corralito, que marche por la inseguridad, que se la agarre contra los piqueteros; después de todo, todo eso es congruente con sus intereses de clase. Pero ¿Marchas para apoyar al CAMPO?; ¿Banderas, vírgenes, himno, cacerolazos, y gritos de "viva la patria" para apoyar AL CAMPO?; ¿Junta de firmas para propietarios que se la pasan de bien a muy bien sin generar siquiera un volumen significativo de empleo en blanco? Es demasiado. Solo porque algo así me resulta totalmente ridículo es que no llego a enojarme tanto. Sería hasta gracioso, claro, si este tipo de ridiculeces no hubieran motivado ya varios golpes de estado con sus correspondientes bombardeos, censuras y genocidios.

Hablando de coyunturas, si hay algo que no cambió en Argentina desde el siglo XIX, si hay algo que compone nuestro ADN, es confundir los intereses del Campo con los de "La Patria" (palabra que eliminaría del diccionario si pudiera). Cristina, Cobos y vos, tampoco se ponen de acuerdo en cambiarlo. Y así nos va.

miércoles 16 de julio de 2008

125

Seré conciso, por primera y última vez, porque tendría que estar haciendo otra cosa menos importante.

La escena: Santo Biasati charlando con De Angeli en "Otro Tema" (que tiene como cortina un hit de Jethro Tull pasado por una pasteurizadora orquestal). Previsiblemente, el amable diálogo gira en torno al debate del Senado - en estos momentos llevándose a cabo - sobre las retenciones móviles de LA SOJA y EL GIRASOL. O sea: la SOJA de las milanesas de soja y el GIRASOL de las pipas (las semillas esas de merda cuya cáscara había que escupir por ahí).

Santo, re-quete-contra incisivo, riguroso, polémico, le pregunta a su paisano cosas como: "¿Qué hay de racional en el plan del Gobierno?" (¿cómplice yooo? nah!); el entrerriano contesta cosas como: "¡NADA!" (¿qué otra cosa va a decir si a su juego lo llamaron?) y, a continuación, se explaya a placer con su simpático histrionismo, alegremente repitiendo que esto es una tiranía y clamando que si la Resolución 125 se aprueba como ley, dentro de poco vamos a tener que IMPORTAR LECHE (!?!?!?).

Santo, para mi gran perplejidad, no le pregunta inmediatamente por qué usa el término "tiranía" en el contexto de una votación parlamentaria, ni qué carajo tienen que ver las retenciones a la soja y el girasol con la producción lechera (que por ahí tienen mucho que ver, qué se yo, pero sería lo mínimo que se puede preguntar en una entrevista más o menos lúcida ¿no?).

Pero no.

En cambio, le pregunta si mañana (por hoy) se va a volver a su casa o se va a quedar para la votación del Senado, recordándole que cuando fue la votación en Diputados estaba en Entre Ríos y eso le dio mala suerte (sic). Le pregunta qué van a hacer los del campo si mañana (por hoy) se aprueba la 125, con una mirada en sus ojos tan condescendiente que si preguntara "¿Qué vamos a hacer?", sería mucho menos chocante.

Después entiendo (porque soy medio boludo y tardo en entender). TN. Grupo Clarín. Hasta el nombre del programa, "Otro Tema", es increíblemente apropiado.

Es tan burdo, tan indecoroso, que ya no da ni para enojarse. Zizek ya lo ha dicho con claridad: estamos en la era del cinismo. "Ellos saben lo que hacen, pero aún así, lo hacen". Ya no hace falta ni disimularlo. Porque a nadie le importa. Ni siquiera a mí.

Es entonces cuando apago la TV.

jueves 3 de julio de 2008

3 = 4

... entonces me siento en un comidas al paso de Belgrano a las cuatro de la tarde, ordeno dos choripanes porque con uno solo alcanza pero igual, por las dudas, porque no almorcé y el color verdoso-gusano-flúo de una Quilmes porrón que está fría sobre la mesa, donde se desencuentra con los dos primeros módulos de Comunicación III regurgitando nociones sobre idealismo, que es Hegel, y materialismo que es Marx (...) pero el joven Marx todavía está medio en el limbo, sin saber exactamente a qué pileta tirarse y por lo tanto se me hace un buen tipo encaramado al sincretismo, un poco como yo y un poco como todos los que están ahora a mi alrededor sin que repare muy bien en ellos, porque levanto la cabeza y veo que los dos televisores tienen a Crónica anunciando que liberaron a Ingrid Betancourt en un operativo y entiendo que de pronto Colombia vuelve a aparecer en el mapa y el malvado Uribe de pronto es un héroe y Chávez de pronto ya no apologiza a las Fuerzas Armadas Revolucionarias o directamente ni aparece, porque todo lo que nos rodea es aparecer y desaparecer de elementos varios; ahora está, ahora no está, como en el tren cuando me subo para ir a Retiro y lo que no está es el boleto porque las máquinas expendedoras no tragan monedas de diez centavos sin las muescas en los bordes, que ahora vienen así, y lo que sí está es el tan temido trovador pelilargo que no ha hecho un solo progreso desde la primera vez que lo escuché sodomizar a una indefensa guitarra a la sombra de sus balidos neosabinescos (...) pero ahí está poniéndole ganas a un todavía cantamos, todavía soñamos, todavía reímos, todavía esperamos, incluyendo una pequeña modificación ad-hoc sobre los treintamil desaparecidos y cerrando con un discurso sobre cuándo los culpables recibirán castigo en este país, para que un pasajero exaltado al que solo puedo verle la nuca le conteste que los garcas están todos con carpas en el congreso y que hay que poner una bomba para que salten todos, y así el diálogo y así la respuesta de que con violencia no, mientras el resto de los pasajeros hacemos el papel de siempre, de enclavarnos en nosotros justo cuando más expuestos estamos a todo lo otro, a la condición humana enlatada en en un vagón (...) caras prototípicas que no me miran, espaldas que me dan la espalda, y yo igual me sonrío y la ventana sí me deja espiar una ciudad iluminada por el último sol, que parece un suspiro de resignación similar al que sale de mis labios cuando intento recargar una tarjeta movistar pero la voz de mujer me responde en primera persona que lo siente, que no es posible en este momento y yo que ya entré como veinte veces el dichoso numerito que lo guardo para más tarde, pero más tarde no porque la última clase de Teorías del Aprendizaje dura tres horas interminables, porque cuando vuelvo a casa la final de la copa toyota libertadores también es un circo interminable y por eso llora el Patón Bauza, y por eso la madre de Ingrid llora también y por eso Lanata suelta unas dedicatorias previsibles en los Martín Fierro con las que luego se relamerá en su propio periódico y por eso por hoy ya no me importa nada, y por eso dan ganas de tener sexo o de escuchar un buen disco o de irse a dormir, y por eso se me congela el puntero del mouse y tengo que desenchufarlo y enchufarlo otra vez para que ande, como un respirador...

Todo esto me pasa mientras trato de no acordarme, y todo esto lo escribo y lo leo, también, para no acordarme. Todo esto, naturalmente, es en vano.

jueves 26 de junio de 2008

Bailando por un pueblo

Carmen Barbieri: "chicos, muy lindo todo. Estuvieron bien las caracterizaciones, los disfraces, sobre todo la idea de un chacarero entrerriano, viejo pero no tanto, que se convierte de a poco en líder carismático, en santo, en mártir de la causa federal. Eso fue lo mejor, el golpe más original, digamos, sobre todo por la vuelta de tuerca que significa su oscuro pasado en las asambleas por el tema Botnia. Fue muy emocionante la secuencia en la que las señoras viejas le acariciaban amorosamente la cara, con la mano, al llegar El Señor a la plaza de los Dos Congresos. Diría que hasta tuvo un sentido estético perfecto, casi de vaudeville bíblico. Si la producción hubiese sido un poco más sagaz lo podrían haber armado con un par de tablas de mandamientos de cartón piedra. Igual quedó perfecto cuando le hicieron decir que aunque no estuvieran en las rutas, la protesta sigue, y todos alrededor aplaudiendo y haciendo alharaca. Arquetípico, pero muy emotivo, la verdad. Sobre todo muy original, ya lo dije, pero quería resaltarlo. Después sí, hubo cosas de la coreografía que fueron un poco predecibles, por ejemplo, lo de Cofradía Clarín presionando, manipulando, desinformando... chicos, eso ya está muy usado, deberían tratar de encontrarle alguna otra vuelta, sobre todo porque todos acá, aún los que lo nieguen, trabajamos para Cofradía Clarín y cuidado con morder la mano que nos da de comer. Hasta Cristina trabaja o trabajó para Cofradía Clarín, pero sin admitirlo ¿no?. Se ganó el aguinaldo con lo de Multicanal pero ahora no ayuda con lo de los manuales escolares y así funciona chicos, con eso no innovaron mucho. Pero bue. Otra cosa que por ahí es un tema mío por la edad y estos ojos que algo vieron, pero lo de la Plaza Llena, con las banderas y las hileras de micros, como para decir que estamos con el pueblo y el pueblo con nosotros, quedó un poco desvirtuado o no le encuentran tanto la vuelta. Les diría que esa viñeta peronista, aún imponente, ya está entrando más por la mitología del choripán y la pepsi gratis que por otra cosa, y no intimida tanto. Y bueno, como ya me van cortando tengo que poner la nota que es un siete."

Jorge Lafauci: "yo los ví bien, muy creativos y metonímicos esta vez. En realidad hay un detalle que a Carmen se le pasó por alto, pero que a mí me pareció lo más brillante de todo el armado que hicieron que, por otra parte, está muy bien elaborado, felicito al coreógrafo Eduardo Duhalde porque la verdad se pasaron, se pasaron en serio. En qué estaba. Ah, sí, lo que me gustó es esto de que justo Racing esté por irse a la B, porque es como que de nuevo, en medio de un quilombo generalizado, aparece Racing. En aquel momento con su bonanza, ahora con sus penurias, pero es así. Racing siempre está, y es el actor olvidado en este baile, sobre todo porque si efectivamente se van al descenso, la que se arma podría amoldarse perfectamente con lo otro, con lo de las retenciones y la soja que está bárbaro. Pero si le agregamos lo de Racing, y yo lo agregaría, sería ya una obra de arte de múltiples niveles; porque en realidad lo futbolero es la hechura de todo esto. Ya tenemos equipos, tenemos hinchadas, tenemos bandera, gorro y vincha... La kermese del Congreso (la de adentro y la de afuera), los cacerolazos histéricos, los piquetes aldeanos, la barrabrava de D'Elía: hay hinchada, con sus estertores, sus cantitos, hasta un toro inflable bautizado como Yabrán: ¡qué nivel de producción! Y garpa bien el riesgo siempre latente de que terminemos todos cagándonos a trompadas, con heridos y muertos, cosa para la que bastaría un par de boludos así como muy fácilmente infatuables por las circuntancias, las boinas, los pañuelos, las escarapelas y toda esa cosa telúrica que disputa el título de sal de la tierra con los sectores urbanos que hacen la vigilia en Avellaneda. Quién es más argentino de todos es lo que dirime el aguante; y no por nada Racing tiene la camiseta con los colores argentinos, y Racing se hunde: la metáfora no por rústica es menos efectiva, y ahí me parece que está el gran logro de la producción. Yo le pongo un seis."

Moria Casán: "ay no, a mí me pareció re complicado, porque es todo muy kafkiano y yo como a Kafka nunca lo leí no entiendo nada. De todas maneras creo que es un hallazgo mayúsculo lo de ciertos personajes, como esa diva gorda con la cara recién encerada y la lengua ulcerosa, que cabalga en cada cruzada que se le de la gana como una supermesías capaz de discernir dónde está el pueblo libre y dónde está el cliente político. O este tipo simpático de bigotes y ojos celestes que no dice ni mu y se frota las manos, ese da escalofríos. Después, lo de los camiones derramando leche en las canaletas es el típico golpe bajo que me encanta, me fascina cuando con una imagen simple, descuidada por los gatekeepers, podés generar más puteada y llanto junto que TVR al abrazar el corporativismo que siempre tuvo ahí, latente, hasta que lo eyaculó con toda la furia y ahora preparan informe de desagravio al héroe caído Blumberg. Después no, hay cosas que no. Creo que lo de la farola fue cualquier cosa, chicos. Antes el pueblo moría en la Plaza por aviones que bombardeaban, por balazos arteros; eso era producción, eso era espectáculo. Ahora, ir a morir por una farola en la cabeza es como too much. Hay que ser berreta para guionar una cosa así que, está bien, no deja de ser operística en clave historieta, pero estas son palabras mayores, chicos. Estamos en Bailando por un Pueblo, estamos en medio de una Crisis Política Argentina y ante las múltiples posibilidades que ofrece el generoso género, quedarse con una farola rompiéndole la cabeza a un pobre diablo, además de su metáfora iluminista demodé, es de muy mal gusto, bah, me pareció. La coreografía en general bien pero con cosas un poco desequilibradas; D'Elia un poquito caricaturizado, Castells bastante peón, Lousteau anodino, Carlos Fernández algo petrificado, los Cuatro Fantásticos demasiado pegados, Fontevecchia demasiado egocéntrico y Lanata un tanto solemne. Yo ya tengo la nota pero esta vez la oculto."

Gerardo Sofovich: "yo no voy a ser tan diplomático como los otros jueces, porque a mí lo único que más o menos me gustó fue la apropiación simbólica del día de la bandera por parte de unos patricios que parecían momias decimonónicas de asueto. Se complementa además con esta gente que en estos años les ha ido de lo más bien, golpeando cacerolas en zonas estrictamente conchetas o risueños hombres de negocios vaciando góndolas para demostrar que ellos son el gobierno. Hasta ahí ví todo bastante bien articuladito. Después hay cosas en las que ya se repiten mucho, como invocar un instrumento aduanero y el once de marzo como eje del despiporre colectivo, cuando lo que deberían haber resaltado es la parte de que cualquier cosa que olfatee a redistribución les va dar la urticaria que les dio siempre, aunque se trate como dicen todos de un hábil discurso tribunero de K. para manejar caja, agarrar cogotes y nada más. Después digo que lo de la escalada de precios redunda en cosas ya vistas; con qué me van a venir ahora, con la negrada saqueadora y chinitos llorando. Por último, la entrada del Congreso en la coreografía, demasiado amagada y finalmente a destiempo, con muchos bailarines poco entrenados que no saben para qué lado moverse, como el tipo de un solo brazo, el mendocino metido en la boca del lobo, el higiénico socialista santafesino y no los quiero nombrar a todos porque son muchos y se me olvidan las caras. Mejorar eso para la próxima vez y no tengo más que decir."

Qué rating tendrá hoy esta danza macabra de precios que se elevan, y gente que quiere comer sin un sope, y productores que quieren exportar sin "importar" más nada, y tipos que salen a gritar o saltar ante las cámaras, y periodistas que sacan su tajada, y diarios extranjeros dando chirlos, y rutas que se cortan, y pueblitos que se levantan, y Derechos Humanos metidos en el medio, y Madres que hablan de golpismo, y sojeros que invocan la Carta Magna, y el fantasma de Perón, y plazas que se llenan, y farolas que se caen, y bichos que entran en el mercado de Liniers sin idea del bolonqui que están armando, y semillitas inocentes que peor; y en medio de todo esto, una mina que elegimos como presidente y que esperemos que alguien la acompañe, que sea fuerte y que todo salga bien. Por favor.