jueves, 15 de julio de 2010

Agonizan

You can beat us with wires
You can beat us with chains
You can run out your rules
But you know you can't outrun the history train
I seen a glorious day

Paul Simon

Durante mucho tiempo el matrimonio en Argentina fue "entre hombre y mujer", tal como establece el espadachín retórico que blandieron los rústicos ontológicos del rito, o sea, los fundamentalistas de Bergoglio y Aguer (muy viejos para cambiar, muy jóvenes para entender). Ya no. Dejó de serlo porque una minoría que se enamora y hace el amor de una manera diversa, ahora puede formar pareja con derechos civiles como todos los demás, los normales y sanos que nos fijamos en el otro sexo y podemos hacer felices a los niños con nuestra ejemplaridad. Y está perfecto, salvo que uno se siga creyendo que la homosexualidad es esa conducta pervertida ajena al orden natural que toda sociedad debe desalentar con piedras en el camino. Pero la homosexualidad existe y existió siempre; es una forma minoritaria pero perfectamente normal y nada lamentable de vivir la propia sexualidad. El evangelio, esos cuatro libros que al parecer están para decirnos qué es lo ordenado y qué no, ni siquiera la condena. Esta semana finalmente terminamos de aceptar que los homosexuales no son monstruos, como en algún momento lo fueron y lo fueron también los indígenas, los negros, las mujeres y demás "minorías" que por cuestiones de gran trivialidad solían aparecer como otros.

Las formas de ver el mundo agonizan y finalmente mueren, dejan paso a otras que son nuevas, refulgentes. De eso se trata la historia, que es algo imparable.

Me queda grabada una imagen del Senado esta mañana, cuando me quedé despierto a ver por television las últimas voces del debate por el matrimonio homosexual, igualitario, para todos y todas; el matrimonio del diablo, diría Benedicto. Una imagen que sintetizó de manera perfecta - a mi juicio o la falta de él - lo que pasó (lo que pasa, lo que sigue pasando) en Argentina del 15 de julio. Romero y Rodríguez Saa - dos de los últimos oradores en oponerse a la modificiación del Código Civil - en actitud plañidera, esgrimiendo jirones de argumentos ingrávidos, temerosos aún de fantasmas perdidos y olvidados, visiblemente desorientados por estar donde estaban y de que ocurriera lo que estaba ocurriendo. Parecía que no sabían bien qué decir. Contrastaban con las proclamas contundentes, aseguradas de quienes abogaron por la sanción completa. Romero y Rodríguez Saa no estaban humillados ni se salieron de las casillas (como sí lo hizo Negre de Alonso cuando, vencida, lloró) pero se les notaba en las palabras la franqueza de su incomodidad. No puedo culparlos. El mundo en el que han aprendido a moverse toda la vida cambió. Cambia. Cambiará. Y ellos, que son ese mundo y ya les parece tarde para dejar de serlo, se saben destinados a morir pronto, aunque no renuncian a luchar por algún tubo de oxígeno retórico (en este caso, volvieron a la remanida búsqueda del "consenso" o el "tiempo prudencial" o quejas por la "politización del debate"). Romero y Rodriguez Saa y Reutemann y tantos otros movilizaron ayer el instinto de supervivencia - es decir, los últimos vestigios - de una manera de pensar y sentir que tuvo su tiempo. Pero que, por fortuna, agoniza.

Al periodismo le encanta calificar las cosas de "históricas". Promociona así la idea de que esas cosas quedarán como un hito público y exitoso que se evocará miles de veces en el futuro, para bien o para mal; puede ser un partido de fútbol, una votación o un fallo judicial. Pero el sentido de lo "histórico" implica algo mucho más contundente: lo "histórico" lo es no tanto por su fama futura, sino porque genera un cambio, porque que pone a las mentes humanas en movimiento; en nuestras cabezas, lo que era ya no lo es tanto y en el futuro ya no lo será. Lo que hace unas pocas décadas era impensable dentro de unas décadas será indispensable, hasta que le toque atravesar su propia crisis. ¡Quién sabe de qué ideas raras, pervertidas y anti-dios nos salvaremos gracias a la pronta muerte biológica!.

La aprobación en el Senado del matrimonio para personas del mismo sexo fue, entonces, histórica.

Hubo mucha oposición para que en la Argentina los homosexuales puedan casarse por civil. Bergoglio y su tropilla de pibes UCA de naranja y pancartas de Cristo Rey cumplieron su papel; la historia no sería tal si no hubiera movimientos conservadores. Si las ideas a ser desterradas no presentaran batalla a lo Galtieri las ideas nuevas no sabrían sobre qué o quiénes avanzar; ni siquiera existirían. Los movimientos políticos LGBT también cumplieron su papel: se enojaron con los pibes UCA, no entendieron cómo se puede ser tan intolerante o fundamentalista; les tiraron un par de epítetos, demostrando que ellos tampoco están para digerir así nomás el pensamiento del otro. Porque el pensamiento del otro no puede dejar de detestarse para reafirmar el propio, y eso hace la fuerza que avanza contra la otra, para llegar a la síntesis de Hegel.

La historia no se hace con consensos, sino con luchas. La historia es apasionada. Sigámosla haciendo.


La foto está tomada del excelente álbum de Javier Fuentes "Igualdad: Rostros de un triunfo": 1ra parte - 2da parte

2 comentarios:

Nano dijo...

Felicitaciones!!! Muy buen texto! Me gusto mucho! Te seguiré a menudo.
Un fuerte y cálido abrazoo

Pat- dijo...

Me encantó, che.