martes, 16 de octubre de 2007

De Córdoba Capital

Con algo de dolor empieza Buenos Aires a degradarse. Es larga y polvorienta la transición hacia su sustrato (eso que era en un principio): la inmensidad vacía, las distancias indeterminadas cruzando bajo cielos sin descanso. Ninguna convención ha forjado aún límite alguno, excepto una soledad barnizando el paisaje chato, o una llanura que, cada vez más nítida, empequeñece indefectiblemente todo cuanto el hombre se empecina en edificar sobre ella. Es todavía una ciudad, supongo, pero una ciudad de pozos y lápidas. Una ciudad de galpones, chimeneas, charcos, usinas grises, tanques de agua, estaciones de servicio abandonadas, esqueletos retorcidos de carteles en desuso, construcciones truncas, montañas de ladrillos, rollos de cable, sendas de tierra fugándose en la nada, autos chocados que se hunden en el barro, vías de tren tapadas por yuyales, riachos sin nombre, rótulos borrados. El mundo acá es un lugar tenue y desmembrado. Paradójicamente, lo que veo es la ciudad gateando, la ciudad incipiente que marca el terreno por donde se expandirá (como una supernova). Y sin embargo todo parece agonizante, estéril y hasta diría que insignificante. Uno lo que quiere es simplemente seguir alejándose, cada vez más.

Ruta 9. Casi antes de sentir que estoy por fin en el campo, la autovía 9 se choca con Rosario y sus villas miseria repletas de árboles. Lo que tiene Rosario es que sus torres más altas pueden verse desde la ruta si se mira hacia lo muy lejos. Quizás sea porque la ciudad (que es grande pero tampoco tanto) empieza y termina de golpe, sin esa sensación gradual de estar llegando a alguna parte: manejando desde Buenos Aires todo es campo y de repente, casi que de la nada, aparece la ciudad. Extraño fenómeno éste (que puede confirmarse en Google Earth). Luego, ya poniendo proa hacia Córdoba, la 9 pierde rápido sus foros de autopista y se convierte en un tracto de lenta digestión, con todos esos pueblos justo en el medio y sus deprimentes estaciones de ómnibus. Y sus semáforos domingueros sobre la misma ruta, siempre predispuestos a esas largas siestas de luz roja que celan caminos laterales desiertos, sin destino comprobable. Me pregunto qué cosas pasan en estos pueblos todos iguales uno al otro, todos tristones, ralos, sin arquitectura. El Chevallier lechero de las diez, para colmo, se detiene en cada uno de ellos, aunque sea para que el conductor se baje a firmar el papelito (no sé, supongo que alguien dando fe de que el micro efectivamente se detuvo), o para cargar algún paquete que hay que llevar a algún lado. Carcarañá, Cañada de Gómez, Marcos Juárez, Leones, Bell Ville, Villa María y así.

(En la estación de CAÑADA DE GÓMEZ, de la gran "E" mayúscula de GÓMEZ cuelga un pajarito muerto, como un plumífero arcángel ahorcado. Y me pregunto: qué onda)

Música que voy escuchando en el viaje, y ciertas revelaciones que surgen al respecto: Red Rose Speedway de Paul McCartney (My Love no es TAN mala, Little Lamb Dragonfly es un puto temazo); Led Zeppelin I (Los últimos minutos de How Many More Times son el equivalente rockero al finale de la Novena Sinfonía de Beethoven... no es hipérbole). Mientras tanto la entrada a Rosario se demora como una hora gracias a dos camiones despatarrados en la circunvalación. El ómnibus juega una carrera de tortugas con un camión que porta un manojo de vacas todas transpiradas, con clips amarillos en las orejas y números dibujados en el cuero. Las miro fijo a los ojos y no veo nada; la vaca es uno de los pocos animales que no inspiran ni ternura, ni respeto, ni gracia: solo ganas de comer una buena parrillada. Recuerdo que tengo hambre, hablando de parrilladas, porque solo almorcé unas fajitas Tía Maruca. Bryter Layter de Nick Drake, ya saliendo de Rosario bajo un sol oblicuo que penetra todo (Mejor disco de Nick Drake, aunque la segunda mitad la escucho dormitando), Peter Gabriel III (Family Snapshot no tiene onda, In Through The Wire es irritante, pero Intruder, I Don't Remember y Games Without Frontiers son más o menos una masa). Qué mas. Don't Believe The Truth de Oasis (firme, muy psicodélico, me jodo y digo que lo prefiero a los famosos primeros dos). Y por último, The Name Of This Band Is Talking Heads, cidí 1, que dura justo el lapso entre Villa María y Córdoba, mientras el cielo estrellado me inventa constelaciones (Este no necesita ningún tipo de comentarios).

Llegada. La Docta me recibe por primera vez cuando ya es muy de noche. Aún en la distancia uno advierte su resplandor unívoco iluminando un sudario de nubes bajas; tal es su intensidad que hasta se adivinan las siluetas serranas que emergen más allá. Ver por primera vez las Sierras de Córdoba es parte del rito de viajar hacia el oeste; la llanura aburrida por fin dice basta, y se entrega a ese serpenteo misterioso que nos veda para siempre el horizonte. Más allá las Altas Cumbres, más allá Traslasierra, más allá La Rioja, más allá Cuyo, más allá los Andes. Lo que me fascina de las montañas (o las sierras) es justamente eso: que siempre hay algo detrás, algo que no podemos ver pero que forzosamente imaginamos.

Córdoba Capital. Es la segunda ciudad argentina que, percibida desde adentro o mientras voy llegando, me provoca esa sensación de infinitud. La primera, lógicamente, fue Buenos Aires. Porque Rosario no se anima a cruzar el Paraná, porque Mendoza y San Juan caben en la palma de una mano, porque Neuquén está demasiado fragmentada entre promontorios rojizos, porque Salta calza en un golpe de vista desde el San Bernardo y porque Mar del Plata se intuye totalmente desde la cima de un tanque de agua. Si bien nada de lo que veo (al llegar, al volver) se compara con esa experiencia pavorosa que implica recorrer la AU 25 de mayo de punta a punta, Córdoba es en cierta manera infinita (como debe ser cualquier ciudad que se precie de tal). Son las once de la noche; las luces blancas y amarillas salpican hasta donde mi vista se pierde, al entrar desde la parte alta, mirando hacia abajo.

Chevallier lechero. Digamos que aunque el micro se para para cualquier cosa excepto para chocar, dos condiciones le dan al viaje un matiz agradable. La primera es que no pasan ninguna película. Detesto que me pasen películas cuando no quiero ver ninguna película, y en los micros de larga distancia lo hacen. No sé con la autorización de quién o el consenso de quiénes, pero lo hacen. Y es muy molesto. Básicamente porque no se pueden evadir, básicamente porque las pantallas están o muy lejos o muy oblicuas, básicamente porque por lo general suelen ir de malas a pésimas, pasando por muy malas, bastante malas y taaan malas. Pero este viaje es película-free; habría que inventar esa categoría y cobrar más caro. La segunda condición agradable es que no tengo a nadie sentado al lado. Puedo sonar odioso, pero no. No es que me moleste particularmente tener a alguien ubicado al lado, pero siempre está la posibilidad de que te caiga uno de esos pasajeros que sienten, porque da la casualidad de que estás ahí, la extraña urgencia de ponerse a darte charla. Y te empiezan a preguntar veleidades (ejemplo: ¿A dónde vas? ¿Con qué objetivo? ¿Cuándo volvés?); y uno contesta, para no ser descortés; pero no repregunta, para dar a entender que la idea de conversar todo el viaje no le apasiona. No importa, porque el pasajero en cuestión seguramente se turnará para contestar sus propias preguntas, y terminará hablando de que tiene tres hijas, que una vive en Corrientes, y que viaja seguido, y que tiene que trabajar y que bueno, todo mal. Uno contesta: "aahhh". En papel a veces teorizo sobre cómo nuestras vidas se podrían enriquecer si nos animáramos a hablar con quien se sienta al lado en el tren o en el colectivo; en la práctica, supongo que la gran mayoría de nosotros no tiene nada interesante para decir a un extraño. Así que bien que puedo sentarme yo, con la ventanilla, y un asiento al lado para apoyar lo que haya que apoyar.

Córdoba Capital revisitada. Ni muy linda, ni muy fea. No es ni muy Mendoza o Mar del Plata, pero tampoco muy Santiago del Estero o Bahía Blanca. Tiene eso sí un ritmo de ciudad grande, y está muy bien: porque uno se toma un taxi, se manda para cualquier lado, cruza el río y tras múltiples cuadras todavía encuentra plazas, boliches, lugares para estar. Su especificidad arquitectónica son los rascacielos de ladrillo. Hay montones, por todas partes. Algunas de sus avenidas o encrucijadas emplazan marcos urbanos imponentes; Estrada trepando para Plaza España, la intersección entre Vélez Sarsfield e Illia (que es como la Times Square cordobesa), el Paseo del Buen Pastor con la gótica iglesia de los Capuchinos asomando detrás (sobre todo de noche), el cabildo (que es un cabildo de verdad, no como el que tenemos acá) o incluso los varios edificios coloniales del centro (como el rectorado de la Nacional, o la Iglesia de la Compañía de Jesus, que por momentos me ilusiona con estar en Asís o algo así). Por otro lado, ciertas partes de la zona céntrica parecen recodos de un pueblo pampeano cualunque, hay muchos edificios medio venidos a menos, algún que otro mamotreto edilicio y por lo general muy pocos árboles. La impresión no obstante sigue siendo positiva: es una ciudad para caminarla, desnudarla y descubrir sus ángulos más agudos.

Catedral. Está toda manchada de negro, como si fuera una torta con baño parcial de chocolate. Intenté entrar tres veces; las dos primeras estaba cerrada (aunque admito que no había muchas esperanzas la vez primera, dado que eran las dos de la madrugada). El tercer intento, domingo al atardecer, se ve frustrado por una mazorca de católicos belicosos que plantan un cordón humano en las escalinatas de entrada. Detrás, una grandiosa lámina que muestra la mano de un bebé apretando el dedo de un no-bebé: se trata, a todas luces, de una manifestación a favor de la vida y en contra de la muerte, o sea, en contra de la legalización del aborto (o aún más, en contra de cualquier debate sobre la legalización del aborto). Son mayoría de jóvenes, y parecen bastante fieros. Uno o dos o tres catequistas los arengan con un megáfono ("nos van a venir a provocar, pero nosotros somos gente pacífica, resistiremos con respeto", o algo del género). El aire es tenso, y nadie se atreve a acercarse a ellos. De pronto uno se planta enfrente del muro humano y empuña en lo alto un rosario blanco como arma de guerra. A rezar: diostesalvemaríallenaeresdegracia, y así sucesivamente hasta que las palabras pierden todo sentido y se derriten en un mantra robótico. Alguien, un hombre, se nos acerca y nos pregunta "¿Ustedes son católicos?", a lo que mi amigo Federico contesta "no, solo pasábamos por acá". En realidad, en mi grupo hay un agnóstico, una judía, una católica jesuita y un católico confirmado autoexcomulgado (yo). Pero ninguno dice nada, sólo pasábamos por acá. El hombre nos previene: "mejor tengan cuidado porque se viene una banda de abortistas y vienen con armas, está jodido el tema". En efecto, por la calle San Jerónimo avanzan marchando las tropas abortistas, que superan geométricamente en número a los católicos. Entonan cánticos encolerizados que, a medida que se acercan, van eclipsando el rezo del rosario con sus consignas. Iglesia basura, vos sos la dictadura; un hit dedicado a los curas abusadores; nosotras parimos, nosotras decidimos; anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir. No morir. Parece que están a favor de la vida también, por qué tanto alboroto entonces. Ahora las abortistas (que resultan ser son TODAS mujeres) están de frente a la catedral y le tiran cosas a los católicos (bolsas o botellas, quién sabe, ya está bastante oscuro). Hay bombos, carteles de la CTA, de la CCC, típico cotillón de piquete, mientras reclaman a viva voz la potestad de acribillar fetos a su arbitrio. Casi todas llevan un pañuelo verde en la cabeza y le preguntamos a una por qué el verde: "porque es el color por la legalización del aborto". Esclarecedor. De repente los católicos fanáticos, que siguen en las escalinatas, me provocan más simpatía que estas gritonas aparatosas. De todas formas, resulta curioso tanto encono público por personas abstractas, es decir, personas que todavía no nacieron o que ya murieron. Después nos alejamos, y cada tanto nos cruzamos con asustadizos escuadrones de policías, que corren en todas direcciones por las calles de Córdoba.

Oktoberfest. Consiste en mucha gente tomando cerveza en la calle. No más que eso. La plaza de la cerveza está vallada y entrar cuesta veinte pesos. VEINTE PESOS. Estarán aprovechando el pedo generalizado para estafar con impunidad. Uno cuando está en pedo sí paga veinte pesos para entrar, pero nosotros no estamos en pedo, así que no pagamos. Nos perdemos de esto: una plaza con puestos de venta de cerveza (iguales a los muchos que hay afuera), puestos de venta de helados (que de todas formas están vacíos) y uno de esos shows deprimentes donde se elige a la reina o princesa de algo, en este caso de la cerveza (intuyo en un rapto de ingenio). Nos pasamos la tarde vagabundeando con cervezas en la mano, mirando pasar a la gente disfrazada, borracha, o solamente curiosa. El highlight es un viejo que transita con un corderito disfrazado de Peter Pan a upa. Pero hay de todo. Lo mejor de Villa General Belgrano termina siendo la parrillada que incorporamos a las tres de la tarde en un restaurant que estaba a punto de cerrar. Y unos pavos reales. No juzgo que sea el festival más excitante del mundo, precisamente.

Vuelta. El chevallier de medianoche sí pasa película, maldito sea. Tal como me temo, es un bodrio poderoso. Exactamente igual a las pelis que pasan por Film Zone en trasnoche pero con escenas de lucha en cámara lenta reemplazando a las minas en bolas. Imagínense el trance. Arranca con una escena de soldados que avanzan por la jungla sigilosamente, con la cara pintarrajeada y el traje camuflado para mimetizarse con el ambiente. Eso sí, llevan de rehén una chica con vestido rojo chillón, maquillaje y escote furibundo. Como visible a diez kilómetros más o menos. Un chiste. Así me despide Córdoba, mientras me hundo en la madrugada. Esta vez solo paramos en Villa María y Rosario. Llegamos rápido. Casi demasiado.

Dos días y nada más. Pasa en los viajes. En dos días se tienen más sensaciones juntas que en semanas enteras de rutina citadina. Hay que irse a la mierda más seguido, pienso.

3 comentarios:

Ju dijo...

Me alegro muchísimo que la hayas pasado bien, Fede! =D Era la idea de que vinieras, creo jajaja.

Respeto a la oveja peter pan, que me dio ternura. Y al pavo que pavea en el lugar ese, que tenia onda cuando se puso presumido.
La fiesta de la cerveza no es la gran cosa, pero a mi me gusta ir de vez en cuando simplemente a andar por ahí -viendo pavos reales-

Un abrazo! Ju

Pat- dijo...

"En dos días se tienen más sensaciones juntas que en semanas enteras de rutina citadina"

Uff...coincido 100%. Yo me fui un poco más cerca, pero me pasó eso. Es como si "irse a la mierda" lo dejara a uno mas expuesto o sensible, abierto, relajado, entregado y permeable. Yo por lo menos me sentí asi, y me encargué de absorber todas esas sensaciones.

Anónimo dijo...

"...mientras reclaman a viva voz la potestad de acribillar fetos a su arbitrio" jajajaj, buenísima frase!! Me encantó tu descripción del evento abortista y el Oktoberfest, y no puedo menos que estar totalmente de acuerdo con lo de crear una categoría de colectivos película-free. Capaz que si sacamos turno YA conseguimos una esquinita en el centro para reclamarla =P

Fue muy lindo tenerte por acá y, al igual que Ju, me alegra mucho que lo hayas pasado bien!!
La próxima era a los túneles, ¿no?

Besos!